USTED Y YO, ESOS DISCAPACITADOS

(En conmemoración al Día de la Discapacidad, el pasado 3 de Diciembre.)

En su trabajo sobre “La negación”, dice Freud en 1925 que :

“…con ayuda de la negación es enderezada solo una de las consecuencias del proceso represivo, a saber, la de que su contenido de representación no llegue a la conciencia. De ahí resulta una suerte de aceptación intelectual de lo reprimido con persistencia de lo esencial de la represión.”

La negación como mecanismo de defensa es universalmente utilizado frente a la angustia o el dolor que representa para el individuo la aceptación de determinadas verdades como la muerte, el envejecimiento y la discapacidad pero finalmente, no podrá prosperar y su contenido llegará de una u otra forma a la conciencia.

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Anteriormente, en 1917, en su obra “Duelo y melancolía”, Freud ya había descrito el trabajo psíquico que suponía para cualquier individuo la aceptación de las pérdidas a las que está inevitablemente abocado a lo largo de su vida, ya sea de seres queridos, o de capacidades o funciones anteriormente incólumes. El individuo puede abordarlas enfrentándose a ellas o negándolas. Si escoge el primer camino, deberá realizar un proceso jalonado en etapas nítidas como la tentación de negar la pérdida, la rabia y desesperación por lo sucedido, la aceptación del dolor emocional y la negociación de un nuevo contrato con la realidad. Este difícil y doloroso trabajo emocional es necesario para poder conservar la salud psíquica, pues las demás alternativas, especialmente la negación, conducen a un menoscabo del equilibrio previo, a un camino sin salida. Sólo después de este trabajo de duelo, puede el individuo generar otras opciones que compensen la pérdida anterior.  Sigue leyendo

IDENTIDAD O SUBJETIVIDAD: EL PEQUEÑO NICOLÁS

Hace pocos días en Madrid un jóven apodado en los medios de comunicación el pequeño Nicolás, producía el asombro de cualquier ciudadano que hubiera accedido a alguna de las fuentes informativas disponibles, prensa, radio, o TV. Lo más llamativo es que debido a sus artimañas este joven había aparentado, tanto ante sus compañeros de universidad como en los circuitos sociales en los que se movía, ser alguien importante; se jactaba de llevar billetes de 500 €, gastaba en consumiciones – ante espectadores- hasta 2000 €, y cerraba operaciones en un chalet del Viso; además se procuraba un chófer porque no tenía carnet de conducir, y se invitaba a acontecimientos sociales de alto standing y de gente del poder político y económico. En términos morales se le calificaría de impostor. En términos psicológicos nos encontraríamos con un intento estudiado e intencionado de aparentar ser importante, para producir admiración, consideración y aceptación en un entorno que intenta conseguir como alcanzable. No se trataba de suplantar la identidad, aunque él mostraba ser alguien distinto del que en realidad era. Lo más curioso es que los de su alrededor picaron” y se creyeron su farsa.

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¿Qué puede producir este episodio cuando se descubre el engaño?. Emociones varias, sin duda. Pero sobre todo para los receptores, para aquellos ante quien se presentaba la farsa, seguro que se han sentido estafados; ante el engaño es inevitable que uno se sienta un poco tonto, algo devaluado, por haberse fiado sin pruebas, como a ciegas, de la puesta en escena. Sigue leyendo

DÍA MUNDIAL DE LA VISIÓN

Todo sucede en unas horas. La vida cambia de secuencia o escenario cuando ésta se reconoce distinta. Y sucede. A todos nos ha sucedido alguna vez. Alguna vez sentimos por primera vez que vemos menos. No sabemos si de cerca o de lejos, tal vez, ni de cerca ni de lejos. Otros, una vez cumplidos ciertos años se acercan y se alejan el objeto para poder enfocarlo. Y no lo ven. Todos ellos somos nosotros.

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Las personas nacemos con una vista que se deteriora por causas ajenas a nuestra voluntad la mayor parte de las veces. La peor situación de todas es la que no tiene cura. Esa enfermedad silenciosa que acaba haciéndonos reconocer que ni con la mejor corrección posible podemos distinguir algo, que no hay operación, ni gafas, ni gotas, nada que nos devuelva la vista. Y sucede. Esto también sucede. Poco a poco asistimos al espectáculo que nos brinda la vida cuando al contemplar aquello que nos hacía ver bien el objeto, de pronto no está, desaparece, se ve borroso, se ve a través de una nube, no se distingue, no se puede leer. 

Al pasar varios diagnósticos, varias pruebas que determinan lo que vemos nos dicen que no vamos a ver más, que poco a poco, en meses o en años, perderemos la vista. Y sucede. Esto también sucede.

Entonces, empezamos a indagar y ya tenemos título. Somos discapacitados visuales, vemos menos pero no somos ciegos. En la misma contradicción, el informe dice que somos ciegos legales pero que podemos manejarnos con los restos visuales. Y sucede.

En esa sucesión de acontecimientos nuestra mente tiene que encontrar dónde empieza la tragedia y cuándo acaba el duelo porque ésto no ha hecho nada más que empezar. Día a día, mes a mes, la persona obtiene de la realidad en imágenes cada vez menos mensajes. Los pocos que distingue le hacen considerarse distinto y cuanto menos minusválido ante esta sociedad que no está acostumbrada a ponerse en los zapatos del prójimo. No sabemos que no se pueden leer carteles hasta que sin gafas no somos capaces de leer lo que pone. No podemos ser suficientemente solidarios si una persona ciega va a cruzar porque no sabemos ni cómo dirigirnos a ella. Y todos nosotros, en mayor o menor medida, según cumplimos años, vamos siendo discapacitados visuales.

La mente entonces empieza a recordar y van apareciendo diferentes aspectos que hace que no nos identifiquemos con la persona anterior. Yo antes veía, ahora no. En esa nueva realidad, mostrarnos capaces de seguir sin ayuda, aprender a pedirla, intentar leer o aprender a manejarnos con lupas, programas de voz y otras herramientas, cosa que no es fácil. Se trata de crear un nuevo universo y conformarnos con ver con los restos visuales es lo que nos queda para poder trabajar con esos pensamientos recurrentes que nos hacen comprobar que día a día, olvidamos aquello que antes reconocíamos y apenas nos acordamos de cómo era ésto o aquéllo.

La pérdida está ahí. Ya nunca más volveremos a ver igual, nunca, y eso, hay que tragarlo, digerirlo, asimilarlo. Aparece un cocodrilo y no sabemos si viene de frente o de cola; en ambos casos, nos va a matar. El individuo que antes era alegre pasa por estadios de tristeza, de desesperanza, de un dolor inmenso que no sabe dónde colocar porque todo el universo conocido desaparece pero el dolor cada vez es más intenso pues además nos hace entrar en el túnel de lo desconocido. Se trata, en principio, de elaborar un panorama sin datos, de viajar sin hoja de ruta, esto también debe suceder para poder seguir adelante”

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