LA MUTILACIÓN GENITAL FEMENINA (MGF): UN DOLOR INDESCRIPTIBLE

La noticia aparecida el 10 de agosto de 2016 en la prensa no debe pasar desapercibida.

Después de años de sufrimiento femenino, al fin se tomarán medidas legales en contra de los rituales de ablación. Habrá que hacer cumplir la nueva ley que obliga a respetar esos principios. El parlamento de la Unión Africana, un órgano consultivo que representa la voluntad de 53 países del continente, considera desde esta fecha un delito y un crimen para la salud de la mujer esta práctica.
Denominados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) mutilación genital femenina (MGF), estos “ritos de paso” relacionados con las niñas, que a través de su cumplimiento vienen a ser consideradas mujeres, son rituales ancestrales todavía vigentes.

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*Imagen: Unicef ©

Se han considerado legales hasta la fecha en 25 países y se han tolerado en 40. Se practican en África occidental, aunque también se realizan en Sudán, Somalia, Etiopía, Eritrea, Kenia y Egipto. En Somalia resultan afectadas el 98% de las mujeres y un 75% en Gambia. En otros continentes, encontramos estas prácticas también en Malaysia, Indonesia, el sur de la Península Arábiga, Pakistán, comunidades de Rusia, Perú, Brasil, y algunas sociedades de Australia. También se realizan de forma clandestina en comunidades de emigrantes de Estados Unidos y de Europa.

La OMS, ha calculado aproximadamente que en la actualidad ya la han sufrido entre 100 y 140 millones de niñas y adolescentes. En África, como en otras regiones, son las mujeres las que detentan esta responsabilidad y las parteras las que practican el rito. En raras ocasiones interviene activamente un hombre, aunque participa haciendo cumplir el precepto.

Hay investigaciones que se inclinan por una explicación basada en la línea patriarcal de transmisión. En estas transmisiones, circulan “estatus”, bienes y pertenencias por vía masculina, controlando la sexualidad femenina como forma de asegurarse descendencias legítimas. Pero otros estudios observan una transmisión cultural matriarcal basada en que para muchas mujeres la mutilación genital femenina es una forma de identificación de género. La mujer queda ligada con la partera que realiza la ablación durante el resto de su vida.

En algunas comunidades está presente en la noche de bodas para desinfibular y facilitar la penetración. Así mismo ha de desinfibular a la hora del parto. Después de dar a luz en algunas sociedades, se llega a practicar a la mujer una re-infibulación. La mutilación, supondrá una marca de por vida y el primer peldaño en la construcción de la identidad étnica y de género.

Psicoanalíticamente podemos pensar en los dos tiempos de este ritual, el segundo marcado por la huella de la menstruación, de la adultez y de las primeras relaciones sexuales, que operará como un aprés-coup , es decir, como una resignificación de un hecho anterior no representado psiquicamente pero que se incluirá ahora de forma retroactiva. Este acontecimiento actual se añadirá a un dolor corporal vivido en el pasado relacionado con la promesa de ser mujer.

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Las razones documentadas de estas prácticas se agrupan también en varios fundamentos, de orden higiénico, estético, de virginidad y de pureza, ya que a los genitales se les considera “carne impura” que, además puede crecer. Esta supuesta peligrosidad de los genitales femeninos, se sustenta en que si el bebé se roza con ellos al nacer morirá o padecerá algún trastorno mental. También se alegan razones sociológicas que se fundan en la transmisión del patrimonio cultural, inclusión en la cadena generacional, cohesión social y acceso al matrimonio y ritos de iniciación que favorecen la fecundidad.
Las circunstancias relacionadas con el mundo femenino han estado siempre atravesadas por un tabú que, en esta ocasión, aparece con una doble vertiente. El tabú ante el cuerpo femenino y el tabú para hablar de él.Es motivo de reflexión que se haya dedicado abundante literatura a las formas de vida en sociedades primitivas y menos investigación al significado profundo de los rituales de iniciación en las niñas.

Habría que pensar “en ese oscuro continente” como Freud denominó al mundo femenino. Ese mundo que le fue tan complejo en su análisis, ha continuado teniendo en su acceso a la investigación oscuros obstáculos.

Las huellas que deja la cicatriz de la MGF en cualquier nivel de ablación se manifiestan como un cuerpo femenino mutilado, un cuerpo preso en un destino fatal. La castración-mutilación-genito-mental se podría describir como un espacio arrasado para siempre en el psiquismo. La nueva estructura de los genitales y de las pulsiones sexuales permiten el acceso a un nuevo “estatus”: Ser mujer dentro de la sociedad de las mujeres.

Una de las hipótesis freudianas sobre la libido es que los órganos son investidos por las pulsiones de autoconservación y por las pulsiones sexuales. Pero cuando un órgano en su función somática es invadido por una experiencia traumática, se verá afectado en su funcionamiento conservador. Ese órgano estará perturbado por una excitación de imposible elaboración dando lugar a una hiperinvestidura erótica patológica. Partiendo de estas premisas, es complejo pensar y poner nombre a un cuerpo mutilado atravesado por la connivencia maternal, paternal y estructura social.

La herida narcisista proveniente de la agresión invade al sujeto y el psiquismo recurre a la repetición para neutralizar la intensidad de la excitación. La actuación repetitiva mortífera de mujeres sobre generaciones de mujeres que transmiten el “estatus” femenino es una de las probables consecuencias.

Dado que somos seres sociales y que los rituales nos incluyen en la cadena generacional, la pertenencia al grupo se paga en el caso de las mujeres, con una cierta muerte de una parte del psiquismo y con la renuncia a la propia vida.

Estas realidades compartidas por gobiernos e ignoradas por otros, salen de su enclaustramiento produciendo dolor y estupor para luego pasar a un periodo cíclico de latencia. Por esta razón el compromiso legal del Parlamento de la Unión Africana ha roto el silencio abriendo una puerta a la esperanza. Pero este camino será complejo y largo, pues las comunidades habrán de desandar los procesos de identificación y pautas de comportamiento basados en costumbres y ritos arcaicos que sustentan la identidad.

 

MAGDALENA CALVO SÁNCHEZ-SIERRA

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