LOS ANIMALES EN LA VIDA DE UN NIÑO

He tenido la oportunidad de conocer este verano a un niño con un afán desmedido de relación y de preocupación con los animales. Todo empezó, cuando tenía cuatro años y acudió a preguntarme si yo creía que era “chico” o “chica” el joven caballo que tenían sus vecinos. En cuanto el potrillo le veía, acudía a curiosear al lado de la valla, esperando que le echara algunas de las hojas verdes y tiernas que veía a su alcance.

Este fue el motivo de que Pedrito, que así se llamaba el niño, me contara que por qué esa lombriz que correteaba por el suelo echaba el alimento por el “culo”. No le bastó que yo le explicara la creación de abono que realizan estos gusanos, porque, aunque la entendió, pasó a relatarme por qué se multiplican tanto los por él llamados “tocinillos” que corren por el agujero que hacía de cloaca al lado del pozo. En ese momento le expuse su posible curiosidad por el nacimiento de sus hermanos. Pedrito me confirmó que no soportaba ni las hormigas entre la tierra ni las avispas en su piscina. Tenía que pisarlas y matarlas, porque le parecía que ensuciaban la tierra y el agua, más allá de lo que los adultos podamos razonar.

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Este niño sufría una pesadilla repetida donde veía a un toro con uno de sus mejores amigos en el fondo de ese pozo del que me hablaba, repleto de basura. Por si fuera poco, en el garaje de su casa creía que existían ratas que le daban mucho miedo. Y encima, siguiendo su conversación, había oído que, en casa de su abuela, los escarabajos pasaban desde la habitación en la que, antes de nacer su hermana, dormía con sus padres, hasta su primer cuarto en el que dormía solo. De día guardaba en su armario los muñecos y las revistas infantiles con las que pasaba el rato. Sin embargo, como psicoanalistas de niños podemos pensar que esos terrores a los pequeños animalitos representan al inconsciente. 

Pedrito prolongó sus conversaciones de animales conmigo durante bastantes meses, aprovechando que éramos vecinos, y que, probablemente se sentía escuchado y comprendido en los temas que le preocupaban. No todo se quedó en sus miedos, porque sabía que un gatito había nacido y crecía entre sus árboles. Le dio mucha pena que se murieran un día, tanto el periquito que cuidaba en una jaula como el hámster que alimentaba en una caja de zapatos.

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No le pillaron de sorpresa dichas pérdidas porque su padre le dijo que él criaba gusanos de seda de pequeño, y los huevos amarillos acaban siendo unas feas mariposas por unos días. Es el ciclo de la vida, y nuestro pequeño investigador sólo quiso aprender si todavía era posible encontrar los árboles de las moreras.

El clímax de su conflicto con los animales llegó cuando se le acercó un precioso gallo, para atacarle cuando vió que Pedrito se acercaba a las gallinas de sus tíos. Nuestro niño quería a una de las pollitas porque le parecía que era tan buena como lo quería ser él. Al fin y al cabo, también quería parecerse a su padre, siempre tan pacífico en casa cuando le tocaba responder, a los ataques ocasionales de su madre y sus tíos.

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No me extenderé en los juegos con una cajita de animales que le proporcioné, y que al fin y al cabo forman la base del análisis de niños. Tanto las gallinas como otros animales del sexo femenino le servían para representar, tanto la fertilidad de la madre como las posibilidades de que siguieran adelante los pollitos al romper el cascarón. Se me ha olvidado decir que, gracias a esos juegos, Pedrito volvió a comer carnes como las de gallina, y no limitarse a un régimen de frutas. La última noticia que quiero dar a conocer es la de la emocionada visita que este niño realizó a un zoológico, acompañado de su padre, donde el plato fuerte fue la contemplación de los elefantes, si bien los monos también le hicieron mucha gracia.

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Los animales cobran muchos papeles en la vida de los niños. Por desgracia, ahora el contacto se queda a veces en el campamento de verano en una granja, o en mirar extasiados los cuentos de TEO cuando visita el Zoo, o en distraerse con documentales protagonizados por diversas especies.

El psicoanálisis de niños nació cuando un niño llamado Juanito, de cinco años, le contó a su padre que tenía miedo a que le mordiera un caballo. El padre le fue contando a Freud las fantasías e imaginaciones que Juanito le confiaba diariamente. No le fue del todo mal en la vida a este pequeño paciente porque, no hace muchos años, se presentó el director de escena de un centro tan prestigioso como el Metropolitan Opera House de Nueva York, en un congreso internacional de psicoanálisis, para decirle a Anna Freud que “él, Herbert Graff, era Juanito”.

 

Francisco Martí Felipo

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