SOBRE EL BULLYING: EL ACOSO ESCOLAR

Una muchacha de 16 años se ha suicidado en Madrid el 22 de mayo.

Se despidió de sus amigas por WhatsApp y se tiró al vacío desde la sexta planta del bloque donde vivía. Estudiaba en un Instituto del sur de Madrid, en el que había padecido acoso escolar, según denunció su familia hace apenas un mes. La menor, con discapacidad intelectual y motora, contó a sus profesores que otro alumno del centro le exigía dinero y la coaccionaba con mensajes” (EL PAIS).

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Veremos que el acoso escolar se construye sobre una relación diádica, un vínculo intersubjetivo. Es un proceso y no una persona. Curiosamente, el acosador era también una víctima, un muchacho de 17 años con malas notas y una situación familiar complicada. A través de una red social tan difundida actualmente como es el WhatsApp ambos se incluyeron en un grupo con algunas otras muchachas. Habían sido amigos durante dos años hasta que aparecieron los insultos y amenazas por parte de él a ella.

Me pregunto si la identificación patológica del acosador sobre la acosada no toma el carácter de una identificación con el agresor: En el WhatsApp del chico luce un lazo negro. En su perfil de presentación se pueden ver tres caritas tristes y la frase “descansa en paz”…

La violencia escolar refleja la violencia de la comunidad a la que pertenece. Cuando los adultos niegan los problemas, los niños se convierten en la diana de ellos. Parece que los responsables educativos tardaron en darse en cuenta de la gravedad de la situación de ambos muchachos, y faltaban orientadores. Las familias piden “leyes más duras contra el acoso escolar”, pero podemos dudar si esta es la solución única y adecuada.

De hecho creo que una relación agresiva se da también entre los padres de los escolares y en las propias familias, allí donde se congregan los adultos. Habría que buscar la tolerancia y comprensión adecuada ante las soluciones fanáticas inmediatas que luego se olvidan.
En una situación coercitiva como la del acoso escolar, resulta más difícil encontrar la voz propia que nos permita conocer la mente de cada uno. Desgraciadamente, esta muchacha que se suicida parecía carecer de los recursos terapeúticos adecuados para poder generar ideas nuevas (en el sentido de Bion) que le permitieran salir del conflicto en su clase. Sin tener que cuidarse tan brutalmente. Se dice de ella que era tímida y discreta. No era muy popular pero sí muy querida. Es llamativa la negación del hecho de su muerte que realizan otros adolescentes de su barrio, cuando declaran que “por fin” sería feliz o estaría tranquila después de meses de angustia.

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Cara a nosotros, nos impresionan tanto los matones como las víctimas, nos intimidan y coercionan. En ese contexto del grupo escolar potencialmente destructivo, alguien dispara las amenazas, que en este suceso es alguien de malas notas y relaciones complicadas. Estas interacciones triádicas patológicas han de ser sustituidas por lo que el psicoanalista Ogden denomina un tercero intersubjetivo, donde se crea un espacio terapéutico inconsciente, un tercero simbólico que pueda frenar y controlar las coerciones repetidas que se suceden en las situaciones de acoso.

La muchacha suicida que nos ocupa llevaba varios meses presa de las amenazas de su antiguo amigo, sin que ningún tercero (amistades, profesores, familiares, psicoterapeutas) acertaran a desbloquear la situación que se agravaba y perpetuaba. Estos terceros personajes han de poner en juego una convicción ética, una compasión y una tolerancia a la incertidumbre, como para seguir investigando en lo que está ocurriendo, tanto en la acosada como en el acosador y sus familias respectivas.
La noticia del suicidio de la muchacha ocupa las páginas de los periódicos durante cuatro días, para quizás olvidarse luego, tras discutir si estaba o no bajo vigilancia, si hay que dotar de nuevas leyes a la sociedad para que la familia esté más tranquila. Olvidamos que en muchas grupos de nuestra sociedad las personas somos hostigados por mantener puntos de vista diferentes, que diariamente los grupos políticos o profesionales evidenciamos formas sutiles y racionalizadas de bullying y de acoso. La historia del psicoanálisis no está exenta de estas luchas en las relaciones dentro de las diferentes escuelas de pensamiento. La historia de la humanidad nos da muchos ejemplos de proyecciones fanáticas, desde las formas familiares hasta llegar al actual Estado Islámico, a quienes podemos enfocar como diferentes formas de bullying.
El film de Coppola “El padrino” se puede ver como la presencia de un grupo mafioso en la mente de todos nosotros, del acoso que explica parte de su éxito en la historia del cine. Distintos psicoanalistas actuales han postulado que la dinámica entre el acosador y la acosada se origina y permanece en el dominio de lo que en la escuela psicoanalítica kleiniana se denomina la posición esquizoparanoide, donde se cambia la posición de uno mismo y de los demás, yéndonos de ser los buenos a parecer los malos, según aquello que se reduce en la psiquiatría actual a una bipolaridad.
Poco después, en cuanto uno vive una experiencia emocional intensa ( una frustración, una rivalidad o una amenaza, los celos y la envidia, el odio y la angustia de separación), aparece la relación sadomasoquista entre el acosador y el acosado, el bullying, hasta el desgraciado desenlace de un suicidio cuando alguno de los dos miembros no soporta el agobio interno que acompaña. Sin ayuda, al ataque externo.
Freud postuló la existencia de un superyó en el funcionamiento psíquico a partir de torturas tales como las de los muchachos que nos ocupan. Cualquiera de nosotros, como actor o como espectador, podemos identificarnos con el acosado como con el acosador, experimentando el placer y otras veces el dolor psíquico que nos permite reconocernos entre nosotros, y usar nuestras “neuronas espejo” con los fines empáticos que están ausentes en nuestro suceso adolescente de partida.
Se calcula que más de la mitad de los niños actuales padecen acoso en algún momento de sus años escolares. Tal como vemos con el grupo WhatsApp en el que se integraron estos muchachos de los suburbios madrileños, es natural que el cyber-acoso, el uso de Internet y de las redes sociales como Facebook o Twitter, y otras haya aumentado la preocupación de las personas responsables de nuestra sociedad. No sólo los intentos de suicidio, sino la violencia agresiva y era de este modo hasta generar situaciones traumáticas a cualquier edad, mucho más en la infancia.
¿Acaso la mayoría de estas agresiones no comportan un componente destructivo? ¿Queda claro por qué consideramos al bullying como un proceso grupal y no como el daño exclusivo a una persona? ¿No es cierto que en las escuelas aprendemos muchas cosas que tienen más que ver con nosotros mismos que no exclusivamente con el mundo que nos rodea? Podríamos extendernos en situaciones menos llamativas de acoso escolar que desfilan por nuestras consultas o que emergen como recuerdos encubridores en los psicoanálisis de los adultos, pero también es bueno aprovechar el eco social que despiertan noticias como las de ELPAIS del martes 26 de mayo de 2015:

“El acosador de la niña que se suicidó: “O me das 50 euros o voy a pegarte”.

FRANCISCO MARTI FELIPO

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