EL LLANTO DE UN NIÑO (**)

En nuestra consulta de niños recibimos padres impacientes e insatisfechos, hasta enfadados porque no se haga nada con estos estados de su bebé. A veces la madre está adquiriendo sus primeras experiencias en la crianza, sin otro modelo que el de su infancia, y, otras veces, sin una abuela que le ayude en el postparto, cuando los ahora conocidos “blues” o momentos de tristeza se han infiltrado en la mente de la madre puérpera.

Y es que sus bebés no pueden identificar y pensar claramente aún aquello que les incomoda, sólo saben llorar. A veces se les da palmaditas en la espalda por si tienen “gases” y así eructan. Forma parte de las manipulaciones con las que cualquier madre intenta proteger a su bebé, y de hacerle de algún modo saber lo que le va a ofrecer el mundo exterior a él. De paso, sabemos que desde que tiene un mes se calma al ver u oír a quien le está cuidando, y eso va trabando el lazo afectivo entre ambos, y representa el primer modelo emocional para el resto de nuestras vidas.

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No sólo come y duerme el neonato, sino que está demostrado que es bueno aprovechar los estados en que comienza a escanear el medio, según está despierto. Con su mirada va a seguir los trastos coloreados que movamos cerca de su cara. ¿Por qué las primeras melodías que les tatareamos van a preferirse pasados los meses cuando se las pongamos? ¿Y los musicales o los móviles colgados enfrente de su cuna? Ahí están nuestros primeros juegos.

No hemos citado los recientes estudios de observación fetal, donde las ecografías sucesivas demuestran una mayor continuidad, al salir fuera del útero, de lo que antes se creía. La cesura del nacimiento no nos parece ya tan notable. Especialmente, en cuanto a las experiencias sensoriales que percibíamos en la tripa de nuestra madre, y que, tras nacer, resultarán más intensas. Hay que dormirse si uno está cansado, dejarnos alimentar según un ritmo de horarios, y cuidar. Aprenderemos el gusto de estar “limpitos” cuando nos cambian el pañal, algo que también queda a cargo de la figura exterior que se relaciona con nosotros, como no ocurría en el mundo fetal. Son rutinas, de las que vamos a depender en los distintos horarios de nuestra vida.

Por eso, tras el primer trimestre de vida, estas rutinas van a ser objeto de los primeros juegos mutuos, de las miradas y sonidos que cualquier bebé realiza de forma algo comunicativa. Cuando va a llorar y cuando va a dormir, según interioriza el modo en que se le ayuda a la manera de la madre que le ha tocado.

Son frecuentes las consultas que no saben cómo hacer para no acabar llevándose a la cama a su hijito para conseguir que no llore por la noche. Se despiertan al primer ruido y hay que cogerle en brazos, o quedarse a su lado, aunque a veces nada sirve mientras que otras sí. Se cambian los horarios del baño o se intenta cansar más al bebé para ver si así duerme mejor. Se les deja una luz encendida, y los padres no pueden descansar porque, encima, han de trabajar al día siguiente. Se les reordenan, si no, los horarios de pecho y biberón.

Se sabe que la regulación del sueño, para la mayoría de los niños pequeños, necesita de un tiempo a lo largo del primer año para poder estabilizarse. Al puericultor también se le consulta, y es muy útil, sobre los horarios al pecho, sobre el destete y sobre la introducción de las distintas nuevas papillas y alimentos. La base habitual es la de partir de cuándo tiene hambre el bebé, y, según esta demanda, se van estabilizando los ritmos, para lo cual hace falta este primer trimestre de vida, para enterarnos de lo que va a ser mejor.

Con las siestas ocurre algo parecido en relación con los modos, sobre si el bebé prefiere un cuerpo caliente a su lado, si hay que mecerle y cantarle, darle nuestra mano o bien palmaditas en la espalda. El primer semestre y a veces todo el primer año transcurre con esta tarea, que a veces parece ingrata, de que el bebé pueda y quiera dormirse solo. Pensamos que es la época de la vida en la que más se cambia, y que se va a suceder sin que nos demos cuenta. Por eso es tan importante aquella frase de Freud con la que hemos iniciado esta página, así como las funciones de sostén y contención a las que nos hemos referido.

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 Resumiendo, y volviendo a Winnicott, este autor cree que, en la pareja formada por la madre y el lactante, existe una identificación de la madre con el niño que es la que le lleva a preocuparse por él desde que nace, y una progresiva identificación del niño con ella a lo largo del primer año de su vida. La función materna de una madre “suficientemente buena” se reparte entre el sostén o “holding”· de su bebé, la manipulación que de él ha de efectuar tal como la hemos descrito en sus rutinas, y la exposición de sucesivos objetos. La madre es algo vulnerable a los problemas que surgen y el niño ha de organizar sus propios recursos frente a la ansiedad, sus propios impulsos que va percibiendo y los conflictos que así se genera. No hay más remedio para avanzar en la vida.

Finalmente, los estudios más recientes destacan hasta qué punto el cerebro de un neonato está todavía en crecimiento y formación. El tallo cerebral y la médula espinal sí que han logrado completarse, pero queda el cerebro límbico o emocional y la corteza que precisan de bastante tiempo. Los comportamientos habituales del recién nacido funcionan a partir del tronco cerebral, e igual parece del seguimiento de objetos y del centramiento en las caras conocidas, o la misma alimentación. El bebé respira, late, duerme, chupa y traga, pero necesita de los oportunos cuidados y de la experiencia de la vida durante los primeros años para que se complete la mielinización adecuada, los núcleos del cerebro interno, y especialmente el crecimiento neuronal en las distintas áreas de la corteza cerebral.

El crecimiento neurobiológico del bebé se acompasa con lo hasta ahora dicho por nosotros. Jugar y hablar mucho juntos, padres e hijos de modo suficiente, es quizás el mejor estímulo a lo largo de la infancia para que la maduración y el crecimiento físico y psíquico sean adecuados. No hay más que leer los trabajos últimos obre niños de familias deprivadas en los que, dentro de un periodo crítico temprano, todavía es posible que las acciones psicosociales y la misma psicoterapia puedan revertir hasta cierto punto las carencias físicas, cerebrales y, pos supuesto psíquica. Jugar con la realidad va ser una capacidad que adquieren los niños en los primeros años de vida, y que va a ir ligada a la mentalización y al funcionamiento mental más deseable.

 

Francisco Martí Felipo 

 

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