FILICIDIO

Las tragedias griegas suelen causarnos el estupor de lo siniestro. Nos provocan tan inquietantes sensaciones porque no podemos evitar reconocer, en nosotros mismos, al menos a nivel inconsciente, las pasiones de sus terribles personajes.

Medea, de Eurípides es una de las más inquietantes. La maga, al sentirse despreciada y abandonada por su marido Jasón ejecuta la peor de las venganzas: asesina a sus propios hijos, precisamente, porque lo eran de  Jasón.

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Medea nos pone en contacto con el crimen más execrable: el filicidio; una acción contra natura que asombra y repugna. Si nos cabe alguna duda, no tenemos más que contemplar la reacción del pueblo contra José Betón, condenado a 40 años por matar y quemar a sus propios hijos en Córdoba, o contra los padres de Asunta, presuntos asesinos de la niña de Santiago de Compostela.

Estos crímenes tan mediáticos tienen, entre otros efectos, el de permitirnos dar rienda suelta a nuestra agresividad contra los malvados padres, lo que hace que nos sintamos buenos porque, sin duda, ellos han actuado peor. En la España actual, el filicidio es más frecuente de lo que queremos pensar. Según los datos disponibles: en los últimos 15 años, cerca de 300 niños han sido asesinados, en nuestro país, por sus propios padres. La pulsión filicida se aloja en nosotros y aparece, apenas disimulada, cuando los gobernantes adultos obligan a los jóvenes a matarse en las guerras.

El psicoanálisis no ha esquivado esta espantosa pulsión humana. Entre otros, Hermann Nunberg se ocupó del tema y Arnaldo Rascovsky publicó, en 1973, un libro, de gran repercusión, titulado El filicidio.

En la actualidad, la Asociación Psicoanalítica de Madrid ha publicado, en colaboración con Biblioteca Nueva, Estudio psicoanalítico de la paranoia. La madre asesina de Hildegart. En este libro, del que soy autor, se estudia el caso de filicidio que tuvo la máxima repercusión en los medios culturales, españoles y europeos, durante los años treinta del siglo XX: el asesinato de Hildegart por su propia madre. Se trata de una investigación de los mecanismos mentales que pudieron llevar a Aurora Rodríguez Carballeira a matar a su hija. Una chica superdotada, al igual que lo era Asunta. Una chica que, según su madre, había sido concebida eugenésicamente para redimir a la humanidad pero que a partir de los trece años –aproximadamente la edad a la que fue asesinada Asunta-, se apartó, siempre según su madre, del derrotero santo que le había trazado. Los vecinos de Hildegart y su madre recordaban haber oído repetidas veces la frase “trabaja hija, trabaja” que doña Aurora repetía a la niña mientras ésta, sentada en la terraza ante la máquina de escribir, no paraba de teclear.

Parece que Asunta era una alumna modelo y prometía ser una ciudadana ejemplar, culta y de profunda sensibilidad artística; lo que debería ser un motivo de orgullo para sus padres. Sin embargo, sus valores ni siquiera le sirvieron para que le perdonaran la vida.

Hildegart, por su parte, cumplió a rajatabla las órdenes de su madre: entre los 12 y los 18 años publicó, al menos 116 artículos y 14 libros, inspirados por ella. Tampoco el esfuerzo de la joven fue suficiente para aplacar el odio de la madre. Aurora, una enferma paranoica, organizó un sistema delirante por el cual, según ella, no tuvo más remedio que matar a su hija. El caso Hildegart ha sido, progresivamente, bien documentado y tema de una película dirigida por Fernando Fernán Gómez, en los años setenta del pasado siglo. Aurora, la madre asesina acabó muriendo de cáncer, en el psiquiátrico de Ciempozuelos. José Bretón, el doble filicida, parece que actuó a la manera de la mítica Medea: mato a sus hijos por odio a su mujer.

Desconocemos, por el momento, los móviles profundos del asesinato de la pequeña Asunta, pero necesitamos seguir estudiando lo que tiene que ocurrir en la mente humana para que el instinto filicida prevalezca sobre el de proteger a los hijos, protegerlos, incluso, de nosotros mismos.

J. Javier Fernández Soriano

ATENCIÓN Y MENTIRA DE LA TRANSGRESIÓN

Una mañana gris de otoño ingresó en el establecimiento penitenciario un hombre joven, bien formado, con ademanes elegantes y con un acento andaluz muy marcado. Después del saludo formal y recogida de datos, entre medias de la entrevista y  con cierto humor y sonrisa seductora me dijo:

“Usté é un pringao” “Piénzelo bien usté…lo que usté gana en un mes yo me lo gasto en copas una noche…”

 “Míe, cuando salga de aquí me hago un trabajillo.¿ Que sale bien? ¡Zuperió! Me voy a Mallorca donde tengo amigos y me busco la vía de maravilla; güiski de marta, la sugar de verdad (cocaína), mujeres con ganas… Que se acaba la pasta, otro trabajo.¿ Que me cogen? Mala suerte. Pero no del tóo… Porque aprovecho para descansar, en el trullo me repongo, me hacen analíticas por si he cogío  una enfermedá…las titis a veces son  muy peligrozas… Vamo, que me repongo y me pongo hecho un miura en primavera. Salgo, a por otro trabajillo”.

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Mientras tomaba los datos biográficos, intercalaba yo alguna que otra pregunta sobre los peligros carcelarios  y el riesgo de la vida delincuencial, él me respondía con una sonrisa,  perdonándome la vida, y  cruzando las piernas  me decía con desparpajo:

 “Míe usté  yo tengo pocas normas en mi vía pero una de ellas es no hasé trabajo de sangre. Te pué caer la de Dio…Ademá la gente, cuando entro en la caja (de ahorros) a robá te miran con canguelo y no van a ver si la  pipa   (arma) es de juguete o de verdad. El securata se tira al suelo más cagao que lo demá… La segunda regla, es que pa vivir bien en el talego –si te cogen- hay que  presentá respeto al capo de turno. Los Corleones, que ziempre los hay, les gusta que los nuevos les den el respeto. Así es…, na más llegá al talego,  te orientas, le busca, le presenta el respeto y a vivir y recuperarze”.

Pero usté…madrugá tó loh día para ganá un suerdo que yo me gasto en propinas…después de too lo que usté tíe que haber estudiao ¡zeguro!… Si se viniera usté conmigo viviría como un zeñor… las titis  se te abren como si fueras un rey…pero las mejores son las maduras, como te las trabajes bien te hacen regalos fabulozos…(mostrándome el reloj que llevaba, me decía )  ¿ve usté el peluco este?  pues igual pero en oro me regaló una marqueza en Mallorca…cuando se enteró el marío tuve que salir de najas…(risas)

“Yo aquí adentro no estoy parao, estoy trabajando…zí, zí, ( se reía) míe usté, es que no ze lo pueo decir aunque yo ze que usté me guardaría el zecreto…pero mejor es azí. Míe usté… hay una caja  en un pueblo de Gerona, sin apenas policía, que me va a pagar el veraneo en Mallorca…(ja, ja, ja…)  No ze engañe   ni se enfade conmigo…pero usté es un pringao y se lo digo con too el respeto…pero con too lo que ha tenío usté que estudiáh… “

El discurso de aquel joven, tan seductor como su sonrisa, me hizo pensar en lo atractivo del delito. Contratransferencialmente llegué a sentir cierto  placer escuchando las pillerías de aquel transgresor aunque también rechazo y una cierta desestimación.  Nos señala Winnicott, D.  (1947, p.1): “…El psicoanalista debe estudiar la naturaleza de la carga emocional…También el psiquiatra necesita comprender lo que llamamos…contratransferencia. Por mucho que quiera a sus pacientes, el psiquiatra no puede evitar odiarlos y temerlos, cuanto mejor sepa esto, menor será la incidencia del odio y el temor en su conducta respecto a sus pacientes”.  En el teatro de lo imaginario pude bosquejar al recluso actuando sus delitos y saliendo de ellos impunemente. Y a pesar de negarme siempre a aceptar los refrescos y cigarrillos caros que traía a las entrevistas, sí me permití  sintonizar afectivamente con su parloteo, para comprender la vida al otro lado, como dicen, de la Ley. Me pregunté ¿por qué es  tan atractiva la vida de ciertos delincuentes?

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Si  miramos la etimología de la palabra transgredir, que proviene del latín  “gradior” ir,  y  “trans” mas allá  (http://etimologías.dechile.net/) podemos pergeñar conceptos tales como atravesar, sobrepasar,  y vislumbramos  hacía donde  nos dirigimos. Es decir, penetrar, cruzar más allá de lo que han hecho los demás. Es un alarde personal y “por ser vos quien sois”  puede transgredir lo que los demás deben acatar. Pero en los pliegues del monólogo se atisba la herida narcisista.

La cultura que tantas cosas nos proporciona va estar establecida sobre el pilar de la represión, por el relevo del principio de placer al principio de realidad, y por fuertes resistencias internas que se niegan al cambio, entre otras cosas. Así,  el hombre va estar en constante dialéctica entre sus apetencias (pulsiones) y  las interdicciones que  mantienen la sociedad y su conciencia (superyo). Por eso aquellas personas que no han llegado aun “acuerdo”  entre sus necesidades pulsionales y su moral, o mantienen un combate diario contras las pulsiones (deseos) o se dejan  llevar (trans-gradior)  más allá de lo permitido tanto para la ley interna como la externa. Para el lego sería que el delincuente hace lo que le da la gana. Pero es una verdad a medias. En la realidad externa, lo que vemos es  “lo que le da la gana”, y es lo que en el  fondo envidiamos. Sin embargo no percibimos el vasallaje al que está sometido el delincuente. Solo que “hace lo que le da la gana” aunque se vea irremediablemente arrastrado por la necesidad imperiosa de la satisfacción de sus pulsiones.

¿Y por qué digo que en el fondo envidiamos? – y no estoy hablando de grandes delitos de sangre y otras tropelías aunque también podríamos señalar- , porque cuando reprimimos la sexualidad infantil, instalado el superyo en el aparato psíquico, ingresamos en la cultura pero con un precio muy alto. Pues la satisfacción directa de las demandas inconscientes  no es lo mismo que la tramitada por el proceso secundario, es decir por la conciencia y lo cultural. Nos recuerda Freud (1930, p.79): “…El sentimiento…por la satisfacción de una pulsión silvestre, no domeñada por el yo, es incomparablemente más intenso que el obtenido a raíz de la saciedad de una pulsión enfrenada…”.   Cuando vemos y oímos la vida que llevan los delincuentes  – son famosos y aparecen en la prensa- a pesar de que sepamos que son infractores,  en nosotros se despierta una leve pero profunda añoranza de cuando éramos transgresores y no habíamos reprimido la sexualidad infantil. Nuestro superyo era un bosquejo y nos creíamos los reyes del universo, es decir aquel  primitivo narcisismo infantil, : “Su Majestad el Niño. “

En la actualidad, muchos investigadores parece que han llegado a una misma conclusión, o sea, las medidas de represión y por ende, de frustración, que nuestra sociedad impone al ciudadano facilita en gran medida la neurosis. ¿Cómo no vamos a envidiar aquellos que no se someten a las restricciones sociales?

La fantasía consciente también ayuda a crear ilusiones y supuestas ventajas de las que el malhechor se beneficia. Con la ayuda de la proyección se crea una pantalla de realizaciones en la que el soñante crea supuestos beneficios con la conducta del delincuente. Y que por momentos, gracias a la regresión, esas  imágenes son registradas como realizadas aunque sin llegar a las alucinaciones. La realidad nos ofrece ejemplos palmarios de la admiración del pueblo por los transgresores; las simpatías  que tenía el gánster John Dilliger llegó a tal punto que cuando la policía le abatió en plena calle, la gente empapaba su sangre en los pañuelos; otro tanto podríamos decir de nuestro admirado y mujeriego Luis Candelas.

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II )

El admirador del delincuente también es, en cierto modo, un artista. Pues crea situaciones placenteras en las que el cumplimiento de deseos prohibidos puede ser satisfecho en la pantalla, alcanzando ciertos niveles de placer. El devoto del delito (en su fantasía) insatisfecho de sus propias pulsiones se va a identificar con una realidad creada por él, participando en la realización de diversas interdicciones. Griesinger ya en 1845 señalaba “la atención  sobre el hecho de que tanto las psicosis como los sueños tenían la naturaleza de un cumplimiento de deseo” ( Freud, S. 1911, p.223, nº3.  A ello podríamos añadir nosotros, así como en las fantasías conscientes de los neuróticos. Una de las dificultades que tiene el ser humano en su evolución hacia la madurez es la sustitución del principio de placer por el principio de realidad; porque si en la realidad exterior el neurótico más o menos adaptado acepta las normas, en su fantasía es un hombre libre de ataduras sociales y morales. Además sin necesidad de modificar esa realidad que le impone mandamientos y leyes.

“El narcisismo  parece ser una dimensión indispensable para entender la problemática de la envidia. Freud ya los había relacionado al mencionar la atracción y la envidia que suelen despertar aquellos seres autocomplacientes e inaccesibles que dan la impresión de sentirse muy a gusto dentro de su propia piel, como algunas mujeres hermosas, los niños y aun ciertos animales como los felinos” (Sopena, C. 1985) De ahí esa especial dispensa  que concedemos a ciertos transgresores, que admiramos/envidiamos en sus acciones. Esa atracción está siempre envuelta en una sensualidad prometedora de placeres, que en la realidad externa difícilmente podríamos conseguir. Sin embargo, el delincuente sí lo consigue aunque no reparemos, por el momento, en sus consecuencias. ¿Quién no ha deseado eliminar, alguna vez, al jefe? ¿Qué mujer no ha deseado, en un momento dado, seducir al  marido de su amiga o hermana?¿Quién no ha envidiado, en alguna ocasión, a “ nuestro Dioni”, hombre de seguridad de traslados bancarios, que robó más de cien millones y se fue a Brasil, a bailar la samba  y beber zumos embriagadores? Hace muy poco murió Ronnie Biggs, el cabecilla que organizó el asalto al tren de Glasgow en 1963. Después del asalto y diferentes avatares en la fuga, vivió como un magnate, bebiendo pintas en el pub Lord Jim  y gozando de las exuberantes mujeres de Ipanema.

El sentimiento de culpa que abre una puerta al transgresor, a pesar del sufrimiento, es  un fenómeno necesario para la reconstrucción de lo destruido.  Para ello es necesario que el superyo se haya instalado adecuadamente  en el individuo, como un área muy afectada por las imágenes de los padres introyectados , y  que no solo sea una aceptación superficial de las normas – modalidad actual muy en boga en los talleres de las instituciones rehabilitadoras –.  El sentimiento de culpa  o necesidad de castigo puede ser un arma de doble filo porque si bien se puede utilizar para reflexionar sobre el mal realizado y comenzar a reconstruir, por otro lado es una especial resistencia al tratamiento, generado por el superyo. Puede presentar  un bucle demoniaco   en donde se alternarían, en el consciente,  transgresión y dolor por lo realizado y vuelta a empezar, sin tener en cuenta ni elaborar la auténtica culpa que reside en el inconsciente,  por la satisfacción inadecuada de las pulsiones . De ahí, el grupo especial  titulado “delincuentes por conciencia de culpa” en donde el delincuente  halla un cierto alivio después de cometer el delito pues de esta forma la conciencia de culpa quedaría  “entretenida” de alguna manera. La conciencia de culpa ya existía con anterioridad al delito. (Freud, S. 1916, p. 338)

Excluyendo a aquellos delincuentes que perpetran delitos sin conciencia de culpa, bien por  un déficit en la introyección de las normas sociales, bien por identificación  familiar o por variadas razones, los delincuentes más o menos “neuróticos” sufren por su conciencia, como nos señalaría alguien, aparentemente muy alejado de la virtud, como Donatien Alphonse François de Sade: “…La dicha engendrada por un crimen es engañosa. Sólo aparente. Porque, aparte del castigo que la Providencia reserva…¿no es igualmente cierto que  en el fondo de su alma esos seres alimentan un gusano, que, corroyéndoles sin cesar, les impide contentarse con falsos oropeles y, en lugar de satisfacciones, sólo les ofrece el recuerdo lacerante de los delitos que los llevaron a la posición que ocupan?…( De Sade, Marques de. (1787). Justina o los infortunios de la virtud Madrid. Ed. Cátedra pág 75 (2010)

El substantivo atracción, que procede de la palabra latina attahere, es decir atraer, tiene muchas subacepciones. Nos indica, “provocar …a una persona en algún afecto o deseo de trato…cautivar, conquistar” (Moliner, M (1988, 296)

¿Pero en realidad qué nos atrae, qué nos cautiva el delincuente? ¿Son los placeres que nos podrían ofrecer lo usurpado al prójimo? ¿No someternos a las normas a las que todos tienen que subyugarse? ¿Sentirse más libres que los demás?. Sí y no. El transgresor es un subrogado de nosotros  mismos, alguien que va a tomar sobre sí la culpa de lo que nosotros haríamos si nos atreviésemos. En cierto sentido deberíamos estar agradecidos al transgresor,   pues merced a su actuación, nosotros  también actuamos por una identificación “sobre la base de los mismos impulsos asesinos”. ¿Y qué actúa el delincuente que nosotros querríamos actuar?  Cómo íbamos vislumbrando desdel principio, las dos transgresiones princeps de la humanidad: el incesto y el crimen primordial (matar al padre). Estas dos transgresiones están   sumergidas en el inconsciente, desalojadas del consciente  y vigiladas constantemente por el Superyo. Pero no por eso deseosas y anhelantes de poder ascender a la superficie del consciente y exhibirse cual Titán invencible.

Llegados hasta aquí podríamos resumir conjeturando que el ser humano presenta grandes dificultades para abandonar las primeras huellas de satisfacción aquellas que fueron transformándose en deseos psíquicos, en un ambiente de “todo es posible” y hacer el esfuerzo para que esos deseos estén ajustados al imperio de la realidad.   La añoranza por el paraíso perdido y la confirmación por  la realidad de que jamás volverá, sobre todo por el apego infantil (predominantemente narcisístico)    producirá una especial melancolía y probablemente necesidad de castigo con el consiguiente bucle demoníaco de transgredir para ser castigado.  En la realidad externa, la admiración por los “transgresores de cuello blanco”,  a  mayor tropelía mayor veneración sobre todo el ámbito económico; en la realidad interna, la identificación histérica, aunque pasajera, no dejará de señalar la expresión de lo reprimido, en especial  a los impulsos asesinos.

Parecería, en cierto modo, que nos  movemos en un mundo predeterminado, sin salida. Pero no es así. Ya en el pasado, hombres de la categoría  de Séneca nos advertía: “no podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas”.

Roberto Gómez Campanero.

RUTH Y SUS GARABATOS

El pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicott (1896-1971), adaptaba su técnica a las necesidades de cada caso en particular. Si hacía falta y era posible un psicoanálisis extenso, lo hacía. Si no, variaba el método, pasando de las sesiones regulares a las sesiones “a pedido”, o a las consultas terapéuticas aisladas.

Winnicott trabajó décadas en el hospital Paddington Green Children´s de Londres.

La consulta terapéutica es una modalidad de primera entrevista en la que, sobre un encuadre confiable, se aprovecha la “capacidad del paciente para creer en una persona que lo ayude y lo comprenda”. Escribe Winnicott: “Es bien sabido que la primera entrevista de un psicoanálisis puede contener material que luego aparecerá para su análisis durante meses o incluso años”.

Winnicott aprovecha el carácter sagrado del encuentro.

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El objetivo diagnóstico implica determinar “el grado de rigidez o de flexibilidad de las defensas” mientras que el terapéutico opta por provocar un cambio en el paciente. Para ello el terapeuta ofrece un espacio transicional, una zona de juego, estable y dinámica, en el que se promueve el despliegue del gesto espontáneo del paciente.

En la consulta terapéutica Winnicott usa la técnica del  juego del garabato, un juego no reglado cuya importancia radica en el uso que se le da al material que el juego produce, un juego que no ha de dominar la escena durante más de una sesión, o a lo sumo, dos o tres.

El juego del garabato que se realiza entre el paciente y el terapeuta, consiste en realizar una serie de garabatos, que empieza uno y que debe ser completado por el otro, tratando el terapeuta de dar sentido al dibujo común a partir de la imagen resultante de su interacción.

“Ruth”, 8 años

El caso de Ruth se le presentó a Winnicott de la siguiente manera: un hombre lo consultó acerca de sí mismo; era el padre de Ruth. En el transcurso de una hora en la que dijo lo que quería decir acerca de sí mismo, le contó un gran número de hechos, entre los que había dos cosas que eran significativas en la descripción de los problemas de Ruth: la primera era que su hija, la del medio de tres hermanas, había empezado a robar en la escuela; al mismo tiempo su personalidad había cambiado y se había convertido en una niña reservada y furtiva. Había disminuido la calidad de su trabajo escolar y la escuela había pedido su expulsión. El otro hecho fue que el padre, que estaba tratando de mantener unida a su familia mientras hacía su propio trabajo, estaba confuso en relación con el modo de manejar las enfermedades de su mujer: ella padeció tres enfermedades que obligaban al marido a tratar con tres hospitales diferentes y esto produjo una falla de comunicación entre los dispositivos de asistencia social de ellos. El hombre se sintió desgarrado en tres partes y le insumía mucho tiempo cumplir con esas exigencias. Al final de la entrevista le dijo a Winnicott que por haber escuchado sus distintas y variadas quejas, se sentía capaz, por primera vez, de verlas como una unidad y que creía que podría afrontarlas sin ayuda adicional.

GARABATOS

Sin embargo sentía que necesitaba ayuda para Ruth y Winnicott dispuso una entrevista con ella. Era necesario que él en esa entrevista intentara revertir su tendencia antisocial y, si lo lograba, entonces confiaba en que el padre podría hacer frente a toda la situación familiar con la ayuda de las cualidades positivas de su esposa, a pesar de su mala salud.

En esa única consulta terapéutica, a través del juego del garabato, Ruth pudo recordar y revivir la tensión relacionada con la época en que se convirtió en una niña carenciada, y también pudo ilustrarla con un dibujo. La experiencia fue terapéutica para Ruth y los cambios que se produjeron en ella beneficiaron a toda la familia

Seguimiento

Cinco años. Desarrollo satisfactorio; no se produjeron robos. La familia se ha restablecido.

 

RICARDO JARAST