¿CÓMO VIVIMOS LA MÚSICA?

¿Realmente somos conscientes de lo que ocurre cuando escuchamos música? y ¿qué resuena en nuestro interior con ella?

Ya por el año 1800 nos decía el filósofo alemán Arthur Schopenhauer  “en la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad o el compositor L. Bernstein, reconocía que la música podía dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido.

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La música como arte superior encuentra el modo de expresión más primitivo que tenemos los sujetos para comunicar emociones.

No sólo es una forma más de comunicación,  es mucho más que una producción artística, ya que nace de lo más arcaico y primitivo del ser humano.

Sabemos que lo primero que le envuelve al bebé  es la música del cuerpo de la madre expresada en su ritmo cardíaco, sus sonidos corporales y más tarde su voz, sus nanas, sus palabras…

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NOMBRES DEL AIRE

Mientras a tantos nos falta casi todo, el nómada sólo carece de agua. Nómada, que en nuestra fantasía está más cerca de la naturaleza que de la cultura…cuando no de la amenaza que vendrá desde el horizonte del Desierto de los Tártaros. Tinariwen canta; no te detengas, hace ya tiempo que detrás no hay nada. Este detrás que no augura ni se ofrece como amparo es una de las fuerzas que, quizás, impulsan las pocas caravanas que aún, penosa y lentamente van de Agadez a Vilma en Niger, de Tombuctu a Tiadanne en Mali y casi de un vacío a otro en el Taklamakan de la China más septentrional.

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El desierto es, en parte, la representación que tenemos de él, con este previo, y la nostalgia que nos queda como resto cuando el viaje finaliza, algo anudaremos de lo que es el desierto ya que estando tan convocado por la literatura lo tangible de la arena, las rocas y las pocas acacias no terminan de sellar su perfil… Estuvimos alli y sin embargo todo flota en brumas, porque, aún sin rastrearla, como trasfondo prima una épica que, por supuesto, nos fue del todo esquiva; el sarcófago de Alejandro en lo profundo del Oasis de Siwa, el desgraciado ejército de Cambises, sepultado en la tierra, petos yelmos, espadas, alforjas y animales,y  el ya mítico cartel que en Ouarzasate recita: “A Tombuctu 52 días en camello…¿Cómo vislumbrar algo de esto con un patético billete que te retorna a la ciudad?”

Un contudente aforismo de los tuareg del Akakus libio proclama; “mejor moverse sin un rumbo preciso que quedarse quieto a esperar morir”, así estos mimbres de un atrás no continente y de un movimiento que al menos se contiene a sí mismo tejen la agotada cesta de treinta kilometros un día, treinta kilometros un día, treinta kilometros un día, como en una nana de somnolencia y sol. La Ruta de la Seda a su paso por Uzbekistan cubre de mosaicos añiles los caravanserai que ofrecieron agua a los camellos bactrianos de los comerciantes…y de Tamerlán. Así la conquista y las ganancias son otras de las aceras trazadas en la arena; por un lado el que deambula porque si , y en otra cara de una misma y compleja moneda el oro y la sangre.

tuareg

Dice Theodor Monod que los desiertos son las únicas regiones que nos permiten atisbar aunque mas no sea por un instante cómo era la tierra antes de los hombres, una región, inmensa, donde los ojos no tienen más barreras que las que pueda construir el propio y natural sobresalto que genera lo exento, lo vacío; ese panel no escrito. Decir inmenso, rememora la inabarcable Argelia; entre la pentapolis de la ciudad de Gardhaia, la ciudad en medio del espacio. Gardhaia de los mozabitas, que constituye uno de los centros posibles del ilimitado Hoggar argelino. Casi mil kilometros hacia el sur esta el peñón de Assekrem, donde el padre Foucault encontró la muerte a golpes de takuba. Y Tamanrasset, vecina del imposible Azawad, punto del mundo que en su momento condensó en su nombre todos los viajes, todo el sol, todas las distancias. Tamanrrasset del primer amor, inicio de camino hacia el lejano Tassili N’ajjer-que no conozco- y que en sus farallones de piedra naranja exhibe cazadores, combates y cacerías de fieras que ya hace siglos dejaron de hacer sombra, huellas y espanto por esta zona de la tierra.

Estos desiertos que se unifican en un cierto artificio, ya que son diversos en su proteica unidad, en donde, como el mar son ellos mismos y al unisono otros, tienen perfiles propios; la casi estepa uzbeca, distanciada del rojo de las arenas de Jordania, y las piedras lunares del Hoggar argelino se parecen muy poco a las amarillentas hierbas del Gobi. En medio de todo esto, la cierta dulzura de las horas carentes realza lo pequeño, lo que en otras momentos pasaria por nosotros sin huella, sin presencia, sin ninguna reverberación; una golondrina en el M’hamid que roza Mauritania siguiendonos por horas, un Fenec de orejas aterciopelados y atentas que sólo se deja ver con la fugacidad de una esperanza, los asnos salvajes de Gobi, en Mongolia, a una distancia tan grande que decir que los vimos es más un deseo que en verdad algo que paso por nuestros ojos.

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Los tímidos gerbos aguardando una migaja de tagela y de forma imperial, omnipresentes, ruidosos y casi increíbles esa realidad en si mismos que son los camellos; del Sahara, del Hoggar, del Sahel, del Waddi Rum jordano, del Kizhil Kumm uzbeco, los de las estribaciones orientales del Thar, en la frontera de India con Pakistan,los coloridos camellos del Rajastán en la roja feria de Puskhar. Los camellos de pestañas extremas y parsimoniosas patas acolchadas, los camellos de protesta perenne, de protesta por todo; al detenerse, al comenzar la marcha, en el medio de ésta,en todo momento y porque sí, con ese gorgoteo que recuerda tuberías atascadas, circuitos que obstaculizan un tránsito, fuelles y silbidos. Los camellos con esa absoluta y descansada promesa de irrealidad; si estoy con un camello todo tiene la encarnadura de los sueños. En una anécdota seguramente apócrifa Lowell Thomas interroga a T. H. Lawrence sobre su amor por los desiertos…La respuesta tiene la majestuosidad de ciertos dolores; porque me permite fingir que soy otro dice esta leyenda que se repelía a sí misma. Este Lawrence que con fervor quería permanecer distante de si mismo y de los otros.

El Gobi, el Hoggar argelino, Wadi Rumm, el Khizil Kum uzbeco, el Akakus libio, Tombuctu; nombres tan rotundos que generan la ilusión de un conocimiento, aunque con fuerza extrema se hace presente el acerto freudiano que recuerda; lo esencial está condenado a permanecer incognocible.

Raúl Dalto

 

LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS Y EL ODIO HUMANO

El pasado 9 de noviembre se cumplía el 75 aniversario de la tristemente conocida “Noche de los Cristales Rotos. Fue un momento en que la sociedad alemana de aquella época consumó su odio a los judíos en una orgía de vandalismo y destrucción contra sus propiedades, templos y personas. Fue el colofón de un largo proceso de incubación de odio y desprecio, y el comienzo de uno de los episodios más monstruosamente sádico, inmoral, cobarde y absurdo de la humanidad: el holocausto judío.

Noche Cristales rotos

Tendemos a pensar que un hecho histórico tan abominable y ajeno a nuestra sensibilidad humana, es algo que pertenece a épocas pasadas, lugares remotos y personajes que ya fueron destruídos y nunca más van a volver. Sin embargo, todas las personas que participaron en mayor o menor medida en aquellos hechos –y me refiero a la sociedad occidental de la época, no sólo a los alemanes- eran seres humanos iguales que nosotros. Simplemente, unos miraron para otro lado, se desentendieron de un asunto que no juzgaban de su incumbencia, y otros creían honestamente que su odio estaba justificado. Pensaban que ellos eran personas decentes, trabajadoras y amantes del prójimo, mientras que los judíos eran seres viles y destructivos que les estaban causando grandes daños. Sigue leyendo