DIFICULTADES ESCOLARES EN LA PUBERTAD

La pubertad sobreviene en torno a los diez-trece años de edad, poniendo fin al período infantil. Con la llegada de la pubertad se dan los primeros signos de cambios hormonales y emocionales, siendo éstos últimos los que en ocasiones dan lugar a reacciones intensas, impredecibles e incontrolables, que llegan a asustar tanto al púber como a la familia y a la escuela. Son cambios que pueden mostrarse a través de la rebeldía o de la inhibición

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Las manifestaciones variarán en función del nivel de maduración que el púber haya podido ir alcanzando  a lo largo del período infantil. Cuanto mayor sea la dependencia de los padres, más convulsamente será vivida esta nueva etapa y más proclive será el o la púber a las descargas motrices presididas por la impulsividad.

Un mayor nivel de desarrollo psíquico le permitirá echar mano de aptitudes personales como la cognición, la memoria, la tolerancia a la frustración, la conciencia de sí mismo y la capacidad para diferenciar entre fantasía y realidad o entre pensamiento y acción.  En cambio, aquel que permanezca muy apegado a su entorno y a lo real, necesitará reivindicarse como sujeto independiente, la mayoría de las veces fracasando en los estudios, no sólo como una forma de rebeldía, sino también de hacer saber a su entorno que algo no va bien internamente.

Con frecuencia encontramos en la práctica clínica que a estos púberes se les tilda de vagos o incapacitados intelectualmente… cuando lo cierto es que, en la mayoría de las ocasiones, lo que esconde su fracaso escolar son vivencias depresivas no elaboradas suficientemente.

ELSA DUÑA

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UN APUNTE SOBRE LA SEXUALIDAD Y EL PSICOANÁLISIS HOY

Paradójicamente desde ciertos niveles de la sociedad, se atacó y se ataca al psicoanálisis por su intensa vinculación con la sexualidad cuando en realidad la genialidad de Freud consistió en un doble golpe maestro: el primero en sacar a la sexualidad del animalismo, de lo puramente  biológico reducido a un encuentro de dos genitales, creando la noción de psicosexualidad que otorga gran valor a la riqueza de las fantasías, de las construcciones y creaciones psíquicas presentes en todo individuo precisamente para poder entender su sexualidad.

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Este intento de traducción de sensaciones corporales en representaciones psíquicas, llamado pulsión, se da desde los inicios de la vida. Las primeras  representaciones, evidentemente, las brindará la madre hasta que el psiquismo infantil vaya adquiriendo autonomía que van de lo más simple a lo más complejo. A partir de este primer intercambio, de una primera vivencia de satisfacción, el ser humano irá elaborando hipótesis sobre lo que le ocurre en relación con la diferencia de sexos y lo que también se da, en otra escena llamada escena primaria, equivalente al enigma que constituye lo que pasa detrás de la puerta de la habitación parental, entre los padres que a la vez le cuidan y le excluyen a uno.

Hoy en día, lejos de la sociedad victoriana que imperaba en los tiempos de Freud, si bien muchos desarrollos siguen vigentes, es necesario adaptarlos a los tiempos modernos. De hecho, vemos una sociedad donde la comprensión de un abanico de formas de sexualidades sacadas del escondite ha variado. Pensemos un instante solo en dos hechos a modo de ejemplo: la liberación de la mujer que la sacó de su papel ceñido a una función reproductora, la homosexualidad hondamente investigada también fuera de la desagradable conexión perversa.

Hoy creo que soplan aires de excitación excesiva. Es apretar un botón y tener todo sobre sexo, todo sobre pornografía. Abundan los programas de telerealidad, y la enigmática sexualidad de los tiempos freudianos se ha tornado un asunto público con muchas consecuencias posibles de las cuales resaltaré: la dificultad de poder unir el deseo con la ternura o el amor. Encontramos entonces personas que no logran comprometerse, que se alejan de los vínculos emocionales; personas que por este mismo motivo pueden caer en un sexo vivido como acto impulsivo limitado a la descarga, como si, a veces,  de una adicción se tratara.

Martina Burdet Dombald.

VALOR E IMPORTANCIA DE LA PSICOTERAPIA PSICOANALÍTICA EN EL TRATAMIENTO DE LAS PSICOSIS

El Psicoanálisis, ya desde sus inicios a finales del XIX, abrió importantes caminos tanto para comprender como para tratar los que llamaremos genéricamente trastornos psicóticos; Freud ya lo reflejó en algunas de sus primeras descripciones de casos.

Ya en 1903, antes de la Primera Guerra Mundial, el Hospital Universitario Burghölzli de Zúrich que dirigía E. Bleuler y donde trabajó Jung, fue la primera clínica universitaria que adaptó el psicoanálisis al conocimiento de las enfermedades mentales graves como la esquizofrenia y, comenzó la terapia psicoanalítica de las psicosis siguiendo el método de Freud de la asociación libre y prestando atención a las expresiones del inconsciente.

En realidad, a lo largo de la historia de la humanidad, en los tratamientos de este tipo de trastornos siempre han coexistido medios físicos y psíquicos (morales o espirituales), por ejemplo en el XIX se llamó “tratamiento moral”.

A lo largo del XX los tratamientos a base de psicoterapia han evolucionado y se han diversificado, aunque su uso (en nuestro medio más acusadamente) no ha aumentado en consonancia con su desarrollo y con el papel dominante del tratamiento psicofarmacológico.

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¿Está indicado su uso en el tratamiento de las psicosis?, ¿le aporta beneficios al paciente?.

La respuesta rotunda a ambas preguntas es: si.

Hoy día la terapia psicoanalítica individual es la modalidad de tratamiento que mejor permite una re-estructuración hacia la salud de la personalidad del individuo. No obstante, no olvidemos que se trata de trastornos muy complejos y difíciles dado que, generalmente: esas personas tienen serias dificultades para establecer relaciones personales y, habitualmente no reconocen su trastorno, por lo que será complicado que acepten algún tipo de ayuda psicoterápica. Será necesario evaluar la personalidad y la gravedad subyacente del paciente para decidir la conveniencia o no de una psicoterapia analítica o, de otro tipo de psicoterapias (cognitivo-conductuales, de familia, grupos etc), según la consideración de conjunto que se haga para cada individuo concreto.

En los casos en que se den circunstancias adecuadas, tendrán que concurrir, un paciente que acepta la experiencia terapéutica psicoanalítica y un terapeuta psicoanalista dispuesto, formado y capaz: entonces se puede crear la posibilidad de un nuevo y restaurador crecimiento de la personalidad sobre la base de la confianza que se establece. Por ello, quizás la precondición más importante recae sobre la capacidad empática del terapeuta analista y su capacitación, para que sea capaz de establecer una relación interactiva y de recibir los movimientos afectivos del paciente.

Manuel  Alejandre.