SER PSIQUIATRA

Hubo un tiempo –y no han pasado tantos años- en que el deseo de ser psiquiatra suponía ante todo tener una vocación de escucha una pasión por comprender los recovecos del arduo camino vital y por acompañar a otro ser humano a corregir un rumbo tal vez, o quizás a afrontarlo por vez primera.

Existió ese momento en el cual, cada vocación de psiquiatra suponía un compromiso personal de ser previamente observado y analizado, para comprenderse primero a sí mismo y no confundir las propias dificultades con las de los pacientes. Ese momento tuvo también el riesgo de acabar en un suicidio profesional,  muriendo todos de éxito por demasiadas seguridades…

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Luego…más tarde, fue el tiempo de los nuevos fármacos, prometiendo curaciones casi milagrosas y también el momento de las psicoterapias rápidas, supuestamente capaces de modificar conductas sin preguntarse nada sobre los orígenes de cada comportamiento. Los consultorios se saturaron de demandas.

Pero el tiempo humano es pendular…

Cada momento de certezas y promesas ilusorias viene precedido de uno anterior (de glorias derrumbadas) y aboca a un nuevo tiempo, con otra absurda promesa de felicidad sin fin… se diría que estamos destinados a repetir, sin poder aprender. Sin embargo, a pesar de nuestra torpeza para comprender lo que resulta doloroso en el camino, algo sí va modificándose gradualmente.

Ya hemos comprobado que nuestro mundo interno es demasiado complejo como para «resolverlo» por vías rápidas. También estamos sufriendo en nuestras propias carnes los efectos de todos esos medicamentos maravillosos, que, mal usados,  pueden dejarnos paralizados, enajenados y estupidizados…

Tal vez podamos aprender, a partir de ahora, a recuperar el tiempo de una escucha calmada y honesta, sin absurdas promesas de curaciones imposibles, pero capaz de acompañar de verdad al sufrimiento humano. Una escucha dispuesta a permanecer humilde y a utilizar bien todos los recursos disponibles –fármacos incluidos- cuando resulten necesarios.

Quizá, en este nuestro tiempo humano hasta ahora inevitablemente pendular, estemos aprendiendo al fin ¡con muchísimo dolor! de tantas decepciones y comencemos a tolerar las diferencias, sin tener que ir siempre de un extremo al otro y aceptando de una vez por todas la realización de múltiples cambios  (preferiblemente discretos) y cuantas correcciones sean útiles y necesarias, pero asumiendo de verdad, entre todos, las limitaciones inevitables.

Serían signos muy fiables de una verdadera maduración colectiva histórica.

José Maria Erroteta

LOS AMANTES DE DEPORTES EXTREMOS (II)*

Algunos niños pequeños lloran golpeando la cabeza contra los barrotes de la cuna, otros se ponen a la defensiva alejándose lo más que pueden de la fuente de inquietud, de esta mamá que los deja en el desbordamiento, desamparados,  parece que se quieren escapar cuando se los coge en brazos. Se enferman, vómitos, cólicos, problemas para dormir….Serán niños con vulnerabilidad para las enfermedades y que al crecer tendrán tendencia en muchos casos a preferir juegos que se desenvuelvan con menos componentes emocionales y que requieran  más de lo mecánico y de la acción que de la imaginación.

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Evitarán las emociones a medida que crecen, se automatizarán en sus juegos.

Como automatizan sus juegos los niños mayores que han sufrido situaciones traumáticas, situaciones en las que no han podido reaccionar emocional e intelectualmente para poder metabolizarlas, asimilarlas. Esta falta de poder “digerir” tiene que ver a veces con el factor sorpresa que no les permite ponerse en guardia para lograr hacer algo, para defenderse psíquicamente al menos ( un accidente de coche en el que hay heridos y muerte, por ejemplo). Lo que podemos observar en los tratamientos de estos niños que han sufrido una situación traumática es el intento de elaboración a través de una conducta repetitiva, de un juego repetitivo que expresa algo de lo ocurrido, y también un gran empobrecimiento de sus capacidades psíquicas para enfrentarse con su vida cotidiana. Esto se hará evidente en la mecanización y rutina de sus juegos, monótonos y repetitivos. En la falta de matices de su vida emocional.

Lo curioso es que la manera de funcionar de estos bebés, de estos niños para defenderse de una angustia inmanejable tiene mucho en común con los adultos que acuden a consulta por situaciones traumáticas.

Muchos de los deportistas del extremo manifiestan estas características de su funcionamiento centrado en la acción, en las rutinas, en la extenuación, en la búsqueda de control,  en el establecimiento de rutinas de exigencia, en la necesidad del éxito, del logro de objetivos, de la superación de metas. Vencer. Poder con lo que otros no pueden. Llegar a lo imposible (¿recuerdan el curioso nombre del programa “Al filo de lo imposible?). Rozar la muerte.

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Szwec dice que estos “galeotes voluntarios” buscan como los bebés desamparados, como los niños traumatizados, la reproducción de una situación en la que se enfrentan a la inmensidad  a la desmesura, como desmesurado y desproporcionado respecto a sus fuerzas es el mundo para un bebé, para un niño, para cualquiera en una situación en la que no se puede reaccionar. Un mundo en el que cuenta  mucho el dominio del propio cuerpo, tener la “mente fría” para lograr encontrar el “gesto” adecuado, el movimiento, la velocidad que los lleve a vencer el miedo, el horror, la muerte. Cada vez enfrentarse y vencer. Prepararse para ello, ser siempre el superviviente, el fuerte, el mejor.

Concentrarse, vaciarse internamente, volcarse en las rutinas, dejar de lado los dolores internos, los sentimientos dolorosos, ser todo cuerpo, ser una máquina. Una máquina perfecta. Sufrir para no sufrir.

Poder finalmente dominar lo que alguna vez fue desbordamiento, indefensión y muerte.

Cristina Rolla

(*Este post tiene una primera parte)

LOS AMANTES DE LOS DEPORTES EXTREMOS (I)*

Siempre me han llamado mucho la atención y me he volcado con avidez en la prensa a leer los relatos de las personas que realizan hazañas, practican deportes de riesgo, o realizan expediciones a lugares recónditos en situaciones muy precarias o peligrosas. Ejercen un atractivo que hasta hace poco no me había puesto a analizar y tratar de explicar.

Recuerdo muchos de estos artículos, algunos dedicados a deportistas femeninas particularmente interesantes por las dosis de sufrimiento y esfuerzo que ponían en evidencia, y en ocasiones los estados depresivos que manifestaban tener en algunas épocas, fuera de los momentos en los que practicaban su deporte favorito.

Pensándolo bien, las historias que se desprendían de las actividades deportivas marítimas peculiares por sus riesgos me venían interesando desde muy joven. Ahora viene a mi memoria la lectura de los relatos que hicieron los navegantes solitarios en sus vueltas al mundo. Algunos legendarios como Vito Dumas, Chichester, Naomí James…

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¿Qué es lo que me atraía? Pienso hoy, que se trataba de la fascinación que me producía por un lado, la parte que los convertía en hazaña, es decir en hecho heroico. Es este un interés que creo comparto con muchas personas. Amamos las gestas, el coraje, a los que se atreven a enfrentar el peligro…en fin, lo que nos lleva a ver los films de aventuras, suspense, incluso terror. Las emociones que nos producen al identificarnos con los protagonistas que luchan para salvarse.

Pero otra parte del interés de los últimos años, tiene que ver con la curiosidad por el funcionamiento mental de estas personas, los motivos que los lleva a realizar estos verdaderos sacrificios en algunos casos. El funcionamiento que en general estas experiencias imponen en sus vidas. Y últimamente la parte de entrenamientos cotidianos que los deportes que practican les imponen.

Por último el descubrimiento de la parte penosa, dolorosa incluso, sacrificada que se lleva a cabo en la vida cotidiana de estas personas. Me viene a la mente también un film sobre la vida de una bailarina de élite, “El cisne negro”.

En este film se destaca el papel de control y de exigencia de la madre de la protagonista, compartida con su coreógrafo, y la entrega mortal a la perfección.

Temática para nada ajena para los deportistas de riesgo, algunos de los cuales también se someten al control y al rigor de entrenadores, y se esfuerzan hasta la muerte, en algunos casos. Por otro lado la observación de que el placer cuenta muy poco en los relatos de los protagonistas, y no solo que cuenta muy poco, sino que a veces lo que se destaca como constante, es por el contrario el sufrimiento y el dolor. Pero entonces me digo ¿qué es lo que buscan en estas experiencias? Algunos expresan su satisfacción al final de alguna proeza, pero les dura muy poco, porque inmediatamente tienen que superarla e ir a la búsqueda de algo mucho más difícil, costoso, de mayor riesgo. Y nos lleva a preguntarnos ¿hasta cuándo? En la mayoría de los casos hasta que ya no puedan más. Algunos consumen su vida en esta búsqueda de los límites. Algunos perdieron la vida en ello. Algunos buscan sustitutos…

¿Pero sustitutos de qué?

Felizmente he podido leer un libro que me ha abierto vías de comprensión, y por supuesto nuevos interrogantes como todo lo importante. Se trata del libro de Gérard Szwec, “Los galeotes voluntarios” que en breve aparecerá en castellano.  Es un libro que desde la psicosomática y el psicoanálisis intenta explicar este tema que resulta fascinante a muchos de nosotros.

En la experiencia de este autor algunos pacientes deportistas del extremo que han acudido a su consulta, así como el tratamiento de  bebés y niños con trastornos específicos de sobrexcitación le llevaron a intentar la comprensión de los funcionamientos que están en el fondo de esta forma de buscar retos y experiencias en las que se llega a tocar los límites de lo soportable.

También  en mi experiencia clínica he podido observar los mecanismos que Szwec pone de relieve y me dan parte de la respuesta a las múltiples preguntas que me he hecho en torno a los deportistas que tocan los límites, y me viene a la cabeza que al contrario de la búsqueda del placer lo que van a buscar es el dolor, el esfuerzo máximo al que pueden llegar, algún navegante solitario en zonas peligrosas del planeta dice al llegar de una de sus expediciones “Es del infierno de donde vengo”. Y podemos pensar “me he salvado otra vez”. ¿Es finalmente una experiencia para probar que puedo con ello, que puedo subsistir, que soy tan fuerte y grande como lo que enfrento?

Para llegar a realizar esas hazañas vemos que estos deportistas tienen que llegar a un funcionamiento mecanizado, robotizado, suprimir sus emociones, contar los golpes de remos, el pedaleo,  cada 10 minutos, cada hora, concentrarse en esas cuentas mecánicas, vaciar su cabeza en ello, dejar los sentimientos de lado, los recuerdos….

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¿Qué están buscando? Dejar de sufrir por lo que  no controlan sufriendo por algo autoproducido, vencer el terror, vencer lo imposible.

Como los bebés que han sufrido la experiencia de desbordamiento ante la imposibilidad de algunas madres de identificarse con ellos para entenderlos y aportarles los cuidados que éstos reclaman. Madres en duelo, en situaciones depresivas por ejemplo, que están ensimismadas en su dolor y no pueden conectarse con las necesidades de su niño. Un bebé en una situación así, es un bebé que se vive desorganizado, en una situación mortífera, en absoluta indefensión y desamparo. Él no tiene los medios para defenderse, hace lo que puede, grita, se retuerce y busca en la medida de sus posibilidades, que no son muchas,  los medios para ponerse al resguardo……

Cristina Rolla

(*Este post es un artículo que consta de dos partes. Próximamente la segunda entrega)