EL LLANTO DE UN NIÑO ( I* )

 “El niño pequeño con su llanto llama la atención de una persona experimentada, buscando alivio, y ello se convierte en una fuente de las motivaciones morales”. Hay que pensar que esta frase fue escrita por un neurólogo a finales del siglo XIX, según proyectaba una psicología científica. Era Sigmund Freud, y esta idea constituye una de las bases de la después llamada teoría de las relaciones objetales. No sólo de las relaciones que establecemos con otras personas, sino también de los pensamientos imaginativos que forjamos en nuestro mundo interno, de los sueños, así como de aquello que hacemos a lo largo de nuestra vida cuando nos sentimos mal o enfermos, y nos planteamos a quién dirigirnos para que nos ayuden.

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Muchas consultas de psiquiatría infantil están motivadas por la dificultad de la familia ante el llanto prolongado del niño, y después, ante las variadas formas, somáticas o psíquicas, mediante las cuales se expresa la angustia, el dolor o la tristeza que no pueden comunicarse de otro modo. Algunos padres no toleran que su hijo llore y se preocupan mucho al verle mal. Especialmente por las noches, se generan a veces círculos viciosos en los que algunos padres se enfadan y prefieren dejar a su bebé llorando hasta que se calle.

De hecho el llanto es paradójicamente una señal de buena salud cuando el recién nacido ha asomado en el paritorio. De acuerdo con las modernas investigaciones, vamos a describir qué podríamos hacer en los dos primeros meses de vida cuando eso ocurre. Cuando hablamos de sostén y de contención siguiendo las ideas de psicoanalistas más modernos, las funciones recién citadas se concretan en actitudes que parecen mucho más corrientes. Freud fue pensando que en eso consistía el que la madre actuara como preconsciente o como una “paraexcitación” ( Drenaje del exceso de excitación por otras vías ) en ayuda del funcionamiento mental de su bebé.

Aunque cueste mucho oír llorar a un bebé durante un buen rato, hay que tener en cuenta que es la forma principal de enterarnos de que quizás tenga hambre, de que quizás está angustiado aunque él no sepa identificarlo todavía claramente como tal estado de ánimo, de que necesita nuestra presencia y cuidados, o sencillamente de que algo le molesta. Sus arrebatos llorosos pueden ser muy fuertes en los dos primeros meses de vida, y especialmente al mes y medio aproximado, en unos pequeños más que en otros.

Cuando llegan a los tres meses, el malestar toma habitualmente la forma de los cólicos, que tan bien observó y describió Spitz, hace medio siglo, en sus estudios sobre el primer año de vida. Sabiamente recomendaba en esas situaciones que se meciera al bebé molesto y que se le proporcionara el chupete. Los diversos estudios pediátricos sobre estos cólicos no han encontrado otro motivo claro, más allá de la ansiedad del niño. Si entra en relación con unos padres que se han puesto también nerviosos, se puede llegar a situaciones difíciles por las que se consulta repetidamente al pediatra. Estos episodios de llanto y cólicos aparecen sin motivos aparentes, generalmente por las tardes y varios días a la semana y desaparecen al cabo de unos meses.

Si el pediatra no encuentra ninguna causa física para los cólicos, que es lo más corriente, quizás llore menos nuestro hijito si le arropamos y mecemos algo más de lo habitual, si le cantamos o distraemos con algún sonido, si disponemos su habitación con algo más de oscuridad. No obstante, repetimos que el cólico, como el llanto, no desaparece muy deprisa, y hay que tener cuidado con lo que nos recomiendan nuestras vecinas mayores. Quizás sea más importante que los padres procuremos estar tranquilos, y recordar que a veces, llorar es una expansión que a todos ayuda a quedarnos bien. El pediatra irá proponiendo diversas medidas, según su experiencia, y dirá a los padres que esta forma de llorar y de quejarse va a desaparecer, en cuanto el bebé diversifique las maneras de expresarse, especialmente si, de alguna forma que los adultos no sabemos describir, parece que va tomando confianza de que se ha hecho algo para ayudarle.

Es natural que haya días que los padres se sientan frustrados y hasta agotados, cuando el llanto o malestar de su hijito se prolonga más de lo deseable. Bion dijo que estamos conteniendo los elementos que, ya a lo largo de toda la vida, a veces no vamos a poder “digerir”, especialmente si no hemos internalizado desde estas primeras experiencias una capacidad mental de asimilar en lo posible estas situaciones de ansiedad, que nos generan un conflicto intrapsíquico de muy diversas maneras cuando nos sentimos mal.

Winnicott, un pediatra que se convirtió en psicoanalista, decía que la madre es necesaria como una persona viva, para presentar el mundo a su bebé. Para pasar de una dependencia absoluta a una dependencia relativa. Esta contribución de la madre a la sociedad, mediante el cuidado continuado de su bebé es muy importante. La base de la capacidad de estar solo reside en la experiencia de haber estado en presencia de otro, tal como cuando va percibiendo que hay alguien que intenta consolarle cuando él llora, y se mantiene firme a su lado, acompañándole en lo bueno y en lo malo. Este ambiente que le sostiene se va introyectando e integrando inconscientemente por el niño, en base a esos padres que, desde los primeros días de su vida, pudieron identificarse con él y atenderle.

Si pudiésemos escribir el “Diario de un bebé”, tal como lo publicó el psicoanalista Daniel Stern, quizás escribiríamos cosas como éstas:

“Desde que he nacido reconozco vuestras olores, vuestras voces y vuestras caras. Estoy aprendiendo que mis movimientos, mis caras y mis ruiditos dan a entender si tengo sueño o hambre, si estoy a disgusto o me siento bien. Hay ratos que prefiero jugar, sobre todo después de mamar y antes de volverme a dormir. Os parecerá que busco los pechos de mamá porque muevo la cabeza, mucho más si me decís algo, aunque no sepa de qué va. Las cosas brillantes y de colores diferentes me chiflan, sobre todo si se mueven cerca de mí, como vuestras caras”.

“Cuando cumpla tres meses echaré la mano a las cosas. Me gusta oírte y que me acaricies, y así dependo de ti en eso. El amor con el que me consuelas me va a ayudar a poder hacer lo mismo con el tiempo”.

 

Francisco Martí Felipo

 

(* Este post consta de dos artículos. El segundo se colgará próximamente)

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