EL AUTISMO Y EL PSICOANÁLISIS

El 2 de abril ha sido el día de concienciación mundial sobre el autismo. Leo Kanner describió el autismo en 1943, y, aunque hablaba de la frigidez emocional de los padres, se inclinaba por los factores biológicos.

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Ahora se habla de trastornos generalizados del desarrollo reuniendo tres características:

1) el trastorno de la comunicación verbal y no verbal

2) los trastornos en las relaciones sociales

3) la restricción en los centros de interés con comportamientos repetitivos.

Se investiga un origen neurológico, y se afirma desde la DSM-IV que no lo determina la relación afectiva con la madre o el padre. Se han añadido los trastornos del espectro autista como trastornos del desarrollo cerebral, ampliando la cantidad de niños a los que se les puede aplicar la categoría “light” de una perturbación que para nada tiene que ver, según los autores de esas clasificaciones, con el psicoanálisis. Se practicaba un tratamiento básicamente educativo, conductista, y llevando al niño autista durante años a un hospital de día de dicho género.

En el año 2012 se declaró una guerra abierta en Francia contra el psicoanálisis a propósito del tratamiento del autismo. Diversas autoridades sanitarias y algunos periódicos declararon que no estaba probada la eficacia de las intervenciones psicoanalíticas ni de la psicoterapia institucional. Los padres se sentían culpabilizados en uno de los países donde más se aplican diversas teorías psicoanalíticas para el tratamiento de los niños psicóticos. Se postulaba un mal funcionamiento de los circuitos neuronales desde la vida fetal, y se creía que era un arcaísmo dicho tratamiento frente a la masividad de la experiencia conductista y educativa norteamericana desde hacía años.

Las neuroimágenes han sugerido una disminución de las neuronas espejo en el recién nacido, por lo que al niño autista le resulta más difícil identificarse con las otras personas, empatizar y enviar o recibir los mensajes infraverbales que comparten con los padres. En el autista se bloquea así, muy pronto, la representación mental de las sensaciones, de las emociones y de los pensamientos. Parece que la relación psicoterápica restablece estas conexiones, tal como se comprueba incluso en nuevas neuroimágenes. De ahí que a algunos padres les duela y les sea más difícil establecer las relaciones que necesitan esta clase de bebés. Va a ser un trabajo psicoterápico muy duro el de ir estableciendo los símbolos.

A lo largo de mis cuarenta años de práctica paidopsiquiátrica con un enfoque psicoanalítico, nos han sido útiles sucesivas teorías para comprender a los escasos niños autistas que suelen presentarse en las consultas. Recuerdo que conocimos las obras de Bruno Bettelheim (“La fortaleza vacía”) y de Margaret Mahler (“Simbiosis humana, las vicisitudes de la individuación”, y “El nacimiento psicológico del bebé humano”) a la vez que tratábamos psicoterapéuticamente a un niño autista de seis años que no tenía lenguaje, no nos miraba a la cara y realizaba dedeos así como otras estereotipias. Metía sus pies en un cubo lleno de agua donde bailaba y nos sorprendió cuando, pasado un año, acostó a su lado al médico que le trataba para pronunciar la palabra “médico”. Desgraciadamente, su madre era muy narcisista y convenció a la familia para que se mudaran a otra región lejana. En la contratransferencia un rasgo típico era el de que percibíamos que era una silueta sin vida, sin relleno de una figura conocida o determinada.

Antes que Kanner, Klein (1930) ya había hablado de la detención en el desarrollo del yo y del simbolismo de Dick. Es probable que este niño se adhiriera, al jugar, mediante una identificación adhesiva a su analista.

Margaret Mahler (1968) considera al autismo como una defensa psicótica ante el fallo en la simbiosis entre la madre y el hijo. Esta autora insiste en hacer tratamientos intensos y simultáneos de la madre y el niño, para rehacer la simbiosis entre ambos, y continuar el proceso natural que esta autora llama de separación e individuación. El pánico, la destructividad, la fusión, la desvitalización, el apego intercambiable y la primacía del proceso primario son algunas de las características observadas. La existencia de una fase autista normal que postulaba Mahler ha sido después puesta en duda por gente como Daniel Stern, y por las importantes capacidades descubiertas en los recién nacidos.

Bettelheim compara su visión del autismo con una situación extrema como la que él había vivido en los campos nazis de concentración. Por eso sitúa el autismo como un rechazo crónico a un mal maternaje. Ingresa a los niños autistas en una institución, donde los padres tienen poco contacto con sus hijos, lo cual ha sido muy discutido. A nosotros no nos convence ya que preferimos algún tipo de psicoterapia combinada con los padres. Si no es así, el alejamiento de los padres contribuía a cupablilizarles, sin que eso tuviera un valor terapéutico a efectos de la evolución posterior de la familia.

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*Imagen: Autismodiario.org

En 1975 Donald Meltzer publicó su “Exploración del autismo”, que le permitió estudiar la dimensionalidad del espacio mental y relacionarlo con los estados obsesivos. Hemos visto algunos niños autistas que se pegan a nosotros desde que entran en el despacho, o bien lamen las paredes del consultorio repetidamente, y usan la ventana para ver lo de afuera como si para ellos se tratara de lo de adentro. El concepto de bidimensionalidad es aquí pertinente, como si nosotros actuáramos como una “piel psíquica” para ellos.

Las percepciones sensoriales son desmanteladas y no pueden usarse de una manera integrada, sino que dependen en extremo de nuestras palabras, repetidas y no siempre inteligibles para ellos a no ser que las repitamos una y otra vez. Po eso muchos padres no entienden la gran dependencia del hijo autista respecto de ellos, especialmente si han estado deprimidos desde que apareció un bebé que no respondía a las interacciones. El control omnipotente y la separación de los objetos es abrumador, cansa a los padres más cercanos a la salud, y mucho más si existieron graves problemas narcisistas como los inicialmente citados. La identificación proyectiva comunicativa no puede usarse por el niño autista, en el sentido de la empatía que despiertan las neuronas espejo recientemente descubiertas.

El niño autista no sonríe, no extraña, no reacciona a las separaciones de acuerdo con los organizadores del primer año de vida que nos enseñó Spitz. Esto es algo que nos alivia en la consulta cuando descubrimos que el niño pequeño consigue eso, tan natural y dado por supuesto por otra parte. Su intolerancia a las separaciones se demuestra de otros modos, con las identificaciones proyectivas masivas que agotan a los padres tras un fin de semana en común.

Pasado el tiempo, el niño autista citado se dedicaba a palpar las paredes de la consulta y cuando se iba colocaba nuestros juguetes en fila, cara a la pared, y con el ruego de que no les tocáramos hasta el día siguiente. Luego repetía dibujos de cordilleras en cuyas cimas y hondonadas trazaba casas coronadas con cruces que parecían cementerios.

Nos sirvió el concepto de catástrofe o depresión psicótica que propuso Frances Tustin sobre cómo la armadura autista nos defiende de los “agujeros negros” del psiquismo. Las sensaciones corporales van ligadas al otro como el pezón a la boca, y su separación provoca un modelo para cualquier depresión en la vida.

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Anne Álvarez se centra también en las expresiones corporales y manuales de los niños autistas, muy influidas por experiencias muy primitivas. No hay que hablar con metáforas o símbolos a los niños con trastornos del espectro autista porque se asustan. El ambiente se estructura de forma que los mismos padres puedan ir percibiendo las diferencias de estos niños con otros de su edad. De este modo las relaciones y comunicaciones mínimas o infradesarrolladas de estos niños se pueden potenciar, así como la lenta manifestación del pensamiento, del juego y la palabra, a pesar de que los tiempos san más lentos de lo deseable.

Las figuras adultas que ayudan a estos niños son objetos pensantes que ellos van internalizando, algo así como la ahora tan en boga “inteligencia emocional”, por cuanto enlaza los afectos con las representaciones. El psicoterapeuta siente que en él mismo ocurrió algo parecido, cuando el lío confuso inicial se va desgranando como un conjunto de emociones y razones que van adquiriendo nombres.

La experiencia de los hospitales de día, de orientación psicoanalítica, para los niños psicóticos y autistas, parece resultar algo muy provechoso. En países como Francia hemos conocido su incorporación al sistema público de los intersectores infanto-juveniles, mientras que en España se han desarrollado experiencias valiosas en este sentido, por desgracia a veces demasiado vinculadas al interés de algún profesional concreto.

FRANCISCO MARTI FELIPO

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