DE AGRESIONES

Cuando uno está en la consulta con un paciente delante, tarde o temprano, va a tener que ayudarle a enfrentarse con su propia agresividad. Reconocerla, comprenderla es parte fundamental del trabajo de un psicoanalista porque si bien la agresividad es fuente de vida, necesaria para la supervivencia, para la defensa de ideas y posicionamientos, también es verdad que a menudo genera culpabilidad y es al final fuente de conflicto personal o con los otros.

MUCHACHA VENTANA DALI

Últimamente tengo la impresión de que vivimos rodeados de pautas morales que ejercen una presión sobre nuestros propios conflictos personales impidiendo que éstos salgan a la luz. Es fácil en estos días confundir la censura personal con la censura que ejerce el mundo de afuera. Vivimos rodeados de supuestas formas ideales de vivir que nos coartan la búsqueda de una forma genuina de pasar por el mundo.

Si miramos afuera vemos que estamos rodeados de un mercado de posibilidades de canalizar nuestros impulsos agresivos de una manera ya convenida. Por ejemplo, cuando entramos en un ambiente desconocido sabemos que es muy deseable dar una imagen limpia y libre de excesos: sin tabaco, sin alcohol, sin demasiadas calorías. Son garantías de admiración y respeto. Nuestro Pepito Grillo puede descansar un rato, saberse a salvo de hipotéticas críticas que despertarían la culpabilidad por mostrarse ante el mundo como alguien con vicios y debilidades. Sin embargo, y a lo que voy, es que esas normas del afuera, del buen ciudadano y mejor persona, son insuficientes, o mejor dicho, no siempre son acertadas. Creo que funcionan como una bomba de humo personal, que le hacen creer a nuestra conciencia que todo debería ir bien, cuando en realidad la partida se está jugando en otra parte.

Vemos con una lente aumentada estos problemas en el mundo de los adolescentes. Tan preocupados ellos por dar la imagen. Para ellos es básica la fachada, necesitan ser aceptados en un mundo de afuera porque todavía tienen su propio mundo a medio construir. Es conmovedor ver los esfuerzos que hacen para sentirse acogidos y respetados, relegando a un segundo plano sus propios deseos que en la mayoría de las veces funcionan como una amenaza que haría peligrar el orden de las cosas.

En esta línea llama la atención, por ejemplo, el tema de la sinceridad. Hay que ser sinceros. Es un dogma que circula en el ambiente. En nombre de la sinceridad se cometen crímenes despiadados que difícilmente se pueden juzgar o cuestionar porque hay que ser sincero. Sí, sincero pero con quién. Intentar contestar a esa pregunta no es nada fácil, resulta que uno ha de reconocer que a la hora de hablar, de expresarse, es posible que hiera sensibilidades (que agreda), es posible que quede en evidencia (que descubra su fragilidad y que pueda ser juzgado o reprendido, que lo agredan). Reconocer esa dosis de hostilidad es un acto de valentía.

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Si resulta, como observo que pasa con muchas adolescentes, que están aterradas por salirse del marco de lo convenido (horrorizadas por despertar la repulsa, por sentirse heridas en su frágil orgullo), nos encontramos ante un prisma de configuraciones diversas más o menos patológicas en el que la agresividad puede volverse hacia uno mismo, o en el que las formas más refinadas de sadismo encuentran una salida. En cualquier caso, siempre despistando al sujeto de su verdadera identidad (entendida a grandes rasgos como un acuerdo entre lo que se quiere ser y lo que el afuera permite).

Volviendo al trabajo en la consulta. Uno puede sentirse satisfecho como terapeuta si es capaz de ayudar a su paciente a ponerse en contacto con sus sentimientos y a poder construirse un marco interno, una barrera de lo bueno y lo malo hecha a su medida. Una barrera que sea suficientemente permeable para poder dejar salir esa dosis de agresión afuera necesaria para crear una personalidad propia, auténtica y diferenciada del resto, y a la vez que sea protectora de sentimientos de culpa provocados por esa presión exterior.

 

Cecilia Caruana

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