“PINOCHO, VAMOS A CONTAR MENTIRAS”

El terreno de los cuentos infantiles es el terreno de la fantasía, del soñar despierto, de la ilusión, en este ámbito cualquier historia es posible; los animales hablan y piensan, los objetos tienen vida, los sueños se tornan reales, y es que el ámbito del cuento está poblado de una realidad psíquica que necesita desmentir los límites: la ausencia, la muerte o las diferencias. Es el lugar de las creencias, de la ilusión.

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Las aventuras de Pinocho es un relato escrito por Carlo Collodi, el cual inicialmente consistió en entregas semanales que se editaban en un semanario romano dedicado a los niños en 1.881 y es en 1.883 cuando se publica la primera edición de la obra en un volumen.
Esta obra por su carácter universal y riqueza, ha trascendido y su carácter de difusión es permanente.
Leer Las Aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, supone acercarse a un personaje complejo, diferente al de otros cuentos. Implica poner la mirada en el transcurso vital de un niño, con lo que conlleva el atravesar la situación edípica, la declinación de los deseos prohibidos, para poder transformarse en un niño con un padre que a su vez también se habrá transformado. El relato de Pinocho y Gepetto nos acerca una clave respecto a la pregunta por lo humano.

Trataré de considerar algunos aspectos de la historia que nos ayuden a entender el proceso de su transformación en niño, la importancia de la función paterna y el sentido que pueden tener las mentiras.
Sobre los orígenes: No nacemos Cromagnon
La historia de Pinocho literalmente comienza así:

Érase una vez…
-¡Un rey!- dirán en seguida mis pequeños lectores.
– No chicos, os habéis equivocado. Érase una vez un trozo de madera…

Cuando se inicia así la historia, el autor sustituye al rey por un pedazo de madera, entonces por asociación ya quedan enlazados de forma inconsciente rey y madera, aparece el deseo de que de ese trozo de madera surja el rey, esto supone la necesidad de una transformación. De esta forma podemos empezar a pensar que ya está en juego y puesta en escena la trama edípica.
No nacemos Cromagnon, ni tabula rasa, puesto que los recuerdos de nuestros padres y de nuestros antepasados están incluidos en nosotros.

Somos representantes de una historia, aunque no lo sepamos, y a partir de ella nos vamos a desarrollar.

 

Virginia Mora Febres

MATAR A UN HIJO

El asesinato de Ruth y José, hijos de José Bretón en Córdoba y la imputación por el juez del asesinato de Asunta, a sus propios padres en Santiago de Compostela, muestran una terrible dimensión del psiquismo humano al mostrarnos cómo el odio puede superar con creces al amor,  prevaleciendo sobre éste.

Nos preguntamos, ¿cómo puede suceder esto?,  ¿por qué el psiquismo llega a producir este terrible desarrollo?

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Desde el momento del nacimiento, el ser humano vive en estado de desamparo, sólo mitigado por el sostén y los cuidados de unos progenitores de los que se depende absolutamente. En función de esta dependencia el propio bebé tiene sentimientos muy ambivalentes respecto a ellos, sintiéndose feliz y seguro en su presencia o rechazándoles u odiándoles  cuando se siente abandonado por ellos. En función de la propia insuficiencia y vulnerabilidad estos sentimientos que son extremos, amando a la propia madre como un ser idealizado, fuente del bien, u odiándola extremadamente por el abandono y sufrimientos propios.

Las experiencias de abandono experimentadas durante la infancia suelen producir huellas imborrables en el psiquismo que se registran como vacío, inseguridad, baja autoestima, agresividad, repliegue o dificultades en las relaciones interpersonales.

En momentos posteriores, la rivalidad experimentada hacia el progenitor, los hermanos o cualquier otro rival por el cariño de la madre, despierta hacia ellos sentimientos de odio y deseo de aniquilación, que sólo se mitigarán por el aflujo continuado de amor que neutraliza este odio y por el reconocimiento de estos rivales como  valiosos; dignos también de ser amados, modelos en fin merecedores de ser imitados para el desarrollo de la propia identidad.

Sigmund Freud sitúa esta dinámica como centro del desarrollo del psiquismo de todo ser humano en su descripción del Complejo de Edipo.

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En ciertos casos, el proceso de neutralización del odio por el amor y las identificaciones correctas con los buenos aspectos de los progenitores  no han sido todo lo exitosas que debieran y pueden permanecer impulsos agresivos desligados que se manifiestan libremente con posterioridad cuando, una vez adulto, tenga los medios para consumarlos, en muchos casos frente a los propios hijos a los que se percibe como rivales.

La mitología griega  recoge esta situación en relatos como el de Medea que, repudiada y abandonada por Jasón, mata a los hijos de ambos como venganza.

Arnaldo Rascovsky, pediatra y psicoanalista, desarrolló  la teoría del filicidio como una práctica permanente perpetrada de manera consciente o inconsciente. “El asesinato de los hijos está en el origen de nuestras culturas”, expresaba, refiriéndose a la frecuente presencia en las urgencias hospitalarias del “síndrome del niño apaleado”, donde constataba la violencia ejercida sobre éste en forma de lesiones que culminaba a veces con la muerte.

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Rascovsky consideraba que existe una agresión más o menos velada en la presión cultural ejercida sobre la infancia y juventud. “El proceso cultural, para su fundamentación y mantenimiento, ha exigido permanentemente el holocausto de las nuevas generaciones“ y consideraba que sólo la presencia de un padre que desarrolla lazos de amor con su hijo produce la apertura de éste hacia pautas de comportamiento, relación social y capacidad de vínculos emocionales satisfactorios.

 

Pedro Gil Corbacho

SOBRE LAS TERAPIAS DE PAREJA, RELATOS CORTOS DE CASOS

Para ser fiel al compromiso de confidencialidad con las personas que vienen a tratamiento no expondré ningún caso real. El que presento es totalmente imaginado, aunque naturalmente, apoyado en mis experiencias terapéuticas.

En mi opinión,la presentación de un material clínico en forma de pequeña historia, aunque ésta sea ficticia como es el caso, permite a quien lo lee una mejor representación mental y un mejor entendimiento; por esta razón me lo he permitido. El tema a resaltar es el de la utilización que, con muchísima frecuencia, y de maneras más o menos sutiles, hacemos de nuestros hijos. No hablaré de aspectos técnicos porque no cabrían en este relato.

Imaginemos pues, el caso de una pareja en tratamiento que tienen tres niños de cuatro y dos años, y pocos meses el tercero. La pareja muestra una enorme y recíproca violencia; son jóvenes, los veo una vez a la semana  y llevan unos meses en tratamiento.

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Desde la primera entrevista las acusaciones entre ellos van mostrando la utilización inconsciente de los hijos para hacerse daño el uno al otro. A los hijos se les dicen cosas como: “Mamá siempre está de mal humor y no nos deja vivir ni a vosotros ni a mí”, o, por el contrario, puede hablar la madre y decir: “ Papá se hace el buenecito pero vuelve tarde a casa todos los días, con su futbol y otras zarandajas, y yo, sola, tengo que encargarme de vosotros además de trabajar fuera y ganar para la familia”. Estos u otros comentarios, (o gestualidades), más sutiles  y descalificadores suelen formar parte de las relaciones cotidianas.

Independiente de quién tenga o no la razón, en este relato, ya lo he dicho, me voy a centrar en la muy frecuente utilización que los padres hacen de sus hijos, consciente o inconscientemente, buscando alianzas frente al otro miembro de la pareja a la vez que le descalifican.

Pareciéndome importante este hecho que ya desde el principio del tratamiento era muy evidente para mí como terapeuta, aunque no tanto para ellos ya que parecían no ser conscientes, fijo la atención en su relación con los hijos y les pido que me hablen de ellos; el mayor tiene cuatro años, no come apenas, no duerme y en el colegio o guardería permanece en silencio, alejado de los compañeros y con “carita de estar muy asustado”. Por primera vez en estas entrevistas-sesiones veo a ambos padres conmovidos y centrados en el dolor de sus hijos, más conscientes del daño que podrían estar haciéndoles. Del segundo niño relatan los mismos síntomas aunque algo atenuados y nada dicen del tercero, de momento. Terminada la sesión nos despedimos hasta la semana siguiente.

A la siguiente sesión acuden emocionados y sorprendidos del cambio “tan espectacular” que han dado sus hijos; “los niños están contentos, mas cariñosos, comen y duermen mejor, y así toda la semana, pero no sabemos a qué se debe ésto, porque cuando llegamos a casa la semana pasada les atendimos como siempre, les dimos la cena, les acostamos, en fin, como cualquier otro día.”

Yo les dije que seguramente no les atendieron “como siempre” ni “como cualquier otro día”, y que era probable que “preocupados por sus hijos, se olvidaron de ustedes mismos,  de sus diferencias y de sus discusiones, para centrarse en el sufrimiento de ellos, y éstos, en respuesta, se han mantenido “espectacularmente” felices toda la semana, según ustedes dicen.”

Lo que quiero subrayar de manera especial en la exposición de este relato es mostrar la importancia que tiene para la salud de los hijos el trabajo terapéutico dirigido a las primeras relaciones padres-hijos para que el efecto preventivo (o efecto vacuna) tenga su mayor eficacia. Es lo que vengo llamando la “terapia familiar precoz”.

No olvidar a los hijos en los tratamientos de pareja tiene, además del efecto beneficioso sobre ellos, el estímulo terapéutico que supone para los padres contemplar, y, además sentirse artífices, de la evolución favorable de los hijos. Pero este tema puede ser motivo para otro relato corto. Como puede verse, el tratamiento a los hijos puede hacerse sin la presencia de éstos en las sesiones; ya Pichón Riviere, a mediados del siglo pasado, vino a decir que toda persona en tratamiento genera un cambio en las personas de su entorno.

Luciano Sánchez.