EN TORNO A LAS PRIMERAS SEPARACIONES

En los primeros meses de vida, los sentimientos del bebé son intensos y poco matizados. Sus estados de ánimo oscilan con rapidez y se manifiestan en sus cambios de expresión o de color. Poco a poco vamos pudiendo aprender a conocer sus sentimientos, a ir discriminando sus temores o sus angustias y a tolerarlos.

Al igual que el bebé vacía en su pañal el contenido de la vejiga o bien vomita el alimento, tiene la necesidad de descargar su malestar. Por ejemplo, un llanto muy fuerte nos puede dar la impresión de que lo expulsa fuera de sí , como si nos lo arrojara a la cabeza.

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En estos primeros meses de vida, para el bebé las sensaciones de incomodidad y de displacer son vividas como algo permanente de lo que tiene que deshacerse echándolo fuera de él, proyectándolo.

Por eso necesita que su madre permanezca junto a él, comprendiendo los sentimientos de su hijo pero sin dejarse abrumar por ellos y pudiendo devolvérselos metabolizados, digeridos para que él pueda hacerse cargo de ellos sin excesiva ansiedad.

El bebé tendrá que vivenciar muchas experiencias de ser consolado, contenido, protegido para que el mundo que le rodea sea percibido de forma menos hostil y como un ambiente que le transmite confianza y seguridad.

Esta sucesión de experiencias contribuye a darle de forma progresiva una cierta sensación de seguridad interior, una suerte de “mamá” interna que le facilita el ir tolerando poco a poco las ausencias de la madre.

Progresivamente el bebé va pudiendo tener una cierta conciencia de sí mismo y de la persona que le cuida, en general la madre. Alrededor de la mitad del primer año de vida, ha acumulado ya muchos recuerdos de las sucesivas idas y venidas de su madre, esto puede producirle enojo, tristeza pero puede ir confiando en que aunque se ausente, volverá.

El bebé en esta etapa puede recordar a su madre e incluso soñar con ella, ya puede llegar a discriminar entre ésta y las demás personas. No sólo la conoce, sino que la reconoce.

Cuando tiene algunos meses más y la representación mental de su madre es más firme, puede manifestarse la ansiedad ante los extraños. Hasta los 8 meses aproximadamente, los niños pueden mostrarse sonrientes y amables con los extraños, si éstos se les acercan e interactúan con ellos, no suelen manifestar rechazo.

Sin embargo, a partir de esa edad pueden empezar a manifestar su disgusto de que personas desconocidas se acerquen a ellos, les hablen, les toquen— Es lo que se conoce como la “angustia ante el extraño”. Este hecho fue estudiado por un psicoanalista llamado René Spitz (1). Al tiempo, pueden surgir temores a separarse de la madre que es la principal figura de apego.

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Esas ansiedades forman parte del desarrollo evolutivo normal y su adecuado manejo es fundamental tanto por sus efectos inmediatos como a largo plazo.

El bebé puede seguir apegado a su madre si se separa de ella, pero es conveniente que la separación no sea muy larga ya que si se prolonga los sentimientos de enfado y de rechazo pueden ocupar el primer plano.

La ansiedad ante los extraños y por separación suele cristalizar alrededor del primer año. En ese momento, para facilitar el acercamiento, es positivo que la persona extraña sepa esperar y que no sea invasiva con el niño. La aproximación debe ser progresiva, jugando y despertando la curiosidad natural del niño, de esta manera se potencia su inclinación a relacionarse con los demás.

También facilita el proceso de separación el que la persona que se haga cargo del niño tenga disponibilidad para él, que pueda establecer un contacto lúdico y cálido.

Si además demostramos aprecio hacia quien se va a ocupar del bebé, si nos mostramos afectuosos, el paso también es más fácil. También es importante hablar en positivo de esa persona y mostrar que nos inspira confianza.

El bebé también tiene sus propios recursos para ir asumiendo estas situaciones que vive de forma pasiva transformándola en algo activo, como a través de ciertos juegos de escondite.

Existen juegos clásicos con los bebés como el Cucú-Trastras en los que de manera lúdica van pudiendo tolerar las ausencias de sus seres cercanos, muchas de ellas inevitables por otro lado.

Un ejemplo clásico en la literatura psicoanalítica es el juego del Fort Da del nieto de Freud (2). Ante la partida de su madre, el bebé de año y medio lanzaba lejos de él un carrete al que luego hacía reaparecer. La primera parte del juego, el arrojar lejos de él el carrete (“Fort”: se fué) era mucho más frecuente que la segunda (“Da”: aquí está). Esto llevó a Freud a descubrir que más allá del placer del juego, el niño actuaba movido por la necesidad de repetir aquello que estaba viviendo para poderlo procesar activamente, adueñándose de las vivencias penosas.

Los bebés de alguna manera a través de estas actividades hacen aparecer y desaparecer ellos mismos a las figuras más cercanas, actuando de forma activa lo que tienen que sufrir pasivamente, como las separaciones de sus figuras más significativas. Es en parte sobre estas bases que se irá fraguando el desarrollo de su personalidad.

 

Pilar Crespo Fessart

 

(1) Spitz R. Primer año de la vida del niño, Fondo de Cultura Económica, 1999, México

(2)Freud S. Mas allá del principio del placer, OC T. XVIII, Amorrortu,

 

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