LA INQUIETANTE CRISIS DE LIDERAZGO

La lectura del mes de Julio de  los datos de la última encuesta del Centro de Estudios Sociológicos sobre las principales preocupaciones de los españoles muestra un peligroso descrédito de la clase dirigente. El paro es con mucho el principal problema detectado ( 80,5 %) seguido por la corrupción y el fraude ( 32,5 %) los problemas de índole económica ( 32,2 %), los políticos y la política ( 30,7 % )

En la percepcion de los españoles estarían unidos estos temas que a la vista de las últimas noticias parecen  construír la alarmante conclusión de que la incompetencia y falta de ética de una parte de la clase dirigente ha conducido al país a esta situación. El ciudadano se siente desamparado, frustrado, irritado y desesperanzado. Quienes tendrían que liderar un proyecto de país moderno, fuerte económicamente, seguro y honrado no han estado a la altura de las circunstancias.

Las cualidades del buen padre que se desean para el liderazgo como el cuidado y defensa de la familia y los hijos, la protección y el ejercicio justo de la  autoridad y la ley no parecen estar encarnadas en demasiadas ocasiones por una clase dirigente que no sólo no hace respetar la ley sino que en demasiadas ocasiones la manipula o transgrede, deslizándose así por el camino de la perversión. Inquietan, preocupan e irritan. No hay transparencia sino opacidad. No nos fiamos de ellos.

La admiración la despiertan líderes como Del Bosque o Nadal que, sin arrogancia, trabajando tenazmente, integrando al equipo o  conteniendo sus conflictos o  bien superando lesiones y adversidades han sido capaces de conseguir sonados éxitos en el terreno deportivo. El esfuerzo, la lucha y los resultados están a la vista de todos.

Las cosas son lo que parecen. Hay mayor transparencia. Nos fiamos de ellos.

 

Pedro Gil Corbacho

del-bosque

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MOVILIDAD EXTERIOR

emigrantes

“Cuando salí de mi tierra, volví la cara llorando, porque lo que más quería, atrás me lo iba dejando”, cantó Juanito Valderrama en “El emigrante”, en 1947. Hasta principios de los años ´70, la emigración fue para los españoles una tradición social. El vuelco de España como país de emigración a país de inmigración, no se debió sólo a una coyuntura económica sino a un vasto proceso de cambio mundial, histórico y político.

En 2012, cuarenta años después, la población de este país disminuyó en 200.000 personas en relación al año anterior, más del 10% españoles nativos, básicamente jóvenes muy bien preparados. Exilio económico y no “movilidad exterior” como poco tiempo atrás dijo una ministra en el Parlamento. La tasa de desempleo entre nuestros jóvenes supera el 50%.

¿Qué ha pasado?

Evidentemente las estructuras de Europa y de España no estaban preparadas para soportar la fuerza del tsunami económico que comenzó en América en 2007. Creo, además, que como generación, la dirigencia de nuestro país fue irresponsable con las nuevas generaciones. Siete planes de Educación en poco más de treinta años, revelan incompetencia y poca generosidad.

¿Qué podemos decir los psicoanalistas a la generación de nuestros hijos que migra?

La migración es un cambio de gran magnitud que pone en riesgo la identidad. La pérdida de objetos es muy grande, incluyendo los más valorados y a los cuales están ligados recuerdos e intensos afectos. El término “duelo” significa “dolor” y también “desafío o combate entre dos”. Estas dos acepciones son aplicables a los que emigran, ya que experimentan dolor por lo que dejan y afrontan un desafío ante lo  que les espera.

El emigrante necesita un “espacio potencial” que le sirva de “lugar de transición” entre el país-objeto materno y el nuevo mundo externo, “espacio potencial” que otorgue la posibilidad de vivir la migración como “juego” con toda la importancia que tiene el juego para el desarrollo de la salud mental del niño. Si lo puede crear, todo será más  fácil.

Ricardo Jarast

LA CRISIS DE SIEMPRE

En todas las épocas y sociedades los representantes de las generaciones de mayores han hablado de pérdida o crisis de valores de la generación que les sucede. La diferencia de nuestro tiempo es que existen los medios que multiplican el efecto enjuiciador. Ese discurso perpetuamente apocalíptico pretende que la “crisis de valores” tiene su origen en una “crisis de autoridad” paterna que dejaría a los jóvenes huérfanos de principios.

Sostiene que en el mundo de antaño había valores muy establecidos gracias a la fortaleza de la institución familiar que considera la estructura saludable por antonomasia, dando por sentada la existencia de una época dorada de vigencia y ejercicio de unos valores que las nuevas generaciones deberían recuperar.

Escuchando tan machacona retahíla es lícito preguntarse ¿a qué valores se refieren estas ideas? ¿a los que llevaron a la humanidad al borde del exterminio en dos guerras sangrientas (y una fría)? ¿A los valores que han aniquilado, a base de esclavismo y hambruna, a más de un continente? ¿a los que erigieron a los Mercados a la categoría de amos del mundo capaces de sumirnos en la miseria? ¿a los valores de un sistema caníbal que devora a sus hijos llamándolos cínicamente “generación perdida”?

La nostalgia de un tiempo mítico (e inexistente) en el que reinaba una autoridad indiscutida y respetada supone el enaltecimiento de la sumisión a cualquier autoridad establecida, sumisión que es concebida como un signo de “normalidad” y como remedio a todo sufrimiento y conflicto social y psíquico. Pienso que este tipo de argumentos supone una condena dirigida a la generación de nuestros hijos y que aquellos que la profieren son víctimas de una pasión filicida.

Llamo pasión filicida a la muy humana necesidad de cada generación de sentirse la última, más allá de la cual ya no existe el futuro. Es una pasión de trascendencia imposible que cada generación debe metabolizar y transformar en generosidad hacia su descendencia y en aporte a la construcción de un futuro que ella misma no podrá transitar, pero sí, en el presente, disfrutar imaginandolo.

Adriana Cinello

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