EL MODELO DE MANDELA

 Invictus es un poema breve ecrito en 1875 por el poeta inglés William Ernest Henley. Es también el nombre de una película de 2009 dirigida por Clint Eastwood sobre Mandela y su uso de la Copa del Mundo de Rugby en 1995 en Sudáfrica, como una oportunidad para unir al país. El título se debe a que Mandela se recitaba el poema a sí mismo, ayudándose a sobrellevar los 27 años de encarcelamiento. En la película Mandela le escribe el poema al capitán de la selección sudafricana, François Pienaar, antes del comienzo del campeonato.

 

El factor humano

La película está basada en el libro El factor humano de John Carlin. Cuenta los primeros años vividos en Sudáfrica tras la abolición del sistema segregacionista del apartheid. Tras ser liberado de prisión en 1990, Mandela logró llegar años después a la presidencia de Sudáfrica, y desde ese puesto se dispuso a construir una política de reconciliación entre la mayoría negra oprimida y la minoría blanca que se mostraba temerosa de una política vengativa del nuevo gobierno.

Mandela fijó su atención en la selección sudafricana de rugby, los “Springboks”. Internacionalmente no era una de las mejores selecciones. Además no contaba con el apoyo de la población negra que lo identificaba con las instituciones del apartheid. Mandela convocó al capitán Pienaar y juntos se empeñaron en un trabajo titánico para cambiar la mentalidad del pueblo sudafricano y orientarla hacia la unidad nacional.

 mandela

 

Convencer al enemigo

 Toda su vida había estado preparándose para este momento, para este partido. Su decisión de entrar en el Congreso Nacional Africano (CNA) cuando era joven, en los años cuarenta; su liderazgo desafiante en la campaña contra el apartheid en los cincuenta; la soledad, la dureza y la callada rutina de la cárcel (su celda durante dieciocho años medía 2,5 por 2,20 metros); el exhaustivo régimen de ejercicios al que se sometía tras las rejas, siempre seguro de que un día saldría y desempeñaría un papel fundamental en la política de su país; todo eso, y mucho más, había construido la plataforma para el empuje definitivo.

El primer reto era convencer al enemigo, una tarea que emprendió con el mismo rigor que dedicaba a su ejercicio físico. Disponía de dos herramientas: libros – en los que aprendió sobre la historia de los afrikáners y estudió su lengua – y los guardias afrikáners de la prisión, unos hombres que ocupaban el estrato inferior en el sistema laboral que daba prioridad a los blancos. Mandela pensaba que afrikáner era africano. Pertenecía a la tierra, y cualquier solución que encontrara para los problemas políticos iba a tener que contar con los afrikáners.

Mandela vio en aquellos hombres, el rostro más visible e inmediato del enemigo, y se marcó un objetivo: convencerlos para que le tratasen con dignidad. Si lo lograba, pensó, habría muchas más posibilidades de poder hacer lo mismo, un día, con los blancos en general. La clave era el “respeto elemental”. No quería aplastar a sus enemigos, no quería humillarlos, no quería pagarles con la misma moneda. Sólo quería que le tratasen con respeto.

Mandela y Pienaar

 Mandela nunca manifestó claramente cuál era su propósito en su primera reunión con Pienaar, pero sí se aproximó al tema cuando empezó a hablar sobre sus recuerdos de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 que evocaba con gran entusiasmo. La intención de Mandela era plantar en su mente las primeras semillas de una idea política. Su mensaje fue: “Vamos a usar el deporte para la construcción nacional y para promover todas las ideas que creemos que conducirán a la paz y la estabilidad en nuestro país”.

El himno

En una reunión del Comité Ejecutivo del CNA se discutió que postura debía tener el nuevo gobierno sobre la delicada cuestión del himno nacional. El viejo himno era claramente inaceptable. Una parte de Die Stem era una súplica a Dios para que “proteja nuestra amada tierra”, pero otra celebraba los triunfos de los “expedicionarios” en su marcha hacia el norte a través de Sudáfrica en el siglo XIX, una marcha en la que aplastaron la resistencia negra. El himno extraoficial de la Sudáfrica negra, el Nkosi Sikelele, era la sentida expresión de un pueblo que había sufrido mucho tiempo y anhelaba la libertad. Mandela propuso que Sudáfrica tuviera dos himnos que serían interpretados, uno después de otro en todas las ceremonias oficiales. “No hay que apelar a su razón sino a sus corazones”, dijo.

Los partidos

 En la concentración de Silvermine, antes del primer partido, Mandela los exhortó: “Os enfrentáis a los campeones del mundo, Australia. El equipo que gane este partido seguirá hasta la final. Ahora tenéis la oportunidad de servir a Sudáfrica y unir a nuestro pueblo. En cuestión de mérito, sois iguales a cualquier otro en el mundo. Pero jugáis en casa y eso os da ventaja. “Recordad, todos nosotros, blancos y negros, estamos con vosotros”. Saludó a cada uno de los jugadores, aceptó el regalo de la gorra verde de los Springboks y la llevó en el partido con Australia.

El día del partido final, el jefe de seguridad personal de Mandela, le dijo: “Tata – el apodo afectuoso que utilizaban los guardaespaldas con él y quería decir “abuelo”, ¿por qué no lleva hoy la camiseta de los Springboks? – “. Mandela no dudó ni un instante. Se le iluminó la cara y mostró una sonrisa de oreja a oreja. Había comprendido el valor del gesto inmediatamente y pidió que le pusieran el número 6, el de Pienaar. “Decidí llevar la camiseta – diría después – porque pensé: “Cuando los blancos me vean llevando la camiseta de rugby de los Springboks, verán que aquí hay un hombre que apoya por completo a nuestro equipo”.

El simbolismo era impresionante. Durante décadas Mandela había representado todo lo que más temían los blancos, durante más años todavía, la camiseta de los Springboks había sido el símbolo de todo lo que más odiaban los negros. Ahora de pronto, ante los ojos de toda Sudáfrica y del mundo, los dos símbolos negativos se habían fundido para crear uno nuevo que era constructivo, positivo y bueno. Mandela era el responsable de esa transformación y se había convertido en la encarnación, no del odio y el miedo, sino de la generosidad y el futuro.

Como un mes antes en Silvermine, Mandela volvió a sorprender a los Springboks. Antes de que entrara en la sala, el silencio era absoluto. De pronto los jugadores le vieron y todo el mundo empezó a reírse, a aplaudir. La tensión se disipó. En esta ocasión el discurso de Mandela fue más breve, más cercano y más directo que el de la víspera del partido con Australia. “Mirad chicos – dijo – , jugáis con los All Blacks. Son uno de los equipos más potentes en el mundo del rugby, pero vosotros sois todavía más potentes. Y sólo tenéis que recordar que toda esta multitud, tanto negros como blancos, están con vosotros, y yo estoy con vosotros”. Supo dar el tono adecuado y fue una auténtica inspiración.

Ganaron la Copa del Mundo.

 En el estadio de Ellis Park hubo una explosión de alegría, de llanto y surgió con fuerza un clamor de blancos y negros. “¡Nelson!¡Nelson!”. Por primera vez los mundos paralelos del apartheid se habían unido en un todo. Los blancos al rendirle tributo, rendían tributo al gran valor del “no racismo” por el cual había soportado veintisiete años de cárcel. Estaban pidiendo perdón y aceptando el generoso abrazo que él, y a través de él la Sudáfrica negra, les estaba ofreciendo. Los hizo sentir mejores personas.

Hacía mucho tiempo ya que Naciones Unidas había decretado que el apartheid era un crimen contra la Humanidad. ¿Qué mayores criminales que el ministro de Justicia del apartheid, el jefe de los Servicios de Inteligencia del apartheid, el jefe Militar Supremo del apartheid, el jefe de Estado del apartheid?. A todos ellos, uno a uno, había ido convenciéndolos Mandela, en sus últimos años de prisión. Era el interlocutor necesario. Si no habría un baño de sangre. Mandela apuntaba a darles confianza y apelaba a la semilla oculta de salud mental que había en ellos. Fue un arma tan poderosa que engendró un nuevo tipo de revolución. En vez de eliminar al enemigo y partir de cero, incorporó al enemigo, a un nuevo orden deliberadamente construido sobre los cimientos del antiguo. Al concebir su revolución, no sólo como el desmontaje del apartheid sino, a largo plazo, como la unificación y reconciliación de todos los sudafricanos, Mandela rompió un modelo histórico.

 

 

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