SOBRE EL PREJUICIO

Los prejuicios, esos juicios apresurados, inadecuados, que nublan nuestra percepción del otro y de la realidad en general y de los que, en general no nos percatamos, son fuente habitual de conflicto y sufrimiento. Difícilmente encontremos a algún ser humano, mucho menos algún grupo, que carezca de algún nivel de prejuicio. Los prejuicios han generado dolorosas exclusiones, guerras y genocidios a lo largo de la historia.

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¿De dónde vienen los prejuicios? ¿qué podemos hacer para combatirlos? y, en el mejor de los casos, ¿evitarlos? Las raíces del prejuicio son complejas, algunas tienen que ver con aspectos sociales, históricos y culturales, otros con aspectos psicológicos propios del funcionamiento individual. Separar conceptualmente ambos polos es un recurso artificial aunque imprescindible para intentar abordarlos, pero debemos tener muy en cuenta que no deja de ser un artificio ya que son parte de una totalidad y no podemos hablar de lo social sin hablar de lo individual, ni hablar del individuo sin pensarlo en relación a los otros y al medio social en el que vive.

Hace ya tiempo que hay acuerdo en el campo de las ciencias sociales de que lo que entendemos por “realidad” es producto de una construcción social en la que se entremezclan aspectos de la realidad material concreta con elementos transmitidos culturalmente que hacen que veamos las cosas de determinada manera, influidos por nuestra necesidad de pertenencia al grupo social con el que convivimos. Pero en esta breve comunicación no me detendré en este aspecto social y cultural, sino que me centraré en el origen del prejuicio a nivel del individuo.

La manera más simple y, al mismo tiempo, profunda, de abordar esta cuestión desde el punto de vista psicológico, es la propuesta por un analista británico ya fallecido, Roger Money-Kyrle, en 1960. Este psicoanalista propuso la existencia de tres tipos de prejuicios. Al primer tipo de prejuicio, lo denominó prejuicio del tipo “uvas agrias”, al segundo tipo de prejuicio lo denominó prejuicio del tipo “la paja y la viga”, y al tercero lo definió como prejuicio del tipo dogmático. Veamos cada uno de ellos brevemente.

Al primer tipo lo denominó del tipo “uvas agrias” en el sentido de que, así como una uva agria “amarga” el sabor de un vino, la envidia puede hacer que transformemos lo bueno del otro en algo malo, o que no veamos lo bueno del otro porque nos produce demasiado dolor darnos cuenta de que el otro posee algo que desearíamos poseer nosotros pero de lo que carecemos.

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Es decir que, como consecuencia de eso que llamamos envidia, distorsionamos la imagen del otro. No siempre esta distorsión es negativa, también podemos distorsionarlo exaltando sus cualidades buenas, deseadas por nosotros, y no viendo las cualidades malas. Pero este tipo “positivo” de prejuicio es muy difícil de sostener y, en algún momento, cuando colapsa, lo que suele pasar es que el prejuicio aparece de manera explosiva, con toda su violencia.

El segundo tipo de prejuicio lo denominó de “la paja y la viga” haciendo alusión al sermón que Jesús dio en la montaña sugiriendo que es mejor ver la viga en el ojo propio que la paja en el ojo ajeno. En este tipo de prejuicio, se ve en el otro lo que consideramos extraño o desagradable en nosotros ya que somos incapaces de reconocerlo como propio. Igual que en el primer tipo de prejuicio, no solo lo malo es así “sacado” de uno y “puesto” en el otro, sino que también puede suceder esto con lo que se siente “demasiado bueno” como para coexistir con el resto de nosotros.

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Por último, el tercer tipo de prejuicio se basa en la intolerancia a dejar de lado todo un sistema de creencias a pesar de las evidencias que tenemos en su contra. Cuando la evidencia nos dicta que ese sistema de creencias que hasta ese momento nos organizaba es equivocado, el individuo entra en una situación de desorientación y angustia, de confusión y de incertidumbre. Si esto no se tolera (y; en general, debemos reconocer que es algo bastante difícil de tolerar), lo que sucede es que el individuo se aferra al viejo sistema de creencias, o genera juicios apresurados e incorrectos.

Pero, teniendo un poco más claro el origen de los prejuicios, ¿qué podemos hacer para combatirlos? No hay una respuesta sencilla ni unívoca a esta pregunta. En primer lugar, aceptar que, aunque no nos guste, todos tenemos algún nivel de prejuicio. Reconocerlo, hacerlo consciente, es el primer paso para que ese prejuicio deje de funcionar “en automático”, sesgando nuestra percepción de la realidad. Y darnos cuenta, es muchas veces doloroso y genera confusión. A nadie le gusta reconocer que eso malo que vemos en el otro, es parte de algo malo en nosotros mismos o algo que, en verdad, desearíamos poseer. Y a nadie le gusta aceptar que algo en lo que creíamos firmemente y que nos dio identidad y nos orientó en la vida, resulta ser inadecuado. Aceptar esto, aceptar el prejuicio en nosotros mismos es algo doloroso, desagradable, que preferiríamos evitar. Pero no hay otro camino. Tomar consciencia de nuestros prejuicios es el único camino posible para intentar combatirlos, para crecer como individuos y para crecer como sociedad.
Demian Ruvinsky

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