ADOLFO SUÁREZ

Figura histórica, providencial e irrepetible para España al igual que lo fuera Mandela para Sudáfrica. Ambos ocuparon enclaves de poder singulares y excepcionales desde donde era posible transformar el sistema político y social tanto hacia la construcción como hacia la destrucción; desde una actitud de dejar hacer, a otra, de coger el toro por los cuernos.

Su visión, estrategia, gestión y legado son lo real y verdaderamente constituyentes, pues han generado un estado de relaciones humanas inédito entre los distintos actores pues han sido capaces de ordenar e integrar un sistema social y político desarticulado, obsoleto, primitivo, rígido y caótico conviertiéndolo en otro articulado, moderno, actualizado, flexible y ordenado. Sin ese necesario consenso emocional y humano nada habría sido posible por mucho que los legisladores hubieran escrito los más depurados textos constitucionales.

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En sentido opuesto, un ejemplo  es la oportunidad perdida tras la Constitución liberal de las Cortes de Cádiz de 1812; auténticamente moderna para su tiempo, inspiradora de muchas otras constituciones modernizadoras, tanto en Latinoamerica  como en Europa. ( Lamentablemente frustrada en España por Fernando VII y su sometimiento a Napoleón).

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LA CRISIS DE SIEMPRE

En todas las épocas y sociedades los representantes de las generaciones de mayores han hablado de pérdida o crisis de valores de la generación que les sucede. La diferencia de nuestro tiempo es que existen los medios que multiplican el efecto enjuiciador. Ese discurso perpetuamente apocalíptico pretende que la “crisis de valores” tiene su origen en una “crisis de autoridad” paterna que dejaría a los jóvenes huérfanos de principios.

Sostiene que en el mundo de antaño había valores muy establecidos gracias a la fortaleza de la institución familiar que considera la estructura saludable por antonomasia, dando por sentada la existencia de una época dorada de vigencia y ejercicio de unos valores que las nuevas generaciones deberían recuperar.

Escuchando tan machacona retahíla es lícito preguntarse ¿a qué valores se refieren estas ideas? ¿a los que llevaron a la humanidad al borde del exterminio en dos guerras sangrientas (y una fría)? ¿A los valores que han aniquilado, a base de esclavismo y hambruna, a más de un continente? ¿a los que erigieron a los Mercados a la categoría de amos del mundo capaces de sumirnos en la miseria? ¿a los valores de un sistema caníbal que devora a sus hijos llamándolos cínicamente “generación perdida”?

La nostalgia de un tiempo mítico (e inexistente) en el que reinaba una autoridad indiscutida y respetada supone el enaltecimiento de la sumisión a cualquier autoridad establecida, sumisión que es concebida como un signo de “normalidad” y como remedio a todo sufrimiento y conflicto social y psíquico. Pienso que este tipo de argumentos supone una condena dirigida a la generación de nuestros hijos y que aquellos que la profieren son víctimas de una pasión filicida.

Llamo pasión filicida a la muy humana necesidad de cada generación de sentirse la última, más allá de la cual ya no existe el futuro. Es una pasión de trascendencia imposible que cada generación debe metabolizar y transformar en generosidad hacia su descendencia y en aporte a la construcción de un futuro que ella misma no podrá transitar, pero sí, en el presente, disfrutar imaginandolo.

Adriana Cinello

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