¿QUÉ OCURRE AL HACERNOS VIEJOS?

El envejecimiento y el temor a la muerte, con los cambios de todo tipo que conllevan, es algo que tenemos que atender aunque a veces nos cueste hacerlo. Si bien un niño puede comenzar a adquirir una concepción realista de la muerte desde los siete años, parece que nos cuesta creer en ella a lo largo de la vida. Las enfermedades y la disminución de las capacidades corporales nos van confrontando con el paso del tiempo.

 

La biología y las relaciones psicosociales, la regresión en la vida que supone la vejez, chocan con aquello que en psicoanálisis se conoce como la carencia de sentido del tiempo en el inconsciente. Por otra parte, lo reprimido y aquello que no hemos podido asimilar durante la vida, vuelve en sueños, en síntomas y en la forma de enfocar las relaciones cotidianas. La independencia que se consigue con los años va evolucionando hacia una mayor dependencia que precisa de la ayuda de otros familiares y de la misma sociedad.

En las noticias de los medios de comunicación ha aparecido el nuevo movimiento de los “yayoflautas”, que nacieron en Barcelona (los “yayos” son allí los abuelos en el lenguaje familiar), y buscan su lugar en la sociedad, que sus opiniones cuenten como las de otros sectores sociales. Las pensiones de los jubilados parece que no se podrán mantener dentro de unos años, ante el temor que despierta la prolongación de la edad de vida de las personas. Acuden al centro de salud y salen con muchas recetas sin que quizás se les haya dedicado suficiente tiempo para “oír sus penas”, ya que la biografía personal se diluye en los estereotipos con los que se recibe a los mayores. A pesar de ello, las enfermedades crónicas son mejor atendidas y la gerontología es ahora otra especialidad médica en nuestra sociedad. Para colmo, los viajes en la tercera edad permiten que se conozca el mundo como antes no se hubiera soñado. Hay hogares de pensionistas y, por encima de todo, los abuelos se han convertido en un recurso muy necesario para cuidar de los nietos, y que así los padres puedan mantener su trabajo.

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Erik Erikson, un psicoanalista muy conocido, pensó que este último estadio de la vida completa el ciclo vital, y se mueve entre los polos de la integridad o la desesperación, entre la sabiduría y el desdén. La gente mayor puede mantener, y lo necesita, una función generadora por encima de aquello propio de la edad media de la vida, que ya han experimentado.

El trabajo elaborativo de duelo no sólo lo es por el tiempo y el espacio consumidos sino por la autonomía debilitada, por la pérdida de iniciativa, por la intimidad que se ha ido, por la capacidad generativa rechazada y, en definitiva, por una limitación de la identidad personal con la que anteriormente se ha vivido. Se puede lograr una concepción “ideológica” o filosófica del mundo que a veces se convierte en un dogmatismo estéril.
La sensualidad vuelve a extenderse y a ampliarse a otras modalidades que no son sólo las genitales. La pérdida de memoria se convierte en un temor que a veces esconde inhibiciones depresivas. El “infantilismo” no debe confundirse con la capacidad sana de identificarse con los niños pequeños, o incluso con cualquier persona a la que se puede conocer y querer sin preocuparse tanto por el tiempo que nos ocupa.
Durante muchos años se creyó que era difícil ayudar psicoterápicamente a los ancianos. Sin embargo, en las últimas décadas se ha prestado más atención a que todos asumamos el límite de la existencia y la transitoreidad de la vida (De Masi, 2002). El mismo Freud expresa en 1915, a los pocos meses de estallar la primera guerra mundial, la desilusión provocada por la conflagración y su actitud ante la muerte. Ese mismo año narra su experiencia del paseo con dos personas, una de ellas seguramente el gran poeta Rilke, y se pregunta, revolucionariamente, por el dolor que provocan las pérdidas en la vida. Precisamente, lo transitorio de la belleza de los bienes culturales que son destruidos aumenta su valor durante el tiempo que gozamos de ellos.
Creo que esta última idea nos ayuda en el envejecimiento. No se puede negar el paso del tiempo, y seguir creyendo en la inmortalidad, como a veces fomentan algunas formas de presentar y vivir las religiones. Los ancianos han de situarse enfrente del miedo, que a veces se convierte en pánico, ante las fantasías sobre el acercamiento del final de la vida, que les impide disfrutar de aquello quizás más conocido, sobre quien exhibe las ventajas de haberse jubilado cuando se les pregunta sobre a qué se han querido dedicar. La ausencia de futuro es otra de las ansiedades más intensas, que quizás ya no se construyó bien a los 30 o 40 años. Otra de las preguntas básicas es la de qué cosas van a tener arreglo y cuáles no, qué cosas y qué mundo van a poder heredar los nietos, como antes las asimilaron los hijos, y si se ha contribuido suficientemente a su mejora.

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Los psicoterapeutas que se han atrevido a aplicar el psicoanálisis a la vejez han visto que, no sólo se ha de reconocer la inevitabilidad de la propia muerte, sino también la existencia de odio y de impulsos destructivos dentro de cada persona. Ya de mayores, les cuesta mucho reconocer la separación y la dependencia, la envidia y la rivalidad. Hay hechos de la vida y formas de ser que han sido olvidadas, apartadas y a las que no se han prestado atención, que siguen influyendo aún sin darse cuenta ni haber tenido la oportunidad de hablar con ellas, de un modo diferente a como quizás se digan y se oigan por las personas de mayor confianza en la familia o las amistades.

A veces y en la tercera edad, preocupan más el miedo al sufrimiento y al dolor más que la misma muerte. No saben cómo defenderse de sentimientos como el desamparo y el desespero, la soledad y el aislamiento, el deterioro de las funciones físicas y psicológicas, y la dependencia de aquellos que pueden desaparecer de sus vidas. En otras ocasiones, acuden a la mente las oportunidades perdidas, aquello que podría haberse hecho mejor cuando se rebusca lo que sucedió y dependía de ellos, sea en el trabajo o en la familia, o en otros lugares por los que ha transcurrido su vida. La aparición de enfermedades, sea en sus conocidos y familiares, o en uno o una misma, da otro aldabonazo en la conciencia del envejecimiento.

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Los psicoanalistas y las personas que están en contacto con ancianos se plantean, en algún momento, qué tal fueron sus relaciones con los padres y en qué momento del ciclo vital están ellos. Es decir, que los sentimientos desagradables y negativos hacia sí mismo y su pasado biográfico, sobre los cambios corporales de cada uno, no sólo se verán en quien envejece sino que es mejor que sean admitidos por los profesionales que les atienden, por ejemplo en los centros de salud. Los jubilados tienen fama de vivir en sus recuerdos, contándolos de la misma forma siempre, y sin admitir otras opiniones. La actitud contraria sería que, al hacernos viejos, pudiéramos contactar con nuestros hijos y nietos de una mejor manera, positiva y emocionante.

No puedo olvidar que, hace años, un compañero médico que iba a jubilarse, le preguntó a uno de sus residentes qué le parecía que siguiera enseñando a otros médicos residentes de menor edad. Sin vacilar, el joven le respondió: “Muy bien. Ahora eres como un sabio que da consejos a los jóvenes”. El médico mayor siguió dialogando: “Me hace ilusión que me quieras y estés orgulloso de mí. A mí también me gusta lo que vas haciendo, aunque sea bastante sacrificado”. Precisamente, en ese momento el joven recordó que le habían llamado “para que fuera a trabajar al extranjero, donde he estado de Erasmus este verano. Se han quedado muy contentos conmigo. Y que mucho ánimo con mi trabajo, que suena muy interesante. Lo que he aprendido contigo me ha hecho madurar”.

El diálogo entre las generaciones permanecía abierto y fructífero para quien envejecía.

 

 

FRANCISCO MARTÍ FELIPO

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