LO QUE NO SE EXPLICA SOBRE LOS ABUELOS

Los abuelos parecen cada vez más importantes en las modernas vidas de las familias, en la medida en que se ocupan más de los nietos, además de que siguen siendo consultados por sus hijos, en cuanto se convierten a su vez en padres, y son un modelo de identificación. La antropóloga Margaret Mead escribió que la brecha generacional puede ser cruzada de tres maneras, según que los hijos vayan a hacer exactamente igual que lo que hicieron sus padres, o bien, en el otro extremo, que sean los padres quienes aprendan de los hijos en función del cambio de costumbres y de los nuevos conocimientos. Esta brecha generacional no es ajena a la forma de repetición de los conflictos inconscientes por los pacientes cuando tienen en mente las imágenes de sus propios padres.

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En los estudios recientes se propugna que, en cuanto que queda embarazada una mujer, sin quererlo ni buscarlo, le acuden a la mente las imágenes olvidadas de su infancia: cómo fue criada ella, la historia de sus deseos de maternidad desde que jugaba con las muñecas, los conflictos pendientes con sus propios padres. Todo ello se conjunta con los planes de crianza de su nuevo hijo, a quien va notando cada vez más en su tripa. De ahí que el equilibrio que logra la madre gestante va a ser reelaborado y continuado en el puerperio. El stress que hace llorar a la nueva madre descansa en su vivencia de que sólo es alguien que da de comer, cambia los pañales y cuida del sueño de su recién nacido. Forman parte de los llamados “blues”y es un momento especial para que su propia madre la ayude.

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No todo es tan perfecto, especialmente si tenemos en cuenta que los propios abuelos conservan su mundo interno, que también puede ser conflictivo. Contaremos un ejemplo, sacado de una sesión clínica hospitalaria.

Un paciente de sesenta años acude a su revisión con unas pesadillas en las que tiene en sus manos la ecografía que en los días anteriores le mostró su nuera, y en las que distinguía claramente el cuerpo en desarrollo del que iba a nacer como su primer nieto. A su lado aparecía, en la última pesadilla, la doctora que le había atendido recientemente a él por una brusca rinorrea y lesiones cutáneas de aspecto urticarial. La vivencia de este futuro abuelo era la de que no hablaba con nadie de su tristeza ni de sus ocasionales ganas de llorar. Su mujer y el hijo, futuro padre, parecían hacer más caso al nieto que a él. Hubiera preferido nuestro paciente que no existieran las ecografías, con las que se hacía realidad la presencia de alguien, al que, por otro lado, deseaba conocer, aunque más bien tratándole de mayor y ya en el colegio. Al escuchar a este ya abuelo, con tiempo y dejándole que se explayara emocionalmente, acababa pensando que su nieto le alejaría más de su propia infancia.

Y, sin embargo, podría recuperar el contacto con la edad escolar que tan buenos recuerdos le traía a él. No sabía qué hacer con un bebé en sus brazos. Al final de la entrevista contó, en un aparte, que él había sufrido una situación peculiar en su propia infancia. Su padre prefirió siempre a su hermanita pequeña, nacida después de pasar él por muchos médicos en relación con sus frecuentes bronquitis asmáticas. Tuvo una infancia solitaria, hasta que topó con un maestro que se interesó por él. “No tuve abuelos, a veces venía a ver a mi madre su propio padre, y me daba collejas entre sus frecuentes bromas. Me gustaría hacer lo que él con este nieto”. Noticias posteriores nos dieron cuenta de que este hombre estaba haciendo lo posible para ser un buen abuelo.

Los abuelos tienen que seguir haciendo de padres con su hija en el puerperio, y ellos han de renunciar, en otro paso progresivo, a la contención y protección que un feto tiene en la tripa de su madre. Han tenido que asumir “la función psíquica continente de la piel”. Van a comprobar que, al nacer su nieto, no hay tanta separación o “cesura” como a veces se cree entre el antes y el después del parto. Se trata de una independencia progresiva a lo largo de la vida, del proceso de “separación-individuación” que observó Margaret Mahler a lo largo de los tres primeros años de vida. Durante esos tres primeros años, la ayuda de los abuelos a los padres recién estrenados va a ser más intensa.

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La visión del bebé teniendo que chupar del pezón recuerda a los adultos que hay un ritmo alimentario que sí que es una “cesura” o cambio respecto del cordón umbilical anterior, que alimentaba de continuo al feto. Nuestro nacimiento tiene algo de pérdida irreparable, como para los abuelos lo ha supuesto la pérdida de sus propios padres, la marcha de sus hijos para formar su propia familia, la juventud que no retorna. Si se han jubilado lo tienen más claro, especialmente al estar solos y darse cuenta de que lo pasan también mal con los cambios y abandonos sufridos. Como antiguos niños que seguimos siendo siempre, cómo calma su llanto el nieto recién nacido, cuando se al agarra al dedo del adulto con su mano, según oye la voz conocida o es cogido en brazos para ser mecido.

En algún lugar de nuestra mente eso que nos conmueve sigue actuando a veces. Sentimos miedo de que alguno de las figuras paternas que encontramos en la vida “nos suelte el dedo” y nos caigamos. A ese tipo de temores se refiere el famoso psicoanalista Winnicott, de acuerdo con sus observaciones como pediatra Se olvida que la separación corporal de la madre no tiene remedio. La vida resulta a veces insatisfactoria porque los propios padres no revivirán. A la esposa y a los hijos no los tienen los abuelos todo el tiempo que quieren. No son ni serán los hijos pequeños, ya que se les ve progresivamente independientes. Es un movimiento que empezó cuando somos bebés nosotros, y a la vez nos ponemos en búsqueda de compensaciones. La abuela se va a casa de la hija, y el abuelo ha de hacer quizás la compra y poner la lavadora. Cuando nace el nieto desbanca y destrona al abuelo, a veces hasta llegar a vivirse en plan catástrofe.

En el recuerdo hay otros antiguos nacimientos como el de los hijos, peligros de muerte como las de las mujeres de la familia en el parto. No son contrarrestados por los pensamientos sobre cómo el padre de uno le apoyaba a la madre cuando llegaba a casa. Es un fenómeno del que no se acuerdan las personas cuando la vida transcurre con normalidad; pero los efectos de la vida en común sobre el estado de ánimo son repetidamente reales, a no ser que las rutinas de las familias cambien por hechos como la aparición del bebé.

El escenario de la infancia ya no existe. Lo que los adultos se encuentran está cambiando constantemente, de forma que el pasado, como búsqueda, no tiene objeto ni puede ser un motivo de vida. En el espejo, el nieto que tenemos en brazos nos devuelve la imagen de que ya somos un abuelo con el pelo blanco y con arrugas, quizás como nuestros propios padres . Una abuela acudió a consulta porque había vuelto a ver las ecografías que habían descartado precozmente malformaciones. A pesar de lo cual y al nacer la nieta, toda la familia discutía sobre el color de la piel de esa niña, y vigilaba cualquier anomalía o parecido físico. Nuestra abuela se sentía deprimida por sentirse desbancada por la nieta y el joven padre en el corazón de su hija puérpera, y hasta en los pensamientos habituales del abuelo. Todo había ido bien en el parto, no como en el mal recuerdo que tenía de sus propios partos: dilataciones prolongadas, fórceps y cesáreas, …. Aún sin conocer a su nieta, la pequeña tenía existencia en su mente durante todo el embarazo de su hija, al revivir los momentos traumáticos de su propia maternidad y sexualidad, y comparar ambas situaciones. Podríamos decir que esta abuela se sentía, paradójicamente, como “una bebé” destronada por otra bebé. Su somnolencia diurna no podía convertirse en pensamientos beneficiosos. Temía que su marido no se portara con ella como antes, porque él se proponía cuidar por las mañanas de la nueva nieta en el parque, puesto que los padres volverían a sus trabajos. A pesar de ello, cuando oía llorar a su nieta le resultaba emocionante a nuestra abuela.

La alegría de tenerla y de verla viva contrarrestaba los temores de enfermedad o muerte súbita del lactante que a veces ocurrían de verdad. Sus valores como madre habían sido substituídos por aquello que descubría en su hija, que era ahora la nueva madre El cambio vital que suponía el nacimiento de su nieta le evocaba en las entrevistas el nacimiento de sus hijos y la jubilación reciente del abuelo. Sentía que era un cambio con cosas malas o desagradables, además de las buenas que oía constantemente en los medios de comunicación. A veces, la imagen de la nieta se le quedaba lejana, a pesar del cariño que creía conscientemente tener por ella. Especialmente le sucedía eso cuando la bebé protestaba, un fenómeno que era distinto a la imagen de una buena bebé risueña que su propia madre le había transmitido sobre la abuela de la que hablamos. En realidad, falleció su padre en la adolescencia y la vida no le resultó ya tan agradable.

Fue una psicoterapia quien permitió que afloraran todas estas cosas que permitió que contáramos aquí, y que pudieron ser “digeridas” por ella.

 

 

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Francisco Martí Felipo

 

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