HAY QUE ESCUCHAR A LOS POETAS

“En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…… ¿Qué no quieres acordarte? ¿Pero, por qué…? no me dejes con la intriga….yo quiero ir a ese lugar, quiero conocer a ese hidalgo….

– Ah! que ya no vive.

– ¿Cómo… ¿que no vivió nunca?… ¿que es ficción?………

– Uhmmm….eso ya es otra cosa…. tendré que buscarlo en los libros.

 

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Sí, ellos; mis amigos. No, mejor dicho; mis compañeros. Van conmigo adonde yo quiera. Me hablan, me muestran el mundo. A veces los trato un poco mal, los doblo, los pintarrajeo, hago señales… incluso escribo en los márgenes, pongo signos exclamatorios cuando no estoy de acuerdo con lo que dicen o cuando quiero dejar una marca profunda en lo que dicen…bueno, pues a pesar de todo, siempre están ahí. ¿Sabes? a veces parece que me están hablando a mí. Cuentan cosas que también a mí me han pasado. Uff, ¡que tranquilidad!, cuando puedes identificar tus propios problemas con los de otros. Bueno, no te diré más que en alguna ocasión ha sido ahí, en el libro, donde he encontrado, si no, la solución…sí, un camino por el que transitar hasta llegar a ella. Lo que te digo… ¡anda que no le debemos gratitud a los libros!

Bueno, pues fui a buscar a ese hidalgo ¡y lo encontré! Se llama Alonso, pero todos le conocen como Don Quijote. Emprendió un viaje, un viaje muy largo que ni él mismo sabía dónde y cuando iba a terminar, y en ese viaje le iban pasando muchas cosas; aventuras -decía él-, ¡el pobre! todos se reían en sus barbas y le hacían pasar malos tragos, pero ¡que capacidad de sobreponerse! Era un tipo raro, pero no se le quedaban atrás algunos que pululaban a su alrededor, con nombres increíbles, por cierto. Me viene a la cabeza una historia que se cuenta dentro de la historia, es como cine dentro del cine, pero en libro.

Resulta que son dos amigos de toda la vida y uno de ellos se casa. La chica es encantadora, se llama Camila y los tres forman una piña. Bueno pues un día, al marido, empeñado en comprobar la fidelidad de Camila “De manera que la prueba manifieste los quilates de su bondad, como el fuego muestra los del oro”, no se le ocurre otra cosa que animar e incitar a su amigo para que éste, con su consentimiento, seduzca a su mujer, o sea, a Camila. Ella es fiel y está enamorada de Anselmo, el marido. Lotario, que así se llama el amigo, no quiere dañar ni a Anselmo ni a Camila. Pero Anselmo se pone pesadísimo con que sólo es una prueba”, tanto, que prácticamente arroja a su mujer a los brazos de Lotario. A partir de ahí, todo va de mal en peor hasta el desastre total. ¿Y por qué cuento esto, que -al fin y al cabo- ya está contado en el relato de las andanzas del hidalgo de lanza en astillero, etc…? Pues, por lo sorprendente que es, que antes de que se hablara de Psiquiatría, bueno, yo diría que antes de que existiera la Psiquiatría como tal, allá por mil quinientos…y pico, está perfectamente descrito lo que hoy identificaríamos como “un trastorno delirante grave de tipo psicótico”. Mira tú, si los libros ya sabían. Un libro de aventuras, que también es un tratado de Medicina.

Así pasa muchas veces, que los libros ya saben las cosas, incluso antes de que ocurran. ¿A que no sabes que ya en 1949 mucho antes de que tuviéramos ordenadores, había un libro que ya sabía lo que sería Google? Pues sí, lo que pasa es que no lo llamaba así, lo llamó Gran Hermano. Se equivocó un poquitín de fecha, lo presentó para 1984, pero él ya sabía que iba a venir, casi 60 años antes. Todos los seres humanos del siglo XXI, nos llamábamos Winston Smith en “1984”, y al final “Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, nos resbalaban por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, amábamos al Gran Hermano”. Google, se llama ahora nuestro Gran Hermano. No podemos vivir sin él. George Orwell nos lo dijo en aquella fecha.

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Y antes…mucho antes; unos libros de aventuras nos cuentan las peripecias de un tal Ulises, que hay que ver al pobre, lo que le costaba volver a su casa. Pero mientras tanto no paraba, viajando de acá para allá. ¿Pero es que el poeta ciego que contaba en endecasílabos todas estas idas y venidas, ya sabía que dos mil años más tarde íbamos a tener verdadera obsesión por los viajes? Que si no viajas en vacaciones, oye, como que no estás en el mundo. Y otro libro también, que lo escribió el mismo de antes, y cuenta una historia de una guerra que se organizó porque un señor llamado Menelao, marido de una tal Helena se enfadó muchísimo cuando ella se fugó con Paris (nada que ver con la capital de Francia ¿eh?). Si será actual la historia, que todavía cuando queremos anunciar que va a ocurrir algo tremendo decimos “Va a arder Troya”.

Por cierto, que un señor prusiano que se llamaba Schlieman, fue y descubrió los restos arqueológicos de la auténtica ciudad, -me refiero a Troya, claro- leyendo y leyendo ese libro. Como entonces a la ciudad la llamaban Ílion, el libro se llamó “Ilíada”.

En fin, que todo lo que quieras saber, no tienes más que buscarlo en los libros. Los psicoanalistas dicen que los libros son representaciones palabra, una idea que toman de un inmenso escritor, premio Goethe de literatura por cierto, aunque a ellos les interesa mucho más el contenido de sus escritos. Sigmund Freud se llamaba. Un auténtico revolucionario que fue capaz de aprender un idioma ajeno al suyo, solo para poder leer en el original la historia del hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Tanto le gustó esa lengua que entre él y un amigo llamado Silberstein, organizaron un código propio de comunicación que llamaron Academia Española. Y es que Freud, que descubrió, teorizó y practicó una vía de acercamiento a la comprensión del funcionamiento mental y afectivo del ser humano llamada Psicoanálisis, siempre insistió en que hay que escuchar a los poetas”, porque todo lo que nos concierne e interesa a los humanos del siglo XXI ya ha sido dicho por los clásicos y está en sus libros. ¿Fue Tiresias el primer psicoterapeuta cuando le descifra a Edipo la causa de los males que asolaban Tebas? ¿O tal vez Escipión, cuando en un Coloquio de los perros a las puertas del hospital de Maudes, insta a Berganza a hablar y no guardarse nada dentro, porque el mero hecho de expresar lo que uno siente, ya hace que se alivie el malestar? No sé….pero podemos preguntárselo a Sófocles y también a Cervantes.

 

 

Mayte Muñoz Guillén

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