LA AMISTAD

Posiblemente la amistad sea uno de los vínculos que mejor pueda representar la magnitud ética de las relaciones humanas.

Este “lazo” que en sus implicaciones más profundas, parece estar altamente devaluado en la actualidad, como tantos otros tipos de vínculos de “usar y tirar”, continua sin embargo, dando signos de gran satisfacción (y, a veces tristeza) entre los seres humanos que podemos gozar de su privilegio.

Desde luego, hay algo fundante que favorece el que dos futuros amigos lo sean y este caldo de cultivo es la libertad. Una de las grandes alegrías de la amistad, es quizás el que no viene impuesta, el que no supone unión por una obligación, lo que sería el compañerismo o los camaradas, sino que se elige libremente y sin reglamento que la regule.

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Pero también es bueno saber, que ese acto libre de la amistad únicamente podrá sostenerse en el tiempo gracias a la fuerza vital del deseo, con todos sus registros de afecto, ternura, cariño, atracción, eso sí, dentro de las propias peculiaridades de cada persona. Es precisamente aquí, es decir, en las diferencias (los tiempos, la intensidad, los ritmos…) entre como cada sujeto vive ese vínculo, lo que aún viene a engrandecer más la relación de amistad, donde se podrá aceptar la separación por lo diferente, sin que signifique ruptura. He aquí, la oportunidad para que la generosidad y la confianza se muestren como dos características básicas de la amistad.

Esta fuerza vital originaria, en el caso de la amistad y, tal como Sigmund Freud, en el segundo de sus artículos de enciclopedia “La teoría de la libido” (1923) la define, es de naturaleza sexual, aunque como señala, son “aspiraciones sexuales de meta inhibida”, es decir, que procediendo de una inclinación sexual, declinan su satisfacción y se conforman con una aproximación a la satisfacción, lo que justamente permite que ese lazo sea especialmente fijo y duradero.

Otro de los aspectos en los que se apoya la amistad es la identificación con el otro, con sus particulares dinámicas: por tener un proyecto en común, por el compartir experiencias vitales del pasado similares, o muy diferentes, o simplemente (nada más y nada menos) como dice el clarificador filósofo italiano Giorgio Agamben “por un compartir puramente existencial y, por así decir, sin objeto: la amistad como con-sentimiento del puro hecho de ser”. Sigue leyendo

ATENTADOS DEL 11 M: MÁS ALLÁ DEL ODIO

El pasado 11 de marzo se cumplió el décimo aniversario del atentado terrorista más grave de la historia reciente de nuestro país. Murieron asesinadas 192 personas y un número enorme resultaron heridas, mutiladas y traumatizadas de por vida. Cuando uno piensa en la magnitud del daño y sufrimiento causados a tantos seres humanos inocentes, no puede por menos que creer que los individuos que idearon, los que colaboraron y los que llevaron a cabo tales crímenes estaban movidos por un odio feroz y fanático hacia alguien, o hacia algo. Ahora bien, siendo el odio un factor primordial en las motivaciones últimas de los terroristas, desde el psicoanálisis también se pueden atisbar otros componentes implicados en los mecanismos psíquicos de la mente terrorista.

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Partimos del hecho de que a nuestra mente le es difícil mantener juntos sentimientos contrapuestos, por ejemplo tener cariño y envidia hacia una misma persona. Para evitar el conflicto entre emociones opuestas, la mente utiliza un mecanismo que llamamos “escisión”, por el cual una de las emociones se mantiene separada de la otra, para evitar el conflicto. Evidentemente, cuanto más conflictiva y dolorosa sea la conjunción de las emociones escindidas, más se esforzará la mente por mantenerlas separadas  en nuestra consciencia.

En la mente del terrorista, parece claro que se ha producido una fuerte escisión en aras de alcanzar los objetivos dictados por sus ideales. Por un lado está lo que esos ideales le señalan como lo “bueno”, pero a la vez, la forma de cumplir con ellos se contrapone a otros principios morales y éticos que, aunque cueste creerlo, también rigen en la mente del terrorista. El “combatir y destruir al enemigo”, es incompatible con “respetar y cuidar a tus semejantes”, salvo que “enemigo” y “semejante” sean conceptos perfectamente separados por una escisión.

Por eso, cuando un terrorista asesina a seres humanos, en su mente no está matando personas; está “destruyendo enemigos”. Vemos cómo el lenguaje del terrorista también denota los esfuerzos psíquicos por mantener la escisión. Por otra parte, el sentimiento de culpa por infligir sufrimiento a un semejante también es escidido y, en muchas ocasiones, proyectado sobre las propias víctimas: “ellos se lo han buscado”, “ellos empezaron”, “ellos son los culpables”.

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Resulta que el sentimiento de culpa por matar a otra persona puede ser tan doloroso, intenso y persecutorio, que la mente es incapaz de soportarlo. De hecho, el terrorista puede llegar al suicidio si se ve en la tesitura de ser confrontado con sus crímenes, como ocurrió en el caso de los terroristas del 11-M, y en tantos otros. Por eso es tan difícil que un terrorista pueda reconocer el daño causado: sería demasiado doloroso y necesita refugiarse en que, según sus ideales, “tenía razones para hacer lo que hizo”. También le ayuda a calmar el sentimiento de culpa pensar que no actuó movido por el odio, sino por un “elevado ideal” que traería el “bien” a “sus semejantes” (los que comparten su misma ideología o religión, los de su misma nacionalidad o raza, etc.), escindiendo el concepto de “semejantes”.

A su vez, los cómplices de los ejecutores también pueden eludir el sentimiento de culpa pensando que, al fin y al cabo, ellos no fueron los que accionaron la bomba. Pero esto no sería sino otra forma de escisión que utiliza el mecanismo de la intelectualización para mantener separados causa y efecto: el acto criminal y el sentimiento de culpa.

Como vemos, en la mente del terrorista capaz de cometer las mayores atrocidades, operan poderosos mecanismos psíquicos más allá del odio. Sin embargo, debemos pensar que estos mecanismos son universales, funcionan en todos los seres humanos, pero lo que determina su carácter patológico es la predominancia y fuerza de dichos mecanismos, sin olvidar claro está, la intensidad de los sentimientos de odio implicados.

Alejandro Guiter

DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO

Frecuentemente el psicoanalista interviene en situaciones que parecen retrotraernos a otras épocas, a otros lugares, a otros códigos de relación y de conducta. Realmente, en el psiquismo así sucede.

Las relaciones de pareja entre hombre y mujer están inmersas en la dinámica, los lenguajes y la lógica de las pulsiones. Éstas a su vez son la traslación en el terreno psíquico de las necesidades corporales, que suponen un incesante trabajo de elaboración, representación y sublimación de las mismas, tanto en la historia de la evolución humana como en la del psiquismo individual.

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Cuando el bebé no accede a la madre en la medida en que la necesita y desea, la odia intensamente. Normalmente este odio queda neutralizado por el amor y gratitud hacia ella, pero no siempre se culmina éste proceso con éxito. Por muy diversas razones como en las experiencias de necesidad insatisfecha, abandono, distancia o incomunicación, la representación en su psiquismo inconsciente tanto de ella como de todas las mujeres puede contener éstos sentimientos de odio no neutralizado, deseo de venganza, posesión violenta y deseo de sometimiento que se podrán actuar cuando sea adulto e inicie una relación.
Si la mujer accede a sostenerla y no pone límites más pronto que tarde, se verá involucrada en una espiral de maltrato de la que le resulte muy difícil salir y que en demasiadas ocasiones culmina con la muerte de ésta a manos de aquel.

Ella contribuye a ello si no ha establecido identificaciones correctas en su niñez que den consistencia a su personalidad, ha tenido traumatismos, tiene áreas de minusvaloración, de confusión de identidad o sentimientos de culpa, y puede resultarle extraordinariamente difícil salir de esta espiral donde el miedo, la duda y la confusión la paralizará.

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El maltratador la situará en el centro de su universo y esto la hará creer que es amada, pero esto no es más que una faceta del conglomerado de otras violentas emociones donde prevalece el odio, la necesidad brutal y el deseo de venganza.

Se requerirá de un trabajo terapéutico sobre estas poderosas fuerzas inconscientes para salir de esta espiral de daño psíquico incontrolado.

Carmen Monedero Mateo