IDENTIDAD O SUBJETIVIDAD: EL PEQUEÑO NICOLÁS

Hace pocos días en Madrid un jóven apodado en los medios de comunicación el pequeño Nicolás, producía el asombro de cualquier ciudadano que hubiera accedido a alguna de las fuentes informativas disponibles, prensa, radio, o TV. Lo más llamativo es que debido a sus artimañas este joven había aparentado, tanto ante sus compañeros de universidad como en los circuitos sociales en los que se movía, ser alguien importante; se jactaba de llevar billetes de 500 €, gastaba en consumiciones – ante espectadores- hasta 2000 €, y cerraba operaciones en un chalet del Viso; además se procuraba un chófer porque no tenía carnet de conducir, y se invitaba a acontecimientos sociales de alto standing y de gente del poder político y económico. En términos morales se le calificaría de impostor. En términos psicológicos nos encontraríamos con un intento estudiado e intencionado de aparentar ser importante, para producir admiración, consideración y aceptación en un entorno que intenta conseguir como alcanzable. No se trataba de suplantar la identidad, aunque él mostraba ser alguien distinto del que en realidad era. Lo más curioso es que los de su alrededor picaron” y se creyeron su farsa.

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¿Qué puede producir este episodio cuando se descubre el engaño?. Emociones varias, sin duda. Pero sobre todo para los receptores, para aquellos ante quien se presentaba la farsa, seguro que se han sentido estafados; ante el engaño es inevitable que uno se sienta un poco tonto, algo devaluado, por haberse fiado sin pruebas, como a ciegas, de la puesta en escena.

Para los más comprensivos con las debilidades humanas quizás el chico inspire ternura, o compasión por su vaciedad de vida, carente de sentido si no es por el despliegue de artimañas para convertirse en alguien (importante). Como psicoanalistas, qué reflexiones podemos realizar a partir de un hecho de estas características?

Me vienen al pensamiento conceptos como identidad, ideal, moral, inconsciente, ética.

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 Querer ser otro que no se es, se relaciona con la impostura ante el hecho amoroso. Se desea ser lo mejor para el otro, y esto es una impostura, en el mejor sentido de la palabra, puesto que cuando desaparece ese anhelo de seducción, aparece la postura sin artificios, ya no se necesita idealizar la imagen que había sido adornada, impuesta, para conseguir ese amor; entonces surgen aspectos que no se habían desvelado y que ya no son tan deseables ni para el amado ni para el amante.

Si pensamos en términos de moralidad, diríamos que es inmoral (contra la moral) el pequeño Nicolás, en su intento de saltarse las reglas y normas por las que se ha de regir la conducta de un ser humano en relación a la sociedad, a sí mismo y lo que le rodea. Como también es inmoral el amante que busca el amor del amado, sin tomar conciencia de las artimañas para lograr ese amor.

Esa falta de conciencia es lo que nos lleva a pensar en lo inconsciente, esto es, en lo que no se sabe. Al referirnos a la impostura, a la puesta en escena, del pequeño Nicolás y del amante, pensamos en la ficción, como en el teatro. Pero ¿para quién se finge, si es que se está fingiendo?. Cuesta pensar que se finja para los espectadores a los que hay que deslumbrar, porque si se los deslumbra, de la misma manera que se intenta deslumbrar al destinatario del amor, ha de haber gracia y esplendor de la puesta en escena, para que sea creíble; si de antemano se supiera la farsa tanto por parte del actor como del receptor, ya no sería creíble y el esplendor se convertiría en aburrimiento y desinterés, con la consiguiente pérdida de la gracia de lo mostrado. Entonces tendremos que decir que no se sabe. Y tendremos que decir que eso que no se sabe es lo inconsciente. Pero que va dirigido a alguien para que sea testigo, viéndolo o escuchándolo. Y es necesario que este alguien, sea quien sea, no se volatilice, porque sino perdería el sentido el mensaje que se está transmitiendo. Y éste es el enigma que un psicoanalista ha de contemplar para poder tolerar la impostura de alguien que se acerca para ser escuchado. Escuchado para qué? Para que el sujeto del inconsciente pueda hacer el pasaje desde el nivel de la moral (es o no moral algo?) al nivel de la ética (lo que esta bien y lo que está mal), para que pensando por si mismo, pueda admitir no ser un bufón en la escena de la vida. Tolerar (castración simbólica decimos en psicoanálisis) que la identidad del otro, proyectada en la pantalla del psicoanalista, también está en cuestión. Permitir poner en marcha un proceso de elaboración en el que se mitigue el ansia por la angustia de existir.

Ni tenemos que ser el no va más para los demás ni los demás ser el no más para uno mismo.

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Todo este proceso que se juega en el campo del acontecimiento analítico supone considerar la identidad como utópica en el sentido de que nunca se alcanza, pero en cambio sí cobra importancia la subjetividad con la que en cierta medida se toma el timón que nos permite ir conduciendo por la ruta de la vida y a la vez alternando progresivamente nuestra relación con el mundo y transformando la del mundo con nosotros, porque la realidad externa está ahí para marcarnos cómo conducirnos en ese proceso de la vida.

 

 

Maria Soledad Fontecha Fresno

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