LOS ANIMALES EN LA VIDA DE UN NIÑO

He tenido la oportunidad de conocer este verano a un niño con un afán desmedido de relación y de preocupación con los animales. Todo empezó, cuando tenía cuatro años y acudió a preguntarme si yo creía que era “chico” o “chica” el joven caballo que tenían sus vecinos. En cuanto el potrillo le veía, acudía a curiosear al lado de la valla, esperando que le echara algunas de las hojas verdes y tiernas que veía a su alcance.

Este fue el motivo de que Pedrito, que así se llamaba el niño, me contara que por qué esa lombriz que correteaba por el suelo echaba el alimento por el “culo”. No le bastó que yo le explicara la creación de abono que realizan estos gusanos, porque, aunque la entendió, pasó a relatarme por qué se multiplican tanto los por él llamados “tocinillos” que corren por el agujero que hacía de cloaca al lado del pozo. En ese momento le expuse su posible curiosidad por el nacimiento de sus hermanos. Pedrito me confirmó que no soportaba ni las hormigas entre la tierra ni las avispas en su piscina. Tenía que pisarlas y matarlas, porque le parecía que ensuciaban la tierra y el agua, más allá de lo que los adultos podamos razonar.

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Este niño sufría una pesadilla repetida donde veía a un toro con uno de sus mejores amigos en el fondo de ese pozo del que me hablaba, repleto de basura. Por si fuera poco, en el garaje de su casa creía que existían ratas que le daban mucho miedo. Y encima, siguiendo su conversación, había oído que, en casa de su abuela, los escarabajos pasaban desde la habitación en la que, antes de nacer su hermana, dormía con sus padres, hasta su primer cuarto en el que dormía solo. De día guardaba en su armario los muñecos y las revistas infantiles con las que pasaba el rato. Sin embargo, como psicoanalistas de niños podemos pensar que esos terrores a los pequeños animalitos representan al inconsciente.  Sigue leyendo

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