LOS SUEÑOS AL ALCANCE DE TODOS (*I )

A los niños les fascinan los sueños. Los viven como creaciones personales que les hace despertarse con cierta perplejidad. A veces ilusionantes y a veces aterradores, los sueños no dejan indiferentes a los niños, y siempre que pueden buscan a un adulto al que poder contarle lo soñado. Pienso que en mucha medida la pasión del psicoanalista tiene que ver con ese misterio.

Saber que había alguien con ganas de escuchar el relato del sueño es un aliciente para cada mañana retenerlo en la memoria. Al hacernos mayores, eso no siempre es posible, y nuestros sueños tienden a diluirse con el trascurso del día. Una alternativa al olvido natural puede ser la de escribir al levantarse un esquema con las ideas básicas, y a lo largo del día relatarlo.

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En relación a la interpretación de los sueños, la sesión psicoanalítica es sin duda el espacio idóneo. Sin embargo, y esto no excluye a lo anterior, al apuntar una serie de sueños de una temporada, podremos ver cómo la temática puede ser parecida a lo largo de los días. Hacer el esfuerzo de crear lazos entre lo vivido y lo soñado, también abre vías para poder comprenderlos.

Pintar un sueño, dibujarlo, hacer relato o crear alguna melodía con él son procesos en los que uno se relaja y se conecta de manera diferente con los contenidos del sueño. De la idea inicial al resultado siempre se advierten transformaciones que permiten descubrir nuevos matices.

Pero, ¿qué son los sueños? Los sueños son historias en forma de imágenes que no pueden compartirse más que parcialmente ya que son creaciones exclusivas del soñante, y ni siquiera a él le pertenecen de igual manera en todo momento. De la mano del sueño está el despertar que siempre se lleva consigo algo del sueño.

Sabemos que el soñar es, entre otras cosas, una antigua modalidad de pensamiento que tenemos los seres humanos. En el principio, para el bebé no existe la razón ni, por tanto, el pensamiento lógico. La conquista de la madurez es paralela a la incorporación de esta nueva modalidad de pensamiento. Así los bebés no distinguen entre el soñar y el pensar: son la misma cosa. Empujados por la realidad, que nos obliga a postergar y a renunciar deseos en favor de una vida en sociedad (papás y hermanitos como primera vida en comunidad), nuestro aparato anímico se resiste a dar por perdidos sus anhelos y consiente, a través del sueño, las satisfacciones de las que nos vemos privados durante la vida diurna.

Las cosas se tornan más complejas cuando dejamos de ser niños, y lo mismo ocurre con los sueños. Si bien de niños soñábamos con un juguete anhelado o con volar, de más mayores las temáticas se nos presentan más enigmáticas. Por ejemplo: un niño puede soñar que su hermano cae por el precipicio cuando por el día han tenido una fuerte discusión y el hermano ha salido indemne a ojos de los padres. Este mismo niño, pero con 40 años, y ante una discusión con el hermano, soñará con un compañero de trabajo que es calvo (como su hermano) y al que la policía arresta y condena a la silla eléctrica. Es un ejemplo simple, pero la idea es entender la evolución de una censura que se va a ir desarrollando a medido que crecemos.

Cecilia Caruana

 

*Este post consta de dos partes. La segunda se publicará en breve.