ACERCA DE ROBIN WILLIAMS

Las cenizas de Robin Williams descansan desde hace unos días en la Bahía de San Francisco. Su reciente suicidio está desplegando en la opinión pública algunas reacciones sorprendentes y otras, quizá, no tanto.

Es trágico que una persona que atraviesa un episodio depresivo grave, decida suicidarse a pesar de ser un destacadísimo actor con una carrera sumamente exitosa que le había hecho ganar un Óscar, varios Globos de Oro y había tenido una brillante trayectoria tanto en el cine como en la T.V. Padre de varios hijos, con un gran patrimonio personal y dotado de los amplísimos registros emocionales necesarios, para haber hecho reír y llorar a millones de espectadores, cometa un suicidio.

Sin embargo, por otro lado, no es sorprendente, pues las ideas de acabar con el sufrimiento depresivo por una vía drástica son un tanto frecuentes.

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Resulta a primera vista sorprendente el ciberacoso al que se vió sometida su hija a través de la publicación de pretendidas fotos suyas en la morgue, pero tampoco debieran sorprendernos estos rincones siniestros del psiquismo en los que se genera, anida, y emerge la envidia y la destrucción.

Según parece, Robin Williams estaba deprimido. Había tenido varios episodios depresivos anteriores y en más de una ocasión parece que abusó del alcohol y de otras sustancias.  La prensa destaca que había sido diagnosticado de Parkinson con anterioridad y que recientemente el estudio para el que trabajaba no había renovado la segunda parte de la serie televisiva “The Crazy Ones”. Fuentes periodísticas aseguraron que Williams estaba “devastado” por la cancelación de la serie que consideró un fracaso personal ya que él era uno de los protagonistas.

Cuando hablamos de depresión estamos refiriéndonos a uno de los trastornos psiquiátricos más graves y que más dolor psíquico producen. En un episodio depresivo el paciente pierde las motivaciones y el interés que anteriormente tenía para vivir. Se siente triste y vacío o bien irritable, pierde el apetito y el deseo sexual, tiene insomnio, agitación o enlentecimiento psicomotores, cansancio o pérdida de energía que le llevan a descuidarse físicamente, sentimientos de inutilidad o de culpa abrumadores e inapropiados, autorreproches también por el hecho de estar enfermo, y disminución de la capacidad para pensar o concentrarse. El deseo de morir y poner fin a este sufrimiento suele ser frecuente. Algunos pacientes lo consuman.

En la historia de la psiquiatría la depresión ha sido un trastorno psíquico bien conocido. Ha interesado a la medicina a lo largo de su historia a egregias figuras como Hipócrates en la Grecia clásica, que la denominó “melancolía”, literalmente “bilis negra”, haciendo hincapié en el humor triste, a Avicena, ( Siglo X D.C. ) que recomendaba hablar con los pacientes acerca de sus preocupaciones introduciendo así una dimensión psicodinámica, a Robert Burton ( Siglo XVI ) que escribe una exhaustiva “Anatomía de la melancolía”, a Pinel ( Siglo XIX ) que la entendió como una “enfermedad moral” en el sentido de estar causada por diversas causas de órden emocional bien religiosas o amorosas y a S. Freud que abordó en varios escritos, notablemente en “Duelo y melancolía”, o “ El malestar en la cultura”; algunos de sus principales aspectos.

Diversas figuras históricas como Miguel Angel, Goya, Beethoven, Van Gogh, Virginia Wolf, E. Hemingway, San Ignacio de Loyola, la Madre Teresa de Calcuta, Felipe V, W. Pitt, Lincoln, Churchill o Roosevelt han tenido episodios depresivos. Una gran cantidad de figuras prestigiosas actuales en diversos ámbitos de la actividad artística, política o científica sufren o han sufrido episodios depresivos.

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Habitualmente constatamos en la clínica que los valores reales del paciente se esfuman para él cuando está deprimido, independientemente de su valía o relevancia, viéndose a sí mismo con una pasmosa falta de objetividad, pero en su contra sus logros parecen haberse esfumado y siente que está acabado. En algunos casos lleva este pensamiento a creer que está arruinado o condenado. Las dificultades y penalidades de la vida o la situación real del paciente en muchos casos desencadena el cuadro depresivo, pero en otros muchos se limita a poner en marcha y actuar como detonante de un proceso interno que estaba larvado y frente al que el paciente había estado luchando toda su vida, muchas veces con notable éxito, llegando a destacar tanto en la profesión como en otros aspectos como el creativo el económico o el social.

En términos epidemiológicos, algún tipo u otro de trastorno depresivo puede afectar a muchos individuo a lo largo de su vida. Se calcula que el 20 % de la población mundial necesitará por esta causa ayuda médica en algún momento de su vida. Acontecimientos vitales catastróficos como el fallecimiento de un ser querido, una grave enfermedad, el paro o la ruina económica pueden desencadenarlo. Se evalúa que en 2020 será el segundo motivo de años perdidos de vida saludable, que 4 de cada 10 enfermedades incapacitantes sean psiquiátricas, notablemente debido a depresión y que varios de los fármacos más prescritos sean antidepresivos.

Afecta a más de 350 millones de personas en el mundo y es más frecuente en la mujer que en el hombre, aunque en éste la prevalencia de abuso de sustancias, frecuente recurso habitual durante los episodios depresivos, es más elevada. El perfil clínico más frecuente es mujer, desempleada, con trastornos físicos y problemas relacionales. Los diferentes trastornos depresivos arrojan cifras como, un 3% para el episodio depresivo o 4% para la distimia, pero diversos trastornos del estado de ánimo como la ciclotimia, los trastornos del estado de ánimo inducidos por sustancias o por enfermedad médica o ciertos trastornos de personalidad también están asociados a trastornos del estado de ánimo.

Desde el punto de vista psicoanalítico, en “Duelo y melancolía”, Freud expresa que en las elecciones amorosas o de adscripcion personal, y a diferencia del duelo, donde el individuo sabe bien lo que ha perdido, en la melancolía el ser humano ha elegido a personas o entidades con las que se siente tan identificado que no puede diferenciarse nítidamente de ellas. Son elecciones “narcisistas”, donde el “sí mismo” del sujeto está fundido a un objeto ideal, sea este una persona o situación, que le presta su valor. Consecuentemente la pérdida o desaparición de estas figuras o situaciones suponen también una enorme pérdida para el yo del paciente que efectúa recriminaciones hacia esa figura o situación desaparecida recayendo estas como un boomerang sobre sí mismo al haberse esfumado aquello que le hacía sentir valioso y quedar solo él como blanco de sus ataques. Los sentimientos de odio y recriminación hacia el objeto se vuelven así contra el mismo sujeto de forma que

“……la sombra del objeto cae sobre el yo…….”.

En “El malestar en la cultura” Freud explica cómo el ser humano, en su necesidad de sobrevivir y defenderse de su existencial impotencia, miedo e incertidumbre, frente a los peligros provenientes de su propio cuerpo, de la formidable naturaleza, o de otros seres humanos, organiza entidades supraindividuales que generan la cultura. Pero para poder sujetar la conducta del individuo a los requerimientos culturales, el individuo debe renunciar a las realizaciones impuestas por sus pulsiones individuales lo que le genera sentimientos agresivos. La cultura los vuelve contra el propio individuo apareciendo así los sentimientos de culpa, que no son sino una transformación de la agresividad que le causa la coerción de sus pulsiones en agresividad hacia sí mismo y también por desear lo que desea. El individuo incorpora así a su propio interior un objeto a veces desmedidamente exigente, descalificador y cruel, que aniquila su sentimiento de autovaloración y restringe el desarrollo de sus propios deseos. Hablamos del superyó, que es necesario para limitar el exceso pulsional, pero que si es excesivo acaba por aplastar al propio individuo.

Freud expresa así la importancia de:

“………… situar al sentimiento de culpa como el problema más importante del desarrollo cultural, y mostrar que el precio del progreso cultural debe pagarse con el déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de culpa.”

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Posteriormente, otras psicoanalistas como Melania Klein, constatan en la clínica infantil cómo en su propia evolución, el niño, dependiente casi absolutamente de su madre en el inicio de la vida, la odia intensamente cuando ésta no satisface sus requerimientos de protección, amor y seguridad en la medida de sus necesidades. Genera así la imagen de una madre peligrosa y atemorizante que le persigue y a la que él odia y persigue en función de su odio. En una etapa posterior, donde se incrementa la conciencia de las propias emociones, este odio provocará sentimientos de culpa a causa de los virulentos ataques que siente que le ha infringido en su fantasía, que tienen para él el valor de realidad psíquica.

Así, las dinámicas descritas dejan en el psiquismo núcleos estables de agresividad, vacío, desvitalización y culpa, unidos a determinadas imágenes destructivas de sí mismo y de los objetos a ellas asociados, que van a reactivarse por las diversas pérdidas que acontecen a lo largo de la vida, y a atenuarse cuando lo que acontece son experiencias satisfactorias o de logro personal. En la mayor parte de las situaciones, la biografía personal es mayoritariamente afortunada en el sentido de hacer prevalecer las experiencias positivas sobre las negativas, pero este núcleo de elementos emocionales inconscientes agresivos, envidiosos, destructivos y autodestructivos, puede prevalecer y producir descompensaciones depresivas ante los fracasos y pérdidas cuando el equilibrio anterior era precario o descansaba solo en logros externos.

En ese sentido y al tratarse de una situación universal, todos atravesamos estas situaciones en mayor o menor grado, con mayor o menor intensidad, todos somos Robin Williams.

En el abordaje terapéutico de los trastornos del estado de ánimo, el psicoanalista aborda estos niveles profundos del psiquismo y ayuda al paciente a elaborarlos pues pueden estar muy lejos de su conciencia. El analista ayuda así al paciente a detectar el poderoso torbellino de culpa, negatividad y autorreproches que aniquilan todo sentimiento de valor y logro personales; que amenazan con aplastarle o engullirle y lo logran en muchos casos, pues el peso de un destructivo mundo interno puede resultar desmedidamente abrumador desvaneciéndose la percepción de los logros reales y no consiguien sustraerse a este aplastamiento.

El abordaje psicofarmacológico es por supuesto necesario. Son muy importantes los logros conseguidos por la investigación respecto al uso de nuevos neurotransmisores, pero existen diversos estudios que muestran que un tratamiento mixto produce mejor resultado que la simple prescripción del fármaco.

Volviendo al acontecimiento que motiva esta reflexión, la representante del actor ha expresado en US Weekly que:

“Sugerir que Robin tenía problemas económicos es sencillamente falso. Comprendo que la gente desee entender su muerte, pero la mejor manera es ayudando a todos aquellos que sufren una depresión”

Sitúa así el problema en el lugar correcto. Robin Williams sufría una depresión. Según un amigo que le visitó el día antes del suicidio estaba “tan triste como era habitual en él… vivía en un lugar oscuro”.

 El psicoanálisis trabaja en estos “lugares oscuros” de la mente, donde anidan tempestades emocionales de una enorme intensidad, donde habitan “agujeros negros” que pueden engullir al individuo o donde existen vacíos vaciantes que aniquilan al individuo o le aplastan bajo el peso de los sentimientos de culpa y desvalorización.

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Hubiésemos deseado para Robin Williams la suerte de haber encontrado e integrado la reconfortante experiencia de acogida y reparación que él mismo como el personaje de Sean Maguire en “El indomable Will Hunting”, terapeuta no convencional pero extremadamente efectivo y contenedor ofrece a Matt Damon, o de haber fijado de forma indeleble en su interior el estímulo vital y luminoso que ofrece a los cuatro alumnos de la academia de Vermont en el papel de John Keating en “El club de los poetas muertos”

Descanse en paz.

 

 

Pedro Gil Corbacho.

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