LA DISCAPACIDAD VISTA DESDE OTRO LUGAR

El gran avance que se ha dado en las últimas décadas en la atención de los discapacitados no debe hacernos olvidar que hay un aspecto desconocido relacionado con ellos de suma importancia, y del que no se habla. Me refiero a los sentimientos de los padres. Sentimientos variados y complejos en los que siempre está presente el sufrimiento; no es el único sentimiento pero siempre es muy intenso. Ser conscientes de este dolor y poder tratarlo debe ser una de las prioridades en la ayuda a los discapacitados. Supone una ayuda indirecta pero de enorme importancia pues afecta al entorno que les cuida. Ese dolor es un sentimiento, que debe ser reconocido porque si es negado las consecuencias para los padres, y en consecuencia para el hijo discapacitado, serán muy perniciosas.

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Ya en el embarazo los pensamientos de los padres sobre su futuro hijo siempre incluyen uno: ¿estará sano?. A veces, la discapacidad se descubre un tiempo después del nacimiento y el golpe emocional es mayor porque se daba por hecho que el hijo era normal. Así sucede también en los casos de niños que cuando son adoptados no presentan problemas aparentemente. Confrontados con el hecho de que el hijo es discapacitado, se inicia un complicado proceso en el mundo afectivo parental. Porque junto al amor, cariño, sacrificio y apoyo hacia ese hijo, pueden coexistir sentimientos de pena, culpa, desgracia, frustración, rabia, tristeza y depresión. Además de temores sobre su futuro: cómo se cubrirán sus necesidades tanto económicas como afectivas y quién le consolará cuando los padres no estén.

Pero mientras los sentimientos amorosos suelen ser conscientes, los otros con frecuencia están tapados porque sentirlos genera mucha angustia y desasosiego por lo que pueden quedar ocultos en las profundidades de la mente, produciendo un sufrimiento emocional latente muy dañino.

Cuando un hijo nace se ponen en él una serie de deseos o ideales, tanto conscientes como inconscientes: salud, belleza, compañía, capacidad intelectual, futura profesión, etc. La pérdida de esos ideales a causa de una discapacidad requiere hacer un duelo por ellos que llevará bastante tiempo, no siendo una tarea fácil llevarlo a cabo uno mismo sin ayuda.

 

Realizar bien ese duelo y poder rescatar y elaborar los sentimientos dañinos tapados, es decir, inconscientes, supone para los padres un refuerzo de sus propios aspectos vitales y creativos y abre una esperanza para una convivencia más armónica con ese hijo que con mucha frecuencia conduce a un fenómeno en apariencia sorprendente: descubrir todo lo positivo que el hijo discapacitado puede llegar a aportar a los padres individualmente y como pareja. Efectos beneficiosos que se exienden al resto de la familia.

 

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Y es un fenómeno sorprendente porque sería inimaginable ese resultado si se contemplara desde el momento del comienzo de la historia, es decir, desde el descubrimiento de las carencias del hijo con los dolorosos sentimientos parentales asociados. No es un camino fácil. Pero sí lo han podio recorrer muchos padres y muchas familias.

 

El apoyo, o el tratamiento psicológico, de los padres es una necesidad y repercute muy positivamente en ellos mismos y en los propios discapacitados. Un entorno emocional estable ayuda a que el hijo consiga su derecho, igual que el que tienen los no discapacitados, a la felicidad o, al menos, a obtener la mayor felicidad posible. No sólo se les ayuda con medidas económicas, de salud, académicas, de accesibilidad, pisos tutelados, club de ocio, etc., también creándoles un ambiente emocional agradable en la familia que pasa por unos padres psicológicamente estables.

 

No queda agotado el problema familiar del discapacitado con la mejora del soporte afectivo parental. La orientación y eventual apoyo psicológico a los hermanos y familiares cercanos es una necesidad que no podemos olvidar, porque conviven con él y también se ven muy afectados emocionalmente. Los hermanos, especialmente, no están libres de experimentar intensos sentimientos hacia el hermano afectado que se unen a los que habitualmente se dan sin que haya un discapacitado: celos, rivalidades, etc., pero aquí se añaden matices específicos que hay que saber reconocer para darles un curso lo más sano posible.

 

 

José Manuel Martínez Forde

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