EL LLANTO DE UN NIÑO ( I* )

 “El niño pequeño con su llanto llama la atención de una persona experimentada, buscando alivio, y ello se convierte en una fuente de las motivaciones morales”. Hay que pensar que esta frase fue escrita por un neurólogo a finales del siglo XIX, según proyectaba una psicología científica. Era Sigmund Freud, y esta idea constituye una de las bases de la después llamada teoría de las relaciones objetales. No sólo de las relaciones que establecemos con otras personas, sino también de los pensamientos imaginativos que forjamos en nuestro mundo interno, de los sueños, así como de aquello que hacemos a lo largo de nuestra vida cuando nos sentimos mal o enfermos, y nos planteamos a quién dirigirnos para que nos ayuden.

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Muchas consultas de psiquiatría infantil están motivadas por la dificultad de la familia ante el llanto prolongado del niño, y después, ante las variadas formas, somáticas o psíquicas, mediante las cuales se expresa la angustia, el dolor o la tristeza que no pueden comunicarse de otro modo. Algunos padres no toleran que su hijo llore y se preocupan mucho al verle mal. Especialmente por las noches, se generan a veces círculos viciosos en los que algunos padres se enfadan y prefieren dejar a su bebé llorando hasta que se calle.

De hecho el llanto es paradójicamente una señal de buena salud cuando el recién nacido ha asomado en el paritorio. De acuerdo con las modernas investigaciones, vamos a describir qué podríamos hacer en los dos primeros meses de vida cuando eso ocurre. Cuando hablamos de sostén y de contención siguiendo las ideas de psicoanalistas más modernos, las funciones recién citadas se concretan en actitudes que parecen mucho más corrientes. Freud fue pensando que en eso consistía el que la madre actuara como preconsciente o como una “paraexcitación” ( Drenaje del exceso de excitación por otras vías ) en ayuda del funcionamiento mental de su bebé.

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¿CÓMO VIVIMOS LA MÚSICA?

¿Realmente somos conscientes de lo que ocurre cuando escuchamos música? y ¿qué resuena en nuestro interior con ella?

Ya por el año 1800 nos decía el filósofo alemán Arthur Schopenhauer  “en la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad o el compositor L. Bernstein, reconocía que la música podía dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido.

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La música como arte superior encuentra el modo de expresión más primitivo que tenemos los sujetos para comunicar emociones.

No sólo es una forma más de comunicación,  es mucho más que una producción artística, ya que nace de lo más arcaico y primitivo del ser humano.

Sabemos que lo primero que le envuelve al bebé  es la música del cuerpo de la madre expresada en su ritmo cardíaco, sus sonidos corporales y más tarde su voz, sus nanas, sus palabras…

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LA FAMILIA

Los psicoanalistas escuchamos frecuentemente relatos en relación a la familia. Las personas que acuden a nuestras consultas hablan de sus padres, hijos, hermanos…, y no es de extrañar  porque la familia constituye el lugar privilegiado donde se efectúan vínculos afectivos de tal intensidad que dejan  una huella perdurable a lo largo de toda la vida.

Freud conceptualizó el “Complejo de Edipo”, eje rector en la estructuración del psiquismo y eje fundamental del psicoanálisis. Hablar de Edipo es hablar de la complicada situación  afectiva que se da en la relación de todo niño/a con sus padres,  de los intensos sentimientos de amor, odio, celos o rivalidad que se ponen en juego en el seno de ese grupo tan íntimo como es la familia y que todo niño/a  vivirá y tendrá que resolver en su camino hacia la  socialización.

La familia se sostiene en relaciones  de parentesco que sitúan a cada uno de los miembros del grupo en un lugar.  Este parentesco no depende tanto de la dimensión biológica, aunque la mayor parte de las veces las relaciones sean de consanguinidad, sino más bien de acuerdos para que las distintas funciones paterna, materna, filial se configuren, se mantengan y se transmitan mediante el interjuego de roles diferenciados, constituyendo así el modelo básico de toda situación grupal.

En la familia no hay nada exclusivamente natural,  No basta con concebir un hijo o con traerlo al mundo. Ser madre, ser padre implica una apropiación,  implica asumir ese lugar y esa función. Por ejemplo, el lugar del padre puede estar ocupado por el padre biológico, o por el hermano de la madre, o por un segundo marido. Al psicoanálisis no le interesa el orden natural sino  el simbólico.

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Las familias no siempre se han constituido de la misma manera. Desde la primera familia mítica organizada en pequeños clanes ha habido muchas formas de organización. En épocas no muy lejanas lo normal era que en la familia convivieran  tres o cuatro generaciones juntas. En la actualidad,  la familia tradicional que hemos conocido compuesta por padre, madre e hijos está dando paso a otras formas de familia: familias monoparentales, familias con padres homosexuales, hijos producto de inseminaciones artificiales con genitores desconocidos, familias reconstituidas con hijos de distintas parejas…Todo esto seguro que afectará a la subjetivación de las personas,  pero sea cual sea la forma que tome, y dando por sentado que no existe una familia ideal, si parece importante que toda familia lleve a cabo una serie de funciones para que ese pequeño cachorro que adviene a ella se transforme en un sujeto humano.

Una función que podríamos llamar materna consistirá en procurar un espacio donde se den lazos de amor y cuidado. Es en el entorno familiar donde el niño aprende a amar y ser amado mucho antes de que pueda distinguir entre ambas cosas. La familia debe proporcionar al niño un sentimiento de seguridad. Sentirse seguro es sentirse amado y comprendido no sólo con palabras sino con cuidados, atenciones e interés. Es una escuela de sentimientos en tanto le permite ensayar sus recursos emocionales.  Además, la familia tiene que ayudar al niño a vivir a pesar de su debilidad y de su indefensión inicial amortiguando las presiones del medio externo y enseñándole a hacerse cargo y a dominar las presiones internas.

Otra función que podríamos llamar paterna consistirá en instituir prohibiciones fundamentales como son la del incesto y la de respetar la diferencia de generaciones. La autoridad del padre es tranquilizadora pues marca los contornos de lo permitido y lo prohibido, lo que se puede o no hacer, y si se transgrede genera culpa por miedo a perder el amor de los padres. Es en la familia donde se aprenden las leyes que fundan las relaciones humanas y sociales del individuo: entre grandes y pequeños, varones y mujeres, poderosos y débiles, con todos sus matices, siendo por tanto un eslabón intermedio entre el individuo y la sociedad.

No se puede pensar  la familia sin hablar de narcisismo. Los padres recrean en el hijo las propias perfecciones de un narcisismo perdido y ven a su bebé como un dechado de virtudes. Pasa a ser el rey de la casa,  “Su Majestad el Bebé”. Simétricamente el bebé inviste a los padres a quienes cree perfectos en tanto coinciden con sus necesidades primero y sus deseos después.

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Cuando llega un miembro nuevo la familia lo inviste, lo cuida, le asigna un lugar,  le señala límites,  le ofrece pertenencias, enuncia prohibiciones. Pasa a ser un eslabón más en una cadena de generaciones, heredero y servidor, se espera de él que cumpla los sueños y renuncias de las generaciones que lo anteceden. La familia  tiene una pulsión a transmitir.  En su seno se transmiten ideales, valores, mitos, referencias identificatorias… Será en este grupo que lo recibe, lo sueña y le pone un nombre donde el niño se haga sujeto y vaya conformando su identidad.

Es difícil imaginar la estructuración de un psiquismo estable más allá de la  familia. Sabemos que sin un continente familiar la personalidad se organiza muy frágilmente dejando marcas imborrables de por vida. Sin embargo, la familia tampoco es una garantía absoluta para la salud mental. Es en el ámbito íntimo y secreto de la familia donde se dan también relaciones de violencia. La violencia se produce cuando no se respetan las prohibiciones, cuando las relaciones son indiferenciadas, cuando no hay espacios individuales y todo se comparte, cuando no es posible la individualidad y los vínculos familiares son de pegoteo aunque con una total desconexión afectiva de modo que cada miembro está aislado, completamente solo y a la vez no se puede separar de los otros.

Si algo observamos desde el psicoanálisis es que todas las personas conforman su propia “novela familiar”, obra de ficción que da cuenta de las vivencias del infantil sujeto y que orienta el rumbo de su historia. Vale la pena, entonces, pensar sobre la Familia.

Almudena Santos