EL DESCONCIERTO DEL INDIVIDUO EN LA SOCIEDAD

Asistimos todos los días a la experiencia de nuestra perplejidad frente al espectáculo que ofrece la vida cuando ésta no nos da respuestas o éstas son inadecuadas o absurdas. Quizá en este devenir, sospechamos saber por qué actuamos de una forma u otra, pero solo aprehendemos la vida desde su suceso. Para nuestra sorpresa, somos más de lo que desearíamos. Todas las personas en un infinito deseo de justificar lo que dicen o hacen, acaban por preguntarse por qué hacen o dejan de hacer una cosa cuando inicialmente creían saber porqué.

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Hablo como no podía ser de otro modo de lo que acontece en la vida sin que nosotros podamos planearlo. Nuestra vida sucede pese a nosotros mismos. Justificamos cada acto, cada acontecimiento y quizá cada decisión, a sabiendas que la elección es la necesaria y además justificable de nuevo para nuestro quehacer. Pero no es así. Todos somos un puzzle en donde encajamos cada suceso de nuestra vida.

En ciertos momentos necesitamos respuestas sensatas por parte de personas autorizadas para de una forma concreta, nombrar o dar forma a lo que nos ha sucedido por éste u otro hecho.

La sociedad actual se ve inmersa en un montón de información que no siempre sabe seleccionar y busca de un modo inquietante, expresamente buscado, los tags ó etiquetas que justifican su zozobra. Preguntas tales como ¿por qué se suicida una persona?, ¿cómo puede matar un padre a un hijo?, ¿por qué existe la deselealtad entre iguales?, ¿cómo pudo abandonarme mi madre? ¿cuáles son las claves de la felicidad?, o ¿cómo vivir mentalmente sano?, pueden ser preguntas que se lancen al aire cada mañana y que aparentemente nos sea imposible contestar. Sigue leyendo

ATENTADOS DEL 11 M: MÁS ALLÁ DEL ODIO

El pasado 11 de marzo se cumplió el décimo aniversario del atentado terrorista más grave de la historia reciente de nuestro país. Murieron asesinadas 192 personas y un número enorme resultaron heridas, mutiladas y traumatizadas de por vida. Cuando uno piensa en la magnitud del daño y sufrimiento causados a tantos seres humanos inocentes, no puede por menos que creer que los individuos que idearon, los que colaboraron y los que llevaron a cabo tales crímenes estaban movidos por un odio feroz y fanático hacia alguien, o hacia algo. Ahora bien, siendo el odio un factor primordial en las motivaciones últimas de los terroristas, desde el psicoanálisis también se pueden atisbar otros componentes implicados en los mecanismos psíquicos de la mente terrorista.

lazo negro

Partimos del hecho de que a nuestra mente le es difícil mantener juntos sentimientos contrapuestos, por ejemplo tener cariño y envidia hacia una misma persona. Para evitar el conflicto entre emociones opuestas, la mente utiliza un mecanismo que llamamos “escisión”, por el cual una de las emociones se mantiene separada de la otra, para evitar el conflicto. Evidentemente, cuanto más conflictiva y dolorosa sea la conjunción de las emociones escindidas, más se esforzará la mente por mantenerlas separadas  en nuestra consciencia.

En la mente del terrorista, parece claro que se ha producido una fuerte escisión en aras de alcanzar los objetivos dictados por sus ideales. Por un lado está lo que esos ideales le señalan como lo “bueno”, pero a la vez, la forma de cumplir con ellos se contrapone a otros principios morales y éticos que, aunque cueste creerlo, también rigen en la mente del terrorista. El “combatir y destruir al enemigo”, es incompatible con “respetar y cuidar a tus semejantes”, salvo que “enemigo” y “semejante” sean conceptos perfectamente separados por una escisión.

Por eso, cuando un terrorista asesina a seres humanos, en su mente no está matando personas; está “destruyendo enemigos”. Vemos cómo el lenguaje del terrorista también denota los esfuerzos psíquicos por mantener la escisión. Por otra parte, el sentimiento de culpa por infligir sufrimiento a un semejante también es escidido y, en muchas ocasiones, proyectado sobre las propias víctimas: “ellos se lo han buscado”, “ellos empezaron”, “ellos son los culpables”.

11 m

Resulta que el sentimiento de culpa por matar a otra persona puede ser tan doloroso, intenso y persecutorio, que la mente es incapaz de soportarlo. De hecho, el terrorista puede llegar al suicidio si se ve en la tesitura de ser confrontado con sus crímenes, como ocurrió en el caso de los terroristas del 11-M, y en tantos otros. Por eso es tan difícil que un terrorista pueda reconocer el daño causado: sería demasiado doloroso y necesita refugiarse en que, según sus ideales, “tenía razones para hacer lo que hizo”. También le ayuda a calmar el sentimiento de culpa pensar que no actuó movido por el odio, sino por un “elevado ideal” que traería el “bien” a “sus semejantes” (los que comparten su misma ideología o religión, los de su misma nacionalidad o raza, etc.), escindiendo el concepto de “semejantes”.

A su vez, los cómplices de los ejecutores también pueden eludir el sentimiento de culpa pensando que, al fin y al cabo, ellos no fueron los que accionaron la bomba. Pero esto no sería sino otra forma de escisión que utiliza el mecanismo de la intelectualización para mantener separados causa y efecto: el acto criminal y el sentimiento de culpa.

Como vemos, en la mente del terrorista capaz de cometer las mayores atrocidades, operan poderosos mecanismos psíquicos más allá del odio. Sin embargo, debemos pensar que estos mecanismos son universales, funcionan en todos los seres humanos, pero lo que determina su carácter patológico es la predominancia y fuerza de dichos mecanismos, sin olvidar claro está, la intensidad de los sentimientos de odio implicados.

Alejandro Guiter

DIA INTERNACIONAL DE LA DISCAPACIDAD: VIVIR CON DISCAPACIDAD

A partir de la tormenta emocional que supone la evidencia de que la vida nunca  será igual que antes debido a la pérdida de la movilidad, de la vista, de la audición o de que el bebé recién nacido se verá afectado por diversas deficiencias, el individuo y su familia se enfrentan a la necesidad  de redefinir la existencia de una forma enteramente nueva, de saber sobre la índole de lo sucedido, de cómo enfrentar el dolor de la pérdida  y de cómo minimizar el efecto potencialmente invalidante en todas las formas posibles.

Se abre así una lucha sin tregua en multitud de ámbitos, el primero de los cuales es la propia designación de sí mismo y de la nueva situación.

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Por eso la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad subraya en 2006 justamente que se trata de personas con discapacidad, no de discapacitados, es decir enfatiza el aspecto positivo de ser una persona entre personas con quien se comparten todos los ámbitos de la existencia.

Una de las primeras tareas  será pues  cambiar la designación negativa de discapacitado, de no enfatizar aquello que falta, estigmatiza y margina, instalándole en la diferencia y  el conformismo, sino de luchar por sostener, permanecer y participar en todo aquello que resulte posible y le haga igual entre iguales .

Lo que  el psicoanálisis  denomina metafóricamente castración debe ser entonces elaborado como todo ser humano  debiera hacerlo, sabiendo que es una etapa indispensable para edificar y adquirir posteriormente sobre terreno firme las bases de la propia potencia vital.

El equilibrio psíquico requiere así de lo que  Green denomina “el trabajo de lo negativo”, que pasa por el reconocimiento de lo  que se tiene, de lo que no se tiene, de lo que jamás se podrá tener y de lo que se podría llegar a tener con trabajo y esfuerzo.

La tarea de la persona discapacitada y de sus seres queridos transcurre así por éste duro trabajo de duelo por las cosas perdidas, pero también por la oferta de apoyo en momentos de flaqueza y por la estimulante, heroica y creativa tarea de  búsqueda de nuevas y sustitutivas oportunidades que esperan a que alguien las descubra y luche por ellas.

La constatación del amor y el coraje de los suyos después de la pérdida irreparable resulta así el mayor estímulo para no dejarse derrotar, para luchar hasta conseguir las mejores condiciones posibles en la existencia.

La inquebrantable decisión de sobrevivir, sobreponerse y seguir luchando es lo que ha permitido que personas con discapacidad como Miguel Ángel, Beethoven, Goya, Braille, Edison, Joaquín Rodrigo, Ray Charles o Roosevelt  nos hayan transmitido en su obra el legado de  su lucha.

Pedro Gil Corbacho.