BLADE RUNNER Y LA EMPATÍA PSICOANALÍTÍCA

El 2019 de Blade Runner está cerca.

Reestrenada en marzo, Blade Runner (1982), la obra maestra de Ridley Scott, es una película fundamental en la historia del cine. Basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), no ha envejecido.

La película transcurre en un Los Ángeles distópico. Describe un futuro en el que humanos artificiales, los “replicantes”, fabricados por la Tyrell Corporation para ser “más humanos que los humanos”, son perfectos. Son inteligentes, tienen mayor agilidad y fuerza física, pero no tienen empatía y sólo pueden vivir cuatro años.

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Trabajan como esclavos en trabajos difíciles y peligrosos en las “colonias exteriores” de la Tierra siendo ilegales en ella. Un grupo se escapa buscando en su creador, su padre, Tyrell, la prolongación de sus vidas.

Los Blade Runners son un cuerpo especial de la policía que los identifica y mata, los “retira” en términos policiales. Rick Deckard, Harrison Ford, es el mejor. Usa el test Voight-Kampff, un ficticio test de empatía, para detectarlos.

Michael Gazzaniga en Barcelona

El profesor de Psicología de la Universidad de California, Michael Gazzaniga en su libro ¿Qué nos hace humanos?, se plantea esta cuestión pivotando sobre la empatía.

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Invitado por La Caixa estuvo en Barcelona en 2007.

Gazzaniga: La mente humana es una mente ética porque es capaz de anticipar las intenciones de otros congéneres. Si puedes anticipar eso, adivinarlo, puedes imaginar lo que sentirá.

Periodista: Eso se llama empatía, ¿no?

Gazzaniga: ¡Ahí nace la ética! Mi mente imagina/simula lo que tú estás sintiendo. ¡A partir de ahí es viable la comunicación!

Toby Walsh en Buenos Aires

En julio de este año, en un Congreso en Buenos Aires, Toby Walsh, experto en Inteligencia Artificial (IA) decía:

Sabemos cómo programarlos para que maten, pero no sabemos cómo introducir la ética en un robot. Son mucho más baratos y eficaces que un soldado, no necesitan dormir ni comer, no sufren el frío ni el calor y los podemos hacer tan pequeños que se pueden meter en cualquier parte.

En un mundo ideal, dejaríamos que los robots de uno y otro bando se mataran en un desierto y los contendientes aceptarían el resultado. Como una competición deportiva. Y evitaríamos muertes humanas. Pero el mundo no es así. Esos robots no tardarían en caer en manos del Estado Islámico o cualquier otro y servirían para aterrorizar a la población, para hacer limpiezas étnicas, para cualquier tipo de horror.

Robots mucho menos sofisticados, con un explosivo, un arma o un veneno, pueden ser mucho más dañinos. Y se pueden fabricar ya. En 50 años podremos tener un “Terminator”. Por eso hay que pararlo ahora. Por eso la carta de prohibición liderada por Stephen Hawking. Pueden ser comparables a la bomba atómica, con un problema añadido: para la bomba necesitas uranio enriquecido, no es nada fácil, se puede controlar. Un robot asesino es mucho más sencillo de programar, una vez que se invente, solo necesitas un buen hacker que sepa hacer el software o robarlo.

Nosotros somos los más interesados en que la inteligencia artificial se utilice bien. Por eso, porque sabemos de sus enormes posibilidades para facilitar la vida a la gente, queremos prohibir los robots asesinos.

Es decir se cruza el problema de la empatía y la IA.

Si volvemos a Blade Runner, en el combate final en una azotea entre Roy Batty, líder de los replicantes y Deckard, Batty justo cuando siente que está a punto de morir es cuando quiere que Deckard siga viviendo y lo salva de caer despeñado.

Dice Fernando Savater sobre esta mítica escena cinematográfica:

Al final cuando expira el tiempo, vuelve la constancia de lo irrepetible: “he visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser”, dice Batty. Espectáculos ni más ni menos asombrosos que cualquiera de los testimoniados por el individuo más modesto. “He visto… estuve allí… padecí… anhelé… perdí”: solo es lo que no es, todo es pérdida y lo llamamos nuestro. “Momentos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”, dice Batty. Bienvenido a la humanidad, hermano replicante.

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La complejidad de la empatía psicoanalítica

La palabra empatía no es muy visitada en el vocabulario psicoanalítico.

Sin embargo han escrito sobre ella tres presidentes de la IPA: Bolognini, Etchegoyen y Widlöcher.

Bolognini le ha dedicado un libro y más de veinte años de su vida a la empatía psicoanalítica.

Dice:

1.- La empatía es una condición compleja. Requiere espacio y suspensión para identificarse parcial y conscientemente en forma articulada con las diferentes áreas y niveles del paciente.

2.- La empatía no puede ser programada, porque se realiza a través de ocasionales, indecibles aperturas de los canales preconscientes del analista, del paciente o de los dos.

3.- La experiencia formativa del analista lo pone en cierta ventaja respecto de la mayoría de las otras personas, en el sentido de poder crear condiciones intra e interpsíquicas que promuevan situaciones de tipo empático un poco más fácilmente y de modo más articulado

4.- La empatía no tiene nada que ver con la bondad ni con la simpatía.

5.- La empatía psicoanalítica comprende la posibilidad de acceder, con el tiempo, a través de la elaboración contratransferencial, también a la reintegración de componentes escindidos, no sólo hipotetizados sino experimentados y reconocidos por el analista en un régimen de conocimiento vivencial.

6.- Si la conciencia es la sede natural de la organización y de la formalización de la vivencia “a la luz del yo”, el preconsciente es el lugar de la exploración de la experiencia del self propio y del otro.

Etchegoyen considera a la empatía como un factor necesario del trabajo analítico, pues sin ella nunca se podría resonar al compás del analizado, pero no suficiente, ya que la empatía depende de muchos factores y la respuesta del analista no es nunca infalible ni unívoca, pues depende de su propio estado de ánimo, su receptividad y sus conflictos; en suma de los procesos de introyección y proyección que configuran su contratransferencia en sentido amplio.

En “Les nouvelles cartes de la psychanalyse”, Widlöcher vuelve a estudiar la empatía y aporta ideas originales, en el contexto de la comunicación psicoanalítica.

Nos recuerda Widlöcher que Freud tuvo dificultades teóricas y filosóficas para admitir la empatía porque no se avenía a su esquema cartesiano de una división nítida sujeto/objeto, y llegó finalmente a entenderla como una forma arcaica de comunicación.

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Nunca abandonó la idea de la transmisión de inconsciente a inconsciente, sobre lo que trabajó Ferenczi. Sin embargo, la idea ferencziana de un análisis mutuo o recíproco nunca llegó a interesarle porque la consideraba incompatible con su método.

Widlöcher piensa que Ferenczi se acercó audazmente al problema pero se extravió, al perder de vista la asimetría de los roles en ambos participantes.

Sostiene Etchegoyen que el trabajo psicoanalítico en la sesión debe entenderse como una elaboración mental de paciente y analista, como un producto de su trabajo en común. A esto lo llama Widlöcher co-pensée:         ” L’ esprit de la co-pensée ne conduit pas à une réciprocité des interprétations mais à l´existence d´une construction commune de sens à partir d´une expérience psychique partagée…”.

Co-pensamiento implica producción común, dice Etchegoyen. Hay una construcción común a partir de una experiencia psíquica compartida pero no igual y recíproca.

El co-pensamiento, concluye Widlöcher, merece ser reconocido como un hecho importante de la comunicación psicoanalítica, que permite acercarse al mundo ilusorio de la realidad psíquica y reconocer que el objeto del conocimiento psicoanalítico resulta de la interacción de dos sujetos entre sí.

RICARDO JARAST

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