“JE SUIS”: ACERCA DEL FANATISMO Y LA INTOLERANCIA CRIMINAL

“Quien persigue un ideal y supuestamente cree haberlo alcanzado, justamente por ello tiende a ir más allá de él. … (Y generalmente cae al vacío)”
F. Nietzsche: Aforismos –132. (Edit. Edhasa)

El fanatismo, la intolerancia y el odio hacia “el diferente” y/o “lo diferente” y hacia la sociedad democrática, en general, está creciendo en muchas áreas geográficas del mundo. Es un hecho real y para nada producto de la imaginación. Las noticias recogidas en la prensa internacional lo acreditan. Desde los lamentables acontecimientos del 11-S y del 11 M, hasta la masacre indiscriminada reciente donde murieron más de 132 niños en una escuela de Pakistan a manos de fanáticos talibanes y el asesinato de 12 humoristas de la revista satírica francesa Charlie Hebdo hace una semana causada por dos fanáticos yihadistas.

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La intolerancia criminal se extiende a nivel planetario, vislumbrando posiciones contrarias a la globalización de los derechos humanos y a los valores democráticos. Intolerancia criminal que coincide con un resurgimiento de fundamentalismos e integrismos (religiosos, políticos, ideológicos y económicos) a gran escala que amenazan con dar al traste las grandes conquistas democráticas y sociales de la historia de la humanidad.

Estamos de nuevo ante una posible Mundialización del Odio, realidad que se pone de manifiesto, salvando distancias y dimensiones, desde las acciones de algunos trastornados solitarios y sus células, hasta los organizados grupos neonazis, racistas y neofascistas en occidente o ya, en otras latitudes, las células paramilitares y yihadistas de al Qaeda, los talibanes y otros integristas religiosos.
Muchos de estos dolorosos momentos que vive el mundo en la actualidad parecen estar muy directamente relacionados con las últimas crisis económicas, sociales y políticas y la concomitante reivindicación, reactiva y defensiva, de creencias primigenias, intentado restaurar antiguas tradiciones o preconizando el retorno a concepciones y rituales ideológicos y religiosos que organizaban la existencia y la convivencia en tiempos ya pasados y, supuestamente, superados. Por ejemplo, en nombre de un Dios, de una idea (concebida como Idea Máxima), de un líder político o religioso, se construyen fundamentalismos e ideologías que defienden la pureza de los primeros textos sagrados escritos en clave divina o de ciertos textos socioeconómicos, políticos y pseudo-científicos ideologizados e idealizados, imponiendo a las sociedades los principios conservadores e inamovibles basados en ellos.

Estos tipos de planteamientos y reivindicaciones se vinculan directamente con actitudes, movimientos sociales y acciones de carácter fundamentalista, integrista u ortodoxo que, en el peor de los casos, terminan desencadenando comportamientos fanáticos y acciones violentas y terroristas que es necesario y conveniente matizar.

EL FANATISMO: UNA RADICAL INTOLERANCIA.

Con el término “fanatismo” se denomina la rígida actitud de algunas personas y algunos grupos humanos que no admiten variaciones ni cambios en sus creencias fundamentales. El fanatismo es más viejo que el judaísmo, el cristianismo y el Islam. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. El fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, “un gen del mal”, por definirlo con palabras del escritor Amos Oz.

La consigna, por ejemplo, de amar a Dios, a la patria, a un ídolo o a un ideal “por encima de todas las cosas”, es una característica del fanático que lo diferencia de la persona entusiasta y amante de su país, de su cultura o de sus tradiciones; ya que ésta última no atribuye a esas representaciones, a esos símbolos, objetos y valores el carácter excluyente, exaltado, desmedido, tenaz, absoluto y superlativo del “sobre todo y por encima de todo”.

La fe ciega, el amor o el odio incondicional y exaltado hacia un determinado símbolo o hacia una determinada idea, tanto como la creencia delirante de estar en posesión de la verdad absoluta, justifica y predispone a actuar, no con la flexibilidad y la tolerancia que aconsejan el sentido común, la necesidad de una convivencia pacífica y la evidencia de los progresos científicos, sino con la intolerancia criminal de un ideólogo paranoico, de un conductor insensato, de un Führer fanático o de un predicador visionario.
La tolerancia, sin embargo, en contraposición a todo lo anterior, se refiere al respeto por los pensamientos y las acciones de terceros cuando resultan opuestos o distintos a los propios. El concepto hace referencia al nivel de admisión o aprobación frente a aquello que es contrario a nuestra ideología y a nuestra moral. Se trata, en otras palabras, de la actitud que adoptamos cuando nos encontramos con algo que resulta distinto a nuestros valores.
La tolerancia es un principio democrático, según la acepción moderna establecida por la UNESCO, que fomenta el respeto, la aceptación y el aprecio de la riqueza infinita de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos, así como el conocimiento, la apertura de ideas, la comunicación y la libertad de conciencia. La tolerancia es la armonía en la diferencia. No sólo es un deber moral, sino una obligación social y política. La tolerancia es la virtud que hace posible la paz y que contribuye a la sustitución de la cultura de guerra por la cultura de paz.

EL FANATISMO ES UN PROBLEMA UNIVERSAL.

Revisando la historia del ser humano no puede señalarse época alguna que no haya conocido el fanatismo, la figura del fanático y las explosiones colectivas de ciego fanatismo. La encendida corriente de los movimientos fanáticos ha arrastrado pueblos y civilizaciones enteras. Conmociones religiosas, políticas y sociales han sido y son capaces de precipitar en el torbellino fanático a masas normalmente tranquilas y pacíficas, transformando sus dormidas tendencias en exigencias y comportamientos extremos y radicales.

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Las diferencias raciales y climático-geográficas no juegan en este caso papel alguno; lo más que consiguen es variar los rasgos específicos del rostro del fanatismo.

Tampoco la pertenencia a un determinado sexo o género protege del comportamiento fanático.

Apenas existe tampoco estamento profesional alguno en que el fanatismo no agazape sus rescoldos para estallar un día en llamas devoradoras. Incluso en el campo de las ciencias se suscitan, con más frecuencia de lo que cabría esperar, divergencias conducidas de manera no menos intrigante y fanáticamente calculada que lo puesto en escena durante las lamentables guerras religiosas y algunas revoluciones sociales del pasado y de la actualidad.

Finalmente, apenas individuo alguno está libre por completo de los asaltos del fanatismo proveniente de los fondos insondables de su inconsciente.
Se pensaba que nuestra época moderna, que ha proclamado como “magna carta” de sus declaraciones el respeto a la libertad humana interna y externa, se encontraba libre de caer en un fanatismo unilateral y turbio. Sin embargo los acontecimientos de los últimos años ponen de manifiesto justo lo contrario y confirman lo poco que en el fondo ha cambiado el alma humana y cómo ciertas tendencias psíquicas continúan agazapadas al acecho, en espera tan sólo del momento preciso para poder estallar. La tendencia del ser humano a encarnar “algo absoluto” es inevitable. C.G. Jung escribió en cierta ocasión:

Algo de nuestra alma está enajenado a una potencia extraña, si no es a Dios es al vientre”.

El estudio del fanatismo puede encararse desde un sinnúmero de vértices: político, social, sexual, económico, familiar, lingüístico, etc. Los términos de la nominación pueden ser llevados a la enésima potencia.

ACERCA DE LA EXALTACIÓN DEL SENTIMIENTO DE AMOR Y DEL ODIO. “LA IDEA MÁXIMA”: UNA INTRODUCCIÓN A LA PSICOLOGÍA DEL FANATISMO

El amor y el odio son dos emociones básicas del ser humano vinculadas desde el comienzo de la vida a experiencias de satisfacción y frustración. Estas emociones básicas, ambivalentes, estarán entre sí en constante interacción hasta el final de nuestra existencia.

El amor, nadie lo duda, es un sentimiento que da sentido y cohesión al ser humano, a los grupos y a las masas. El ser humano, amante siempre en potencia, ansía reintegrar la unidad perdida en y con el ser amado, vivir, transformarse en el ser amado y, por su mediación, participar en la idea de un estado existencial ideal.

A falta de amor, el odio también puede dar sentido a la vida de ciertos seres humanos, pero su capacidad cohesiva es solamente virtual y aparente, ya que la esencia del odio y sus consecuencias son claramente destructivos, ocasionando la ruina y la aniquilación de los seres humanos y de muchos de sus logros civilizados.

El fanatismo, desde el punto de vista psicológico es un fenómeno cognitivo y emocional relacionado con la idealización y la exaltación del amor y del odio que pueden afectar a la vivencia y a las manifestaciones de estas dos emociones básicas de los seres humanos, con diferentes consecuencias para todos ellos; consecuencias a veces benéficas, cuando se trata de la idealización positiva del amor, y otras veces nefastas, cuando se trata de la exaltación del odio encarnado en el fanatismo.

EL NARCISISMO POSITIVO Y CONSTRUCTIVO.

La autoestima, la idealización y la exaltación patológica del “Amor Propio”.

A qué me refiero cuando digo fenómenos de “idealización” y exaltación. Bien, la idealización es un fenómeno característico que se observa en los seres humanos, consistente en elevar las cosas por encima de la realidad sensible a través del intelecto, de las fantasías y del lenguaje; es decir, consiste en una especie de sobrevaloración de los pensamientos, las ideas, las personas y, en general, de las cosas del mundo que, a partir de entonces, se sienten como únicas, perfectas, infalibles, modélicas, adorables y divinas.

La palabra “idealización” se relaciona íntimamente con los términos ideal, idealismo, idealista, etc.; palabras todas que hacen referencia a todo aquello que en su origen tiene que ver con el mundo de “las ideas”, lo “ideológico”; es decir, que se aplica a lo que existe sólo en el pensamiento y que, por lo tanto, no es en sí mismo real o tangible, sino imaginado, soñado y de carácter virtual.
Las ideas son pues, sencillamente, representaciones mentales de las vivencias de los seres humanos y de su interrelación con sus congéneres, con las cosas y los fenómenos que existen en el mundo.

Pero lo que recarga y da fuerza y potencia la sobrevaloración de “las cosas del mundo”, (y esto, entre otros estudiosos, lo saben muy bien los psicoanalistas, que son quienes desde Freud lo estudian profundamente y, también actualmente, algunos neurocientíficos como: Damasio, A.: R. Sperry (PN), Gazzaniga, Michael, Kandel, Eric (Premio Nobel), etc.) es el poder de las emociones. Por ejemplo, básicamente, las dos emociones de las que habla el título de esta conferencia. Amar y odiar son, pues, verbos que cuando se conjugan y realizan, en y por los seres humanos, su fuerza puede llegar a ser tan intensa como para crear o destruir congéneres, así como para movilizar masas ingentes de personas; y no solamente para construir grandes pirámides o grandes templos, sino también para desatar guerras, aniquilar miles de seres humanos y destruir civilizaciones enteras.
Las ideas, cargadas –así pues- de pasión emocional, pueden ajustarse y vincularse con los objetos de la realidad externa, facilitando los procesos del pensamiento creativo o, por el contrario y en el peor de los casos, “in extremis”, ser tan extravagantes y lejanas de la realidad objetiva, tan distorsionadas y, que conduzcan por ello a sistemas dogmáticos, fanáticos e intolerantes de carácter delirante.

S. Freud, en su ensayo “Introducción al narcisismo” de 1914 y en otras obras suyas posteriores, concibió la idealización como un proceso psíquico que tenía que ver con la fascinación y el enamoramiento, en virtud de lo que se elevaban a la perfección las cualidades y el valor de los seres amados. Es decir, se trata de un proceso mediante el cual los objetos amados son engrandecidos y exaltados imaginariamente sin que por ello cambie realmente su propia y esencial naturaleza.

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El estudio de la vida emocional y erótica humana, con sus diversas variantes en el hombre y la mujer, constituyó para Freud un campo privilegiado de estudio para comprender su teorización del narcisismo.

El narcisismo sería pues un estado temprano del desarrollo de la libido y del Yo de los individuos, radicado en lo más profundo de la mente humana donde se genera y aprecia la existencia de un amor egoísta e idealizado hacia sí mismo. El narcisismo puro y duro tendría que ver, pues, con una especie de exaltación del amor propio. Se trata de una experiencia amorosa ideal donde toda la libido se concentra y se enclaustra, exclusivamente, en el recinto formado por la imagen de “sí mismo” (sí mismo que no deja de ser primariamente, sobre todo en los primeros meses de vida, el producto de la imagen de un “otro humano” -la madre- reflejada en el infante-sujeto). Para que el Yo de los individuos evolucione, madure y se fortalezca, es necesario que poco a poco abandone ese estado de concentración de la libido en sí mismo, con el fin de poder volcar gran parte de ella en los objetos dignos de amor de la realidad externa. Sin embargo, la experiencia demuestra que la renuncia al narcisismo primario, y a la apertura al mundo externo y a la realidad, necesaria para el desarrollo de nuestro Yo adulto y maduro, no elimina jamás la tendencia a reconquistarlo de nuevo por otros medios. Los seres humanos ciframos nuestra felicidad en intentar recuperar por todos los medios nuestros ideales infantiles.

Según Freud, la idealización de las cosas de este mundo, pero sobre todo la idealización de la imagen que tenemos de nosotros mismos (fenómeno relacionado con las ideas de grandeza, megalomanías) o la imagen que pudiéramos construir de nuestros semejantes, padres, maestros, ídolos (deificándolos), están directamente relacionadas con los límites y perturbaciones a los que está expuesto el narcisismo primitivo del niño, así como con el tipo de mecanismos psíquicos y conductas con las cuales se defiende de estas perturbaciones. Es decir, en el fondo el fenómeno de la idealización se basa en un estancamiento de la pulsión por represión y en una búsqueda, por desplazamiento de nuevos objetos de amor y nuevas formas de satisfacción libidinal, cuando ésta, por sus pretensiones de satisfacción inmediata y directa, se enfrenta con la inevitable renuncia que los límites de la realidad (biológica y psicosocial) le terminan imponiendo.

Junto a la fuerza de las pulsiones presentes en todos los seres humanos, Freud describió, también, un mecanismo psicológico o, mejor dicho, un proceso fundamental, (fruto de la inevitable relación de dependencia con nuestros padres y allegados) mediante el cual los seres humanos asimilamos aspectos, propiedades o atributos de otro ser humano significativo para nosotros, transformando nuestro Yo, total o parcialmente, según el modelo que éste nos proporciona. Por ejemplo, la personalidad y la identidad de los seres humanos se constituyen y se diferencian mediante una compleja serie de este tipo de identificaciones. Este proceso es para Freud la operación en virtud de la cual se constituyen los seres humanos en cuanto tales, es decir, como sujetos humanos. Este mecanismo-proceso se encuentra presente de manera fundamental desde la más tierna infancia y se muestra dinámico, activo y efectivo, durante toda nuestra vida. Los fenómenos de idealización se basan, pues, en estos dos elementos: la fuerza de la pulsión y la importancia de los procesos fundamentales de identificación con nuestros padres y semejantes, así como con los principios y la cultura que ellos representan y transmiten.

Las vicisitudes de este proceso fundamental dependerá de la particular naturaleza pulsional congénita de cada uno, de la extrema y prolongada dependencia que tenemos todos de nuestros progenitores y del ambiente específico donde nos criamos durante los primeros e importantísimos momentos de nuestro desarrollo, de la cantidad y calidad de los cuidados y aportaciones que nos pueda ofrecer nuestro entorno familiar y social, así como de la educación recibida y de la aceptación de los necesarios límites impuestos por los padres a nuestras pulsiones, a nuestra omnipotencia psíquica y a nuestra expansión psicosexual; límites que debieran ser pertinentes y bien estructurados, respetuosos con la originalidad de cada individuo, no coartando la libertad, el espíritu lúdico, el deseo de conocer, ni tampoco la ambición de progresar y mejorar dentro del respeto a nuestros semejantes y a los cauces culturales civilizados.

La idealización, pues, podemos relacionarla con la vida amorosa de los seres humanos y considerarla como una dato originario y constitutivo de nuestro funcionamiento mental sobre la base de lo anteriormente expuesto. Sin embargo, estando la idealización en el origen de excelsas obras del ser humano (cuando se canalizan constructivamente las tensiones psíquicas que ello produce), pudiera, no obstante, también convertirse en un trastorno emocional y perceptivo, es decir, en una suerte de locura, cuando de un estado de entusiasmo afectivo, más o menos normal, se pasa a un estado de exaltación delirante de las pasiones, imponiendo al prójimo, a los semejantes y al mundo entero como verdad absoluta lo que no es más que el resultado, transitorio o permanente, de un estado perceptivo de la realidad imaginario y distorsionado, visionario e iluminado, por parte de un individuo, un grupo o un colectivo.

EL NARCISISMO NEGATIVO Y DESTRUCTIVO. LA ENVIDIA Y LA EXALTACIÓN DEL ODIO.

La complejidad del tema relacionado con el narcisismo negativo y destructivo, con la envidia, la idealización y exaltación del odio y el fanatismo es una problemática que requiere un abordaje desde diferentes disciplinas, pero a partir del psicoanálisis considero posible investigar la lógica de este tipo de sentimientos y acciones violentas, inherentes a la condición humana, rastreando asimismo su génesis como hemos hecho con el amor, en los procesos de crianza y humanización del infante.

A diferencia de los otros animales que no hacen la guerra, el ser humano está dotado de una plasticidad que le posibilita la adaptación a circunstancias muy variadas, desarrollando un amplio registro de potencialidades de creatividad y de conducta que varían en un continuo, entre extremos de signos opuestos.

El ser humano se caracteriza, fundamentalmente en la tierna infancia, por su particular situación de desamparo, su gran dependencia del entorno y su lento desarrollo. Este estado de indefensión y todas las buenas y malas experiencias de ese período sobreviven a la memoria perdida de sus orígenes (sistema de la memoria implícita o procedimental). El gran desarrollo de su cerebro requiere que sea alumbrado antes de completar su maduración neurobiológica, pues de otra manera sería inviable su paso por el canal del parto. Durante este estadio inicial se constituye, como hemos visto anteriormente, una unidad en principio indiferenciada con la madre (o quien haga sus veces), proveedora no sólo de los cuidados que garantizarán la viabilidad del infante, sino también de los estímulos de orden cultural, indispensables para completar el proceso de maduración y desarrollo neuropsicológico.

Por este específico vínculo transitan las experiencias de satisfacción, pero también las de insatisfacción, producto de moderados o intensos desajustes en la relación materno filial.  El recuerdo de estas vivencias –modificado subjetivamente en función de los propios temores y deseos- si bien sucumbe a la represión, perdura a nivel inconsciente influyendo en la constitución de la personalidad. La satisfacción de las necesidades físicas del infante no es independiente de la gratificación que recibe de los padres cuando él cumple con las conductas esperadas en dichas circunstancias. En la función educadora hay grandes variaciones de orden individual y cultural, tanto en el contenido como en la forma de trasmitir los valores e ideales familiares y sociales.

Los padres y sustitutos primero y, después, los maestros recurren a la aprobación y la desaprobación, a los premios y castigos, estimulando en el infante sentimientos de amor en un caso y de odio en el otro. Este proceso culmina con la internalización del ideal, los ideales del Yo y la instauración de la conciencia moral o Superyo (instancia represora intrapspíquica); pasando, de esta manera, del vínculo simbiótico con la madre a otros vínculos de mayor autonomía psíquica.

Corolario de estos desprendimientos que se producen en el vínculo primigenio es la pérdida de la omnipotencia narcisista (y del sentimiento de completud) del hijo, que a su vez constituye la condición para la aceptación de las diferencias y el reconocimiento de la existencia del otro. Las experiencias tempranas de incorporación de los ideales a través de vínculos confiables (procesos de identificación), que no requieren del sometimiento arbitrario de la subjetividad en germen del infante al exclusivo deseo de los padres, permiten la estructuración de un psiquismo donde prevalece la creatividad y el Eros.

En cambio las frustraciones, las carencias masivas y las situaciones de violencia, experimentadas en estos estadios tempranos, generan sentimientos de rabia destructiva y, cuando su exteriorización es reprimida, persisten en estado latente y están expuestos a promover diferentes y patógenas organizaciones psíquicas, entre las que podemos destacar:

a) La identificación directa con los padres violentos (identificación con el agresor), actuándose la agresión proyectada hacia objetos y personas significativas colocadas en el lugar de hijo.
b) O también, cuando estas identificaciones resultan escindidas de la conciencia, y son posteriormente proyectadas y depositadas en alguien a quien se hace jugar el papel de perseguidor, entonces el individuo puede:
– someterse al perseguidor en una actitud patógenamente masoquista.
– o, por el contrario, enfrentarse al perseguidor llevando a cabo variados “ataques preventivos” de carácter sádico.

El máximo de violencia se desencadena cuando el individuo o -el grupo-, en función de las circunstancias específicas del contexto social, sufre de nuevo graves heridas narcisistas nuevas que, al reactivar las antiguas, producen una regresión a la situación originaria de indefensión. Entonces, como defensa psíquica, el Yo –individual o grupal, suele recurrir a restaurar los mecanismos de omnipotencia infantil para recuperar el necesario equilibrio narcisista y, así, con el pasaje al acto de la violencia previamente reprimida, emerge una faceta ominosa de la condición humana.

Cuando es un grupo el que está en esta situación, los individuos que lo conforman regresan al estadio de indiferenciación psíquica. Se borran los límites yoicos, mientras que el superyó como instancia autocrítica es arrasado, y el ser humano retrocede entonces a la etapa de máxima indefensión con retorno de los temores tempranos de aniquilamiento. En este fenómeno de masa se dan las condiciones para el surgimiento de un líder mesiánico, de un “Otro” protector que responderá imaginariamente a la necesidad de defensa del grupo a cambio de un acatamiento incondicional.

El potencial mortífero y tanático de los individuos, alcanza así su máxima expresión y la violencia se desencadena finalmente cuando el líder que encarna el ideal, “el supuesto bien absoluto”, encauza el odio del conjunto hacia quienes son designados como “el mal absoluto” que, encarnado en otro grupo étnico, religioso o político, deberá ser destruido.

En esta situación están dadas las condiciones para la puesta en marcha del “exitoso dispositivo que despierta el salvaje entusiasmo capaz de llevar al individuo a su destrucción”, como expresara Einstein (1933) en su carta a Freud al pedirle en nombre de la Liga de las Naciones su opinión acerca del “porqué de la guerra”.

Para matizar esta interpretación Winnicott, otro famoso pediatra y psicoanalista inglés, puso de relieve el importantísimo papel que siempre tienen las carencias precoces maternas y ambientales al obstaculizar el desarrollo del sentimiento de amor y la capacidad de sentir ilusión por parte de los seres humanos, provocando en los hijos sentimientos de ira, odio y desesperanza. Este autor consideró que la vivencia de omnipotencia del bebé era, desde el comienzo de la vida, un área emocional y mental protegida que debía, temporalmente, resistirse a la intrusión masiva del ambiente. En ausencia de discriminación entre él mismo y la madre, el bebé sólo puede existir y dar continuidad a su existencia en un necesario y conveniente estado vivencial de “omnipotencia primaria”.El papel de la madre, y del medio ambiente, según la concepción de Winnicott, consiste en proveer al infante de los cuidados necesarios, de manera que éste mantenga temporalmente, mientras su yo se va integrando y madurando, la vivencia y la creencia ilusoria en su propia omnipotencia. Para ello la madre y el ambiente proporcionan la satisfacción anhelada (el pecho, por ejemplo, como símbolo de alimento, afecto y seguridad) en el lugar y en el momento exactos en que el infante cuando se intensifica el hambre lo está alucinando, en la espera de que se presente realmente el alimento, junto con el afecto amoroso y la experiencia de seguridad concomitantes.
La segunda tarea decisiva de la madre, según Winnicott, sería registrar los momentos en que el bebe empieza a estar listo para “salir de la experiencia de omnipotencia”. Puede entonces introducir algún momento de frustración, faltas de satisfacción, en el momento y el tiempo justos. La “madre suficientemente buena” y su prolongación el “ambiente suficientemente bueno”, son los modelos de la correcta dosificación de todo esto. La transición de la omnipotencia infantil a una realidad más fiel no se producirá si la confrontación con la madre y el ambiente ocurren con excesiva brusquedad o incluso demasiado prematuramente. En ese caso el psiquismo del infante sufrirá una experiencia negativa y violenta vivida como desafortunada “intrusión”, que conducirá al bebé a establecer intensas y extremadas defensas psíquicas, llamadas escisiones, que interrumpirán el desarrollo normal de su yo. Winnicott describió con el nombre de objetos, fenómenos y espacios transicionales los pasos intermedios, utilizados habitualmente por los seres humanos (fundamentalmente por el bebé en los primeros estadios de su desarrollo) para poder ir abandonando, sin renunciar a ella completamente, la creencia ilusoria en la propia omnipotencia.

DonaldWinnicottColage-PS.350.

El exaltado y el visionario, que toma los sueños por realidades y sus imaginaciones por profecías es un fanático novicio de grandes esperanzas que pronto podrá llegar a matar por el amor de algún lider, de algún dios menor, o incluso, en nombre y por el amor de alguno de los grandes dioses revelados a la humanidad…

Quien está fuertemente convencido de una idea, por peregrina que esta pueda ser, es un idealista entusiasmado, un idealista por exceso de amor, pero quien sostiene su propia locura con el homicidio es un fanático, un idealista desmesurado y sobrecargado de odio. Uno de los más repulsivos ejemplos de fanatismo es el de los burgueses de París que la noche de S. Bartolomé se lanzaron a degollar, a asesinar, a defenestrar y a desmembrar a sus conciudadanos que no iban a misa.

Una vez que el fanatismo ha corrompido el cerebro, la enfermedad es casi incurable. Apenas esta enfermedad progresa generalmente resulta necesario huir y esperar que el aire se purifique. Las leyes, aún las más democráticas, suelen ser hasta el momento impotentes contra estos accesos de furor; es como si se leyera un decreto ministerial a un frenético. Estos seres están persuadidos de que sus creencias se encuentran por encima de las leyes y que su fanatismo es la única ley que deben obedecer. Frecuentemente son individuos extremadamente radicalizados y mezquinos quienes guían y ponen las armas en manos de los jóvenes idealistas y de los grupos de exaltados.

Estos extremistas enloquecidos, son como el conocido Viejo de la Montaña (Hassan Ibn Sabbah), jefe de la secta de los “ashashins” que, según se cuenta, en el siglo XI [pueden leerse Uds. el libro de Freidoune Sahebjamen: “Hassan Sabbah y la secta de los asesinos”. Narrativas históricas Eldhasa. Barcelona. 1996], engañaba con los supuestos gozos del paraíso a ciertos ingenuos e imbéciles, prometiéndoles la eternidad de los placeres que habían experimentado en lugares creados artificialmente y en estados alterados de conciencia bajo el efecto de las drogas, con la condición de que con riesgo de sus vidas asesinaran a todos aquellos seres humanos que, al servicio de los intereses de otros gobernantes, él les iba señalando.

Si con frecuencia los psicoanalistas acostamos en nuestros divanes a pacientes límite, graves, con trastornos narcisistas, es decir, pacientes enfermos de idealidad o idealismos, no resulta tan frecuente encontrarse con pacientes fanáticos que quieran llevar a cabo un proceso psicoanalítico. Ellos desconfían del psicoanálisis y del psicoanalista. También, y con razón, el psicoanalista desconfía de este tipo de pacientes porque como sucede con el paranoico, sin mediar provocación, éste acabará exaltándose y convirtiéndose en un recalcitrante perseguidor. Esto demuestra que M. Klein no se equivocaba cuando relacionaba algunas formas de admiración e idealización con la persecución.

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Los psicoanalistas sabemos que el amor y el odio, el narcisismo y los fenómenos de idealización forman parte del desarrollo normal de los seres humanos. Es por ello que frente a los fenómenos de idealización del amor y del odio y frente a la exaltación de las pasiones, el psicoanalista sólo puede recomendar como meta preventiva evitar caer tanto en los estados de idealización, desmedidos, inconmensurables, propios del narcisismo patológico, como en los estados de exaltación del amor y del odio (tanto de personas como de ideologías religiosas, políticas, artísticas o científicas), fenómeno propio de los fanáticos y de quien padece trastornos graves de la personalidad. Si algunos fenómenos de idealización generan nuevas formas de cambio y de progreso social, cultural y científico, la tiranía de otros ideales, convertidos en ideologías autoritarias pueden forzar a los seres humanos a renunciar a su propia identidad, alienándolos y transformándoles en mártires de causas perdidas, cuando no en potenciales agentes destructivos de vidas humanas, culturas y civilizaciones.

Uno de los posibles remedios que actualmente se utilizan para combatir estas locuras individuales o colectivas se basa en el tratamiento psicoterapeutico individual o colectivo.

Desde el lugar del psicoanalista, interpretar un acontecimiento individual o social es intentar hacer audible lo que aparentemente no tiene voz, con el fin de mostrar la cara oculta, reprimida de la historia específica de los individuos y de las sociedades, es decir, ofrecer también la otra versión oculta, la reprimida por las fuerzas opresoras.

¿ES POSIBLE PREVENIR EL FANATISMO?

No obstante todo, la investigación psicoanalítica ha servido, también, para comprender la gran importancia que para la salud mental de las personas tienen las actuaciones de carácter preventivo. Es decir, parece que el remedio más eficaz tiene que ver, por su propia naturaleza, con un enfoque multidisciplinar; es decir, preventivo, terapéutico, educativo, cultural y social (político, jurídico, etc.).

El mejor remedio sería aquel que contemplara (junto a las necesarias políticas de protección y desarrollo socio-económico de los individuos y las sociedades en general), específicamente, el fomento de unos correctos cuidados y de unas adecuadas experiencias emocionales primarias durante la tierna infancia de los seres humanos, así como el fomento de una conveniente y continuada educación abierta, crítica, moderada y no sectaria, que pudiera servir además como psicoprofilaxis de los posibles contagios emocionales y psicosociales nocivos, así como de los fenómenos de dependencia e hipnosis colectiva a los que pudieran estar expuestos los seres humanos por el influjo de mentes perversas y enfermas, sin escrúpulos éticos de ningún tipo.

Asimismo, contra el terrorismo y la guerra es necesario afirmar la potencia del colectivo social mediante la creación de redes solidarias que permitan al individuo y a las naciones menos poderosas -expuestas al surgimiento de líderes mesiánicos- sentirse incluidos en un conjunto evolutivo. Es necesaria la reconstrucción de los organismos internacionales garantes del cumplimiento de normas y leyes que medien en los conflictos entre las naciones y que deben ser acatadas por todas más allá de su mayor o menor fuerza y poderío militar. Se evitaría así la tentación del más fuerte de arrogarse el derecho de ser juez y parte en los conflictos, a la manera del padre de la horda primitiva, arbitrario y todopoderoso, tal como lo imaginara Freud en Tótem y tabú. Recordemos que su destino fue ser devorado por los propios hijos quienes, previamente sometidos y privados de todo derecho, se unieron en rebeldía y establecieron las bases de la organización social con normas de convivencia acatadas por todos por igual. Sirva esto último como una metáfora.

Para concluir sin cerrar el tema, en la lucha contra el fanatismo y la intolerancia considero primordial la destrucción y superación del “aislamiento”psicosocial.

Esta afirmación implica:
1) Hagamos que niños y adultos tengan y soporten frustraciones y crisis moderadas que provoquen y signifiquen cambios, incluso a veces cambios extraordinarios en su personalidad y en su vida, pero nunca les sometamos a carencias masivas afectivas, económicas, culturales que generan, ciertamente, verdaderas catástrofes personales y colectivas.
2) Tratemos de luchar contra el aislamiento, la incomunicación, el silencio, el secreto, la compartimentación rígida y estanca de las estructuras personales, sociales, políticas y culturales. Hablemos francamente de todas las cosas, de todas las gentes. Fomentemos el diálogo entre culturas y civilizaciones.
3) Propiciemos el arte, la cultura, el humor, las paradojas, la capacidad de pensamiento científico, la investigación, la plasticidad de las organizaciones.
4) Prestemos especial ayuda al establecimiento del vínculo afectivo pleno entre padres e hijos
5) Luchemos contra las construcciones humanas particularmente proclives a que aniden las áreas fanáticas y el uso fanático en sus estructuras.

Éstas –entre muchas otras- son:

a) Las burocracias (Sistemas casi infalibles de aislamiento y arrogancia estúpida)
b) Las sectas religiosas o políticas con ritos de iniciación, tabúes, castigos por abandono, sistemas internos de castas, etc.
c) Las ideologías y los establecimientos cerrados con sistemas controlados de ingreso y egreso de personas y de información, con reglas internas ad-hoc que no admiten la inclusión de ideas nuevas, cambios o evoluciones transformacionales.

Esta lista podría alargarse y todos podríamos aportar ejemplos válidos y relevantes. En líneas generales, pues, todo aquello que ponga a las personas en estado de crisis y angustia útiles que fomenten el movimiento, el cambio, y la evolución, borrará el vacío, el aislamiento, la superación de los rituales obsesivos y conservadores y, por lo tanto, la superación del espacio donde se anidan y se asientan las “Ideas Máximas”, la Idealización y la Exaltación del Amor y del Odio, típicas de la estructura fanática.

La cultura y la ciencia son unos poderosos articuladores, y hasta podríamos decir “armas secretas” para combatir el fanatismo de las personas y los pueblos. Los pueblos analfabetos, primitivos, aislados, son presa fácil de cualquier sistema fanático, sin olvidar que la cultura y la ciencia parcializadas y redirigidas, también pueden estar puestas al servicio del fanatismo, cuando rodean de dogmas y obstáculos la comunicación libre y las investigaciones, sirviendo más para controlar y obstruir que para efectuar aperturas.

 

Dr. Francisco Muñoz Martín

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