ATENTADOS DEL 11 M: MÁS ALLÁ DEL ODIO

El pasado 11 de marzo se cumplió el décimo aniversario del atentado terrorista más grave de la historia reciente de nuestro país. Murieron asesinadas 192 personas y un número enorme resultaron heridas, mutiladas y traumatizadas de por vida. Cuando uno piensa en la magnitud del daño y sufrimiento causados a tantos seres humanos inocentes, no puede por menos que creer que los individuos que idearon, los que colaboraron y los que llevaron a cabo tales crímenes estaban movidos por un odio feroz y fanático hacia alguien, o hacia algo. Ahora bien, siendo el odio un factor primordial en las motivaciones últimas de los terroristas, desde el psicoanálisis también se pueden atisbar otros componentes implicados en los mecanismos psíquicos de la mente terrorista.

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Partimos del hecho de que a nuestra mente le es difícil mantener juntos sentimientos contrapuestos, por ejemplo tener cariño y envidia hacia una misma persona. Para evitar el conflicto entre emociones opuestas, la mente utiliza un mecanismo que llamamos “escisión”, por el cual una de las emociones se mantiene separada de la otra, para evitar el conflicto. Evidentemente, cuanto más conflictiva y dolorosa sea la conjunción de las emociones escindidas, más se esforzará la mente por mantenerlas separadas  en nuestra consciencia.

En la mente del terrorista, parece claro que se ha producido una fuerte escisión en aras de alcanzar los objetivos dictados por sus ideales. Por un lado está lo que esos ideales le señalan como lo “bueno”, pero a la vez, la forma de cumplir con ellos se contrapone a otros principios morales y éticos que, aunque cueste creerlo, también rigen en la mente del terrorista. El “combatir y destruir al enemigo”, es incompatible con “respetar y cuidar a tus semejantes”, salvo que “enemigo” y “semejante” sean conceptos perfectamente separados por una escisión.

Por eso, cuando un terrorista asesina a seres humanos, en su mente no está matando personas; está “destruyendo enemigos”. Vemos cómo el lenguaje del terrorista también denota los esfuerzos psíquicos por mantener la escisión. Por otra parte, el sentimiento de culpa por infligir sufrimiento a un semejante también es escidido y, en muchas ocasiones, proyectado sobre las propias víctimas: “ellos se lo han buscado”, “ellos empezaron”, “ellos son los culpables”.

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Resulta que el sentimiento de culpa por matar a otra persona puede ser tan doloroso, intenso y persecutorio, que la mente es incapaz de soportarlo. De hecho, el terrorista puede llegar al suicidio si se ve en la tesitura de ser confrontado con sus crímenes, como ocurrió en el caso de los terroristas del 11-M, y en tantos otros. Por eso es tan difícil que un terrorista pueda reconocer el daño causado: sería demasiado doloroso y necesita refugiarse en que, según sus ideales, “tenía razones para hacer lo que hizo”. También le ayuda a calmar el sentimiento de culpa pensar que no actuó movido por el odio, sino por un “elevado ideal” que traería el “bien” a “sus semejantes” (los que comparten su misma ideología o religión, los de su misma nacionalidad o raza, etc.), escindiendo el concepto de “semejantes”.

A su vez, los cómplices de los ejecutores también pueden eludir el sentimiento de culpa pensando que, al fin y al cabo, ellos no fueron los que accionaron la bomba. Pero esto no sería sino otra forma de escisión que utiliza el mecanismo de la intelectualización para mantener separados causa y efecto: el acto criminal y el sentimiento de culpa.

Como vemos, en la mente del terrorista capaz de cometer las mayores atrocidades, operan poderosos mecanismos psíquicos más allá del odio. Sin embargo, debemos pensar que estos mecanismos son universales, funcionan en todos los seres humanos, pero lo que determina su carácter patológico es la predominancia y fuerza de dichos mecanismos, sin olvidar claro está, la intensidad de los sentimientos de odio implicados.

Alejandro Guiter

LA FAMILIA

Los psicoanalistas escuchamos frecuentemente relatos en relación a la familia. Las personas que acuden a nuestras consultas hablan de sus padres, hijos, hermanos…, y no es de extrañar  porque la familia constituye el lugar privilegiado donde se efectúan vínculos afectivos de tal intensidad que dejan  una huella perdurable a lo largo de toda la vida.

Freud conceptualizó el “Complejo de Edipo”, eje rector en la estructuración del psiquismo y eje fundamental del psicoanálisis. Hablar de Edipo es hablar de la complicada situación  afectiva que se da en la relación de todo niño/a con sus padres,  de los intensos sentimientos de amor, odio, celos o rivalidad que se ponen en juego en el seno de ese grupo tan íntimo como es la familia y que todo niño/a  vivirá y tendrá que resolver en su camino hacia la  socialización.

La familia se sostiene en relaciones  de parentesco que sitúan a cada uno de los miembros del grupo en un lugar.  Este parentesco no depende tanto de la dimensión biológica, aunque la mayor parte de las veces las relaciones sean de consanguinidad, sino más bien de acuerdos para que las distintas funciones paterna, materna, filial se configuren, se mantengan y se transmitan mediante el interjuego de roles diferenciados, constituyendo así el modelo básico de toda situación grupal.

En la familia no hay nada exclusivamente natural,  No basta con concebir un hijo o con traerlo al mundo. Ser madre, ser padre implica una apropiación,  implica asumir ese lugar y esa función. Por ejemplo, el lugar del padre puede estar ocupado por el padre biológico, o por el hermano de la madre, o por un segundo marido. Al psicoanálisis no le interesa el orden natural sino  el simbólico.

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Las familias no siempre se han constituido de la misma manera. Desde la primera familia mítica organizada en pequeños clanes ha habido muchas formas de organización. En épocas no muy lejanas lo normal era que en la familia convivieran  tres o cuatro generaciones juntas. En la actualidad,  la familia tradicional que hemos conocido compuesta por padre, madre e hijos está dando paso a otras formas de familia: familias monoparentales, familias con padres homosexuales, hijos producto de inseminaciones artificiales con genitores desconocidos, familias reconstituidas con hijos de distintas parejas…Todo esto seguro que afectará a la subjetivación de las personas,  pero sea cual sea la forma que tome, y dando por sentado que no existe una familia ideal, si parece importante que toda familia lleve a cabo una serie de funciones para que ese pequeño cachorro que adviene a ella se transforme en un sujeto humano.

Una función que podríamos llamar materna consistirá en procurar un espacio donde se den lazos de amor y cuidado. Es en el entorno familiar donde el niño aprende a amar y ser amado mucho antes de que pueda distinguir entre ambas cosas. La familia debe proporcionar al niño un sentimiento de seguridad. Sentirse seguro es sentirse amado y comprendido no sólo con palabras sino con cuidados, atenciones e interés. Es una escuela de sentimientos en tanto le permite ensayar sus recursos emocionales.  Además, la familia tiene que ayudar al niño a vivir a pesar de su debilidad y de su indefensión inicial amortiguando las presiones del medio externo y enseñándole a hacerse cargo y a dominar las presiones internas.

Otra función que podríamos llamar paterna consistirá en instituir prohibiciones fundamentales como son la del incesto y la de respetar la diferencia de generaciones. La autoridad del padre es tranquilizadora pues marca los contornos de lo permitido y lo prohibido, lo que se puede o no hacer, y si se transgrede genera culpa por miedo a perder el amor de los padres. Es en la familia donde se aprenden las leyes que fundan las relaciones humanas y sociales del individuo: entre grandes y pequeños, varones y mujeres, poderosos y débiles, con todos sus matices, siendo por tanto un eslabón intermedio entre el individuo y la sociedad.

No se puede pensar  la familia sin hablar de narcisismo. Los padres recrean en el hijo las propias perfecciones de un narcisismo perdido y ven a su bebé como un dechado de virtudes. Pasa a ser el rey de la casa,  “Su Majestad el Bebé”. Simétricamente el bebé inviste a los padres a quienes cree perfectos en tanto coinciden con sus necesidades primero y sus deseos después.

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Cuando llega un miembro nuevo la familia lo inviste, lo cuida, le asigna un lugar,  le señala límites,  le ofrece pertenencias, enuncia prohibiciones. Pasa a ser un eslabón más en una cadena de generaciones, heredero y servidor, se espera de él que cumpla los sueños y renuncias de las generaciones que lo anteceden. La familia  tiene una pulsión a transmitir.  En su seno se transmiten ideales, valores, mitos, referencias identificatorias… Será en este grupo que lo recibe, lo sueña y le pone un nombre donde el niño se haga sujeto y vaya conformando su identidad.

Es difícil imaginar la estructuración de un psiquismo estable más allá de la  familia. Sabemos que sin un continente familiar la personalidad se organiza muy frágilmente dejando marcas imborrables de por vida. Sin embargo, la familia tampoco es una garantía absoluta para la salud mental. Es en el ámbito íntimo y secreto de la familia donde se dan también relaciones de violencia. La violencia se produce cuando no se respetan las prohibiciones, cuando las relaciones son indiferenciadas, cuando no hay espacios individuales y todo se comparte, cuando no es posible la individualidad y los vínculos familiares son de pegoteo aunque con una total desconexión afectiva de modo que cada miembro está aislado, completamente solo y a la vez no se puede separar de los otros.

Si algo observamos desde el psicoanálisis es que todas las personas conforman su propia “novela familiar”, obra de ficción que da cuenta de las vivencias del infantil sujeto y que orienta el rumbo de su historia. Vale la pena, entonces, pensar sobre la Familia.

Almudena Santos