LA TRAGEDIA DE LOS ALPES

¿Por qué un joven piloto decide estrellar un avión con 150 ocupantes, en su mayoría muchachos? ¿Por qué alguien comete suicidio? ¿La depresión supone un riesgo de cometer suicidio? ¿El ser humano es intrínsecamente bueno o malo?

Según leemos, Andreas Lubitz, estaba en tratamiento por depresión, quizás temía perder su carrera como piloto por un problema de desprendimiento de retina y tal vez atravesaba un período de ruptura de pareja. En este sentido, las preguntas que nos hemos formulado sobre el psiquismo humano son inquietantes y para encontrar respuesta hay que buscar en su profundidad.

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Afirmaba Freud en “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte”, escrita a raíz de la devastación de la Primera Guerra Mundial, que el ser humano lleva dentro de sí un asesino potencial que, bajo determinadas circunstancias emerge dejando tras de sí un saldo de destrucción. Hay pocas dudas, especialmente después de la II Guerra Mundial de que esto es cierto, y de que la “banalidad del mal”, según describía Hanna Arendt puede emerger del interior del psiquismo de las personas “normales”. Sigue leyendo

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DÍA MUNDIAL DE LA VISIÓN

Todo sucede en unas horas. La vida cambia de secuencia o escenario cuando ésta se reconoce distinta. Y sucede. A todos nos ha sucedido alguna vez. Alguna vez sentimos por primera vez que vemos menos. No sabemos si de cerca o de lejos, tal vez, ni de cerca ni de lejos. Otros, una vez cumplidos ciertos años se acercan y se alejan el objeto para poder enfocarlo. Y no lo ven. Todos ellos somos nosotros.

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Las personas nacemos con una vista que se deteriora por causas ajenas a nuestra voluntad la mayor parte de las veces. La peor situación de todas es la que no tiene cura. Esa enfermedad silenciosa que acaba haciéndonos reconocer que ni con la mejor corrección posible podemos distinguir algo, que no hay operación, ni gafas, ni gotas, nada que nos devuelva la vista. Y sucede. Esto también sucede. Poco a poco asistimos al espectáculo que nos brinda la vida cuando al contemplar aquello que nos hacía ver bien el objeto, de pronto no está, desaparece, se ve borroso, se ve a través de una nube, no se distingue, no se puede leer. 

Al pasar varios diagnósticos, varias pruebas que determinan lo que vemos nos dicen que no vamos a ver más, que poco a poco, en meses o en años, perderemos la vista. Y sucede. Esto también sucede.

Entonces, empezamos a indagar y ya tenemos título. Somos discapacitados visuales, vemos menos pero no somos ciegos. En la misma contradicción, el informe dice que somos ciegos legales pero que podemos manejarnos con los restos visuales. Y sucede.

En esa sucesión de acontecimientos nuestra mente tiene que encontrar dónde empieza la tragedia y cuándo acaba el duelo porque ésto no ha hecho nada más que empezar. Día a día, mes a mes, la persona obtiene de la realidad en imágenes cada vez menos mensajes. Los pocos que distingue le hacen considerarse distinto y cuanto menos minusválido ante esta sociedad que no está acostumbrada a ponerse en los zapatos del prójimo. No sabemos que no se pueden leer carteles hasta que sin gafas no somos capaces de leer lo que pone. No podemos ser suficientemente solidarios si una persona ciega va a cruzar porque no sabemos ni cómo dirigirnos a ella. Y todos nosotros, en mayor o menor medida, según cumplimos años, vamos siendo discapacitados visuales.

La mente entonces empieza a recordar y van apareciendo diferentes aspectos que hace que no nos identifiquemos con la persona anterior. Yo antes veía, ahora no. En esa nueva realidad, mostrarnos capaces de seguir sin ayuda, aprender a pedirla, intentar leer o aprender a manejarnos con lupas, programas de voz y otras herramientas, cosa que no es fácil. Se trata de crear un nuevo universo y conformarnos con ver con los restos visuales es lo que nos queda para poder trabajar con esos pensamientos recurrentes que nos hacen comprobar que día a día, olvidamos aquello que antes reconocíamos y apenas nos acordamos de cómo era ésto o aquéllo.

La pérdida está ahí. Ya nunca más volveremos a ver igual, nunca, y eso, hay que tragarlo, digerirlo, asimilarlo. Aparece un cocodrilo y no sabemos si viene de frente o de cola; en ambos casos, nos va a matar. El individuo que antes era alegre pasa por estadios de tristeza, de desesperanza, de un dolor inmenso que no sabe dónde colocar porque todo el universo conocido desaparece pero el dolor cada vez es más intenso pues además nos hace entrar en el túnel de lo desconocido. Se trata, en principio, de elaborar un panorama sin datos, de viajar sin hoja de ruta, esto también debe suceder para poder seguir adelante”

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LA AMISTAD

Posiblemente la amistad sea uno de los vínculos que mejor pueda representar la magnitud ética de las relaciones humanas.

Este “lazo” que en sus implicaciones más profundas, parece estar altamente devaluado en la actualidad, como tantos otros tipos de vínculos de “usar y tirar”, continua sin embargo, dando signos de gran satisfacción (y, a veces tristeza) entre los seres humanos que podemos gozar de su privilegio.

Desde luego, hay algo fundante que favorece el que dos futuros amigos lo sean y este caldo de cultivo es la libertad. Una de las grandes alegrías de la amistad, es quizás el que no viene impuesta, el que no supone unión por una obligación, lo que sería el compañerismo o los camaradas, sino que se elige libremente y sin reglamento que la regule.

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Pero también es bueno saber, que ese acto libre de la amistad únicamente podrá sostenerse en el tiempo gracias a la fuerza vital del deseo, con todos sus registros de afecto, ternura, cariño, atracción, eso sí, dentro de las propias peculiaridades de cada persona. Es precisamente aquí, es decir, en las diferencias (los tiempos, la intensidad, los ritmos…) entre como cada sujeto vive ese vínculo, lo que aún viene a engrandecer más la relación de amistad, donde se podrá aceptar la separación por lo diferente, sin que signifique ruptura. He aquí, la oportunidad para que la generosidad y la confianza se muestren como dos características básicas de la amistad.

Esta fuerza vital originaria, en el caso de la amistad y, tal como Sigmund Freud, en el segundo de sus artículos de enciclopedia “La teoría de la libido” (1923) la define, es de naturaleza sexual, aunque como señala, son “aspiraciones sexuales de meta inhibida”, es decir, que procediendo de una inclinación sexual, declinan su satisfacción y se conforman con una aproximación a la satisfacción, lo que justamente permite que ese lazo sea especialmente fijo y duradero.

Otro de los aspectos en los que se apoya la amistad es la identificación con el otro, con sus particulares dinámicas: por tener un proyecto en común, por el compartir experiencias vitales del pasado similares, o muy diferentes, o simplemente (nada más y nada menos) como dice el clarificador filósofo italiano Giorgio Agamben “por un compartir puramente existencial y, por así decir, sin objeto: la amistad como con-sentimiento del puro hecho de ser”. Sigue leyendo