LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS Y EL ODIO HUMANO

El pasado 9 de noviembre se cumplía el 75 aniversario de la tristemente conocida “Noche de los Cristales Rotos. Fue un momento en que la sociedad alemana de aquella época consumó su odio a los judíos en una orgía de vandalismo y destrucción contra sus propiedades, templos y personas. Fue el colofón de un largo proceso de incubación de odio y desprecio, y el comienzo de uno de los episodios más monstruosamente sádico, inmoral, cobarde y absurdo de la humanidad: el holocausto judío.

Noche Cristales rotos

Tendemos a pensar que un hecho histórico tan abominable y ajeno a nuestra sensibilidad humana, es algo que pertenece a épocas pasadas, lugares remotos y personajes que ya fueron destruídos y nunca más van a volver. Sin embargo, todas las personas que participaron en mayor o menor medida en aquellos hechos –y me refiero a la sociedad occidental de la época, no sólo a los alemanes- eran seres humanos iguales que nosotros. Simplemente, unos miraron para otro lado, se desentendieron de un asunto que no juzgaban de su incumbencia, y otros creían honestamente que su odio estaba justificado. Pensaban que ellos eran personas decentes, trabajadoras y amantes del prójimo, mientras que los judíos eran seres viles y destructivos que les estaban causando grandes daños.

Si personas muy parecidas a nosotros, ciudadanos de una sociedad culta y avanzada, llegaron a protagonizar tal desvarío, eso sólo puede significar que todos sin excepción llevamos dentro el germen de aquel odio tan atroz, y que ese demonio que nos habita está presto a manifestarse si se le da la oportunidad.

Los psicoanalistas conocemos bien las más oscuras pasiones humanas y sabemos que el desarrollo psíquico humano es en realidad un largo, complicado y precario proceso de humanización, en el que esas pulsiones primarias intentarán ser “domesticadas”, insertadas en una estructura psíquica más compleja y evolucionada, lo que nos permitirá elevarnos desde la condición animal hasta la humana. Pero este proceso no es perfecto, nunca está acabado y además siempre corre el riesgo de revertirse. Y eso es lo que le puede suceder tanto a personas como a sociedades enteras.

Para comprender mejor esto, haré un pequeño esquema del desarrollo. Nada más nacer, el ser humano se ve inundado por multitud de estímulos externos e internos: frío, luz, movimiento, hambre, sonidos, etc. La forma más elemental que tiene el niño para gestionar ese caos de información es clasificar todas las sensaciones en “buenas” y “malas”. Pero además, como mamífero que es, el bebé buscará instintivamente el apego a su madre, y si es preciso reclamará con el llanto su ayuda. Para el bebé, mamá es infinitamente “buena” y todopoderosa porque alivia “mágicamente” todas las sensaciones desagradables, como por ejemplo esa sensación tan “mala” que mucho más adelante sabrá que se llama hambre. Pero si mamá es “buena” es inevitable que el bebé, en virtud de su sistema para clasificar las cosas, piense que también existe alguien “malo”. Ese alguien “malo” es el personaje malvado, el “coco” que habitará en la imaginación del niño, y que tendrá su expresión literaria en los cuentos infantiles en forma de ogro, de bruja, de lobo, etc. Ese ente malvado es temido y odiado, y el niño desea que desaparezca o se vaya lo más lejos posible porque, paradójicamente, siempre está muy cerca.

Noche cristales rotos 2

Con la maduración el niño va tomando consciencia, poco a poco, de que mamá no es tan “buena” y poderosa, y de que tampoco existe un ser tan “malo” e igualmente poderoso acechándole en la oscuridad. Sin embargo, esos viejos esquemas perduran en la mente del ser humano durante toda la vida, y en los adultos no es difícil observar cómo se puede retroceder a ese funcionamiento mental dicotómico y maniqueista.

Cuando en las sociedades se crea y alimenta, accidentalmente o por intereses políticos, la fantasía de un enemigo amenazante, los fantasmas infantiles se despiertan y salen otra vez a la luz. Quizá esta vez en formato para adultos, pero el principio es el mismo: el enemigo es temido y odiado, se le hace responsable de todos males –reales o imaginarios- y es necesario perseguirlo y destruirlo. A lo largo de la historia de la humanidad, podemos observar este mecanismo en muchas ocasiones donde se han producido persecuciones raciales, políticas o religiosas, y siempre lo encontramos entre los factores psicológicos de las guerras.

Alejandro Guiter

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