ACERCA DE UN FENÓMENO DE MASAS

Llevo unos días pensando, alentada por la lectura de artículos periodísticos y de noticias televisivas, acerca de un fenómeno muy presente en nuestros días: la aparición y ascenso de nuevos líderes de masa dentro de la política.

¿Cómo aparecen estos líderes de masa, y por qué arrastran fervientes seguidores que se multiplican día tras día? Intentaré responder a esta pregunta desde el psicoanálisis y su metapsicología.

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Comenzaré por la filogenia humana; la Teoría de la Neotenia expone que uno de los aspectos que contribuyeron a la evolución de nuestra especie fue la capacidad de retener ciertas características infantiles durante más tiempo.

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NELSON MANDELA: LA VICTORIA SOBRE EL ODIO

El pasado 15 de diciembre de 2013, a los 95 años de edad,  murió Nelson Mandela. Un hombre que ya ha pasado a la historia como uno de los personajes claves del siglo XX y un representante de los valores más nobles del ser humano. Participó en su país en la lucha contra “el apartheid”, la política que legalizaba el racismo en Sudáfrica; fue condenado a cadena perpetua por ello y soportó un total de 27 años de cárcel en  condiciones muy duras. Su liberación se produjo en 1990 gracias a las presiones internacionales y a millones de personas que en todo el mundo estaban implicadas en el movimiento “antiapartheid”. Eran años de muchísima violencia y crueldad en Sudáfrica, mucha gente perdía la vida de forma terrible, en atentados, asesinada. Parecía imposible alcanzar la democracia en un  país tan dividido, dolorido y al borde de la guerra civil. Se temía que la puesta en libertad de Mandela fuera el desencadenante de un nuevo estallido de violencia. Sin embargo, gracias a su visión amplia y lucida, estaba convencido de que el camino del perdón y la reconciliación era el único válido para resolver la injusticia en la que vivía la mayoría negra del país. Frenó las ansias vengativas de algunos: “tirad los cuchillos al mar”, evitó la disgregación y el baño de sangre: “somos el país del arco iris…todas las razas caben en este país”; y así, y gracias al esfuerzo de muchos, se pudo iniciar un largo periodo de “negociaciones de paz” entre los representantes del gobierno y de los distintos grupos implicados, cuya consecuencia fue la convocatoria en 1994 de las primeras elecciones democráticas de Sudáfrica. Mandela se convirtió en el primer presidente negro del país, tenía 76 años. El objetivo de su política fue la reconciliación nacional.

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Mandela  afirmó varias veces que no era un santo y temía la idealización de su persona. Sin embargo parece inevitable que algo de esto ocurra,  especialmente hoy en día que andamos escasos de modelos que nos dignifiquen como seres humanos. La admiración que suscita su persona está siendo prácticamente unánime. Demostró con su vida, no solo con sus palabras y con sus ideas, que el cambio es posible. Lo que en aquel momento consiguieron logró cambiar el curso de la historia. Se  lo consideró como “el milagro de Sudáfrica”.

Los testimonios sobre Mandela coinciden en señalar que uno de sus rasgos más sorprendentes era la falta de rencor. Los seres humanos, ante la adversidad y el dolor producido por las injusticias,  la avaricia o la maldad ajena, podemos reaccionar de muy diversas formas. A veces lo que se  produce es una perdida enorme del propio valor, se cae en la indefensión y en la inhibición de la agresividad, que ya no puede ser empleada en la autodefensa y en el  mantenimiento de la propia integridad. En otros casos, al contrario, el odio, consecuencia del daño experimentado, se aloja en el psiquismo de la persona de forma constante y se retroalimenta transformándose en resentimiento y rencor,  entonces  parece que la única salida concebible sea la venganza y responder a la violencia con más violencia. Sin embargo, Mandela demostró que el sufrimiento se puede trascender y que el odio, si somos conscientes de él y capaces de contenerlo, se puede transformar en una fuente de energía y de coraje, de vida y aprendizaje. Freud, en una carta a Lou Andreas Salomé, decía: “No existe en el mundo mayor fuerza que la de una pasión dominada y reconducida”. En este sentido, el método de Mandela resulta ser profundamente coincidente con el pensamiento psicoanalítico. Estando en la cárcel decía a sus compañeros: “tenemos que convertir este lugar de castigo en un lugar de aprendizaje”. En el libro “el largo camino hacía la libertad”, dice: “Un hombre que le quita la libertad a otro hombre es prisionero del odio, está encerrado tras las rejas de los prejuicios y la incapacidad de ver más allá…a los oprimidos y a los opresores se les priva de su humanidad por igual”, “Tener fuertes convicciones es el secreto para sobrevivir a las privaciones”. Y él las tenía, pensaba que solo es posible negociar de buena fe, si se cree en la integridad del otro, si se busca activamente su parte más sana, más noble, dirigiéndote a esa parte y  no olvidando lo que nos une, lo que nos iguala como seres humanos; entonces es posible la reconciliación de  partes enfrentadas, entonces es posible pasar pagina y mirar hacia el futuro sin el lastre del rencor. No se trata de olvidar de forma ingenua y acelerada, de caer en la desmentida del dolor. Al contrario, el dolor ha de ser reconocido para llegar a alcanzar algún grado de perdón. Ejemplo de esto fue la creación de una comisión que se llamó “La comisión de verdad y reconciliación”, en la que se ofrecía amnistía a cambio de la verdad. Durante estas sesiones, que debieron tener un enorme valor catártico, víctimas y victimarios hablaban sin tabúes, lloraban, y muchos obtenían un saber sobre hechos que difícilmente podían haber llegado a conocer si no era por boca de los verdugos. Pienso sin embargo, que quizás lo más importante era el valor simbólico del gesto de pedir perdón, el reconocimiento del daño y de la injusticia cometida.

En mi trabajo como psicoanalista muchas veces me enfrento con la lucha que muchos de mis pacientes establecen para desalojar el  rencor de su interior. Ellos también buscan el cambio. En este caso se trata de un cambio psíquico que les libere de la cárcel del sufrimiento, del miedo, del odio o de la inhibición. Freud descubrió el mundo inconsciente, y con ello añadió un nuevo determinismo al ser humano: cada uno de nosotros estamos determinados por motivos que desconocemos en lo fundamental. Repetimos y repetimos lo que nos hace sufrir sin poder evitarlo. Nuestro “yo” no es el dueño ni en su propia casa. Pero Freud también nos dejó un método para contrarrestar de algún modo el determinismo inconsciente, desintrincar  algunos de sus enigmas y aprovechar todo su potencial creativo: hacer consciente lo inconsciente para dejar de ser meras víctimas de nuestro propio desconocimiento. Cuando se avanza en este camino, la persona está en mejores condiciones para tomar las riendas de su vida y tratar de desasirse de sus  fantasmas, de lo que en un primer momento se presentaba como un destino insoportable, incuestionable o inamovible. En estos casos, asisto en privado a la victoria singular de una persona que ha sido capaz de lograr para sí una libertad y una capacidad de amar y de amarse,  que me hacen recordar aquellos versos que tanto inspiraban a  Mandela: “soy el dueño de mi destino, el capitán de mi alma”.

Susana Bassols Bayón

LA INQUIETANTE CRISIS DE LIDERAZGO

La lectura del mes de Julio de  los datos de la última encuesta del Centro de Estudios Sociológicos sobre las principales preocupaciones de los españoles muestra un peligroso descrédito de la clase dirigente. El paro es con mucho el principal problema detectado ( 80,5 %) seguido por la corrupción y el fraude ( 32,5 %) los problemas de índole económica ( 32,2 %), los políticos y la política ( 30,7 % )

En la percepcion de los españoles estarían unidos estos temas que a la vista de las últimas noticias parecen  construír la alarmante conclusión de que la incompetencia y falta de ética de una parte de la clase dirigente ha conducido al país a esta situación. El ciudadano se siente desamparado, frustrado, irritado y desesperanzado. Quienes tendrían que liderar un proyecto de país moderno, fuerte económicamente, seguro y honrado no han estado a la altura de las circunstancias.

Las cualidades del buen padre que se desean para el liderazgo como el cuidado y defensa de la familia y los hijos, la protección y el ejercicio justo de la  autoridad y la ley no parecen estar encarnadas en demasiadas ocasiones por una clase dirigente que no sólo no hace respetar la ley sino que en demasiadas ocasiones la manipula o transgrede, deslizándose así por el camino de la perversión. Inquietan, preocupan e irritan. No hay transparencia sino opacidad. No nos fiamos de ellos.

La admiración la despiertan líderes como Del Bosque o Nadal que, sin arrogancia, trabajando tenazmente, integrando al equipo o  conteniendo sus conflictos o  bien superando lesiones y adversidades han sido capaces de conseguir sonados éxitos en el terreno deportivo. El esfuerzo, la lucha y los resultados están a la vista de todos.

Las cosas son lo que parecen. Hay mayor transparencia. Nos fiamos de ellos.

 

Pedro Gil Corbacho

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