NYMPHOMANIAC

En esta tercera entrega de la trilogía de la depresión, junto a Anticristo (2009) y Melancholia (2011), Lars Von Trier vuelve a indagar en aspectos del universo femenino. Un mundo oscuro por el que se siente fascinado. Esta atracción se hace patente en Selma, la madre abnegada que sacrifica su vida en Bailando en la oscuridad (2000), en la mujer culpable por desatención al hijo de Anticristo y en Bess, la joven enamorada y generosa de Rompiendo las olas (1996). Esta pasión del director por el mundo femenino proviene de su intensa relación emocional con su propia madre y del interés de ésta potenciando y privilegiando el mundo de creatividad y libertad de su hijo. En los dos volúmenes en los que, por razones comerciales, se divide Nymphomaniac, el danés utiliza el sexo como pretexto para reflexionar sobre la vida de Joe. La protagonista de esta coproducción europea recorre caminos tortuosos para buscar desesperadamente su identidad femenina.

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 La pantalla en negro al comienzo del primer Volumen despierta la curiosidad del espectador que solo escucha el murmullo de la lluvia. Bajo la nieve, el cuerpo herido de Joe yace en un patio desolado. La cámara se recrea en los detalles y se desliza lentamente hasta el sumidero donde se canalizan las basuras; una metáfora del mundo sombrío en el que nos sumerge la película. Un hombre llamado Seligman recoge el despojo en el que se ha convertido esta mujer y escucha ocho relatos que representan cada etapa y los acontecimientos relevantes de su vida. Este personaje, receptor de la historia, no la juzga ni la acusa, solamente escucha, dialoga y muestra las coordenadas de la existencia de Joe. El flashback inicial sustentará la historia de Joe por medio de su propia voz, y alternará los tiempos y las imágenes en una dialéctica entre su pasado y las consecuencias de sus experiencias vitales.  Sigue leyendo

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EL ABORTO

Desde hace bastantes años, no sé cuantos, se discute en España sobre el aborto. No me refiero, naturalmente, a los abortos espontáneos, sino a aquellos donde interviene, por acción u omisión,  la voluntad humana. Simplificando mucho se podría decir que las izquierdas esgrimen derechos constitucionales para defender la libertad de la mujer a decidir sobre su cuerpo, y la posibilidad de aborto libre y por cuenta de la Seguridad Social, para que nadie que quiera abortar deje de hacerlo por falta de medios económicos. Las derechas, a su vez, se oponen a ello enarbolando argumentos religiosos, éticos y científico-naturales: el aborto mata a un ser humano, porque la vida no empieza en el parto sino en el momento de la concepción, y el cuerpo de la mujer es el escenario del acontecimiento pero eso no le da derechos sobre esa vida. Ese desacuerdo ha desembocado en una simplificación que seguramente no satisface a ninguna de las partes: aborto sí, aborto no. De esa manera se ha politizado un problema que es irresoluble con esos medios, porque los argumentos que se esgrimen apenas si contemplan aspectos parciales del problema.

Si nos abstraemos por un momento de las preferencias ideológicas,  encontramos que unos y otros se apoyan en argumentos válidos. No hay dudas de que el cuerpo y la mente de la mujer son el escenario principal del aborto, y eso es tan verdadero como que hay vida desde la concepción, por lo que el aborto es una cuestión que toca aspectos de libertad individual, pero también psicológicos, afectivos, científico-biológicos, éticos y médicos (el aborto lo hace -o debería hacerlo- un médico). O sea que es una cuestión de gran complejidad. Y tal vez por eso se acude fórmulas ideológicas esquemáticas y simplificadoras.

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Algunos casos tomados de la realidad permiten aproximarnos a la complejidad del problema. Empecemos por los más extremos:

–Una mujer muy joven es violada y se queda embarazada de su violador. ¿Qué se puede hacer?

–En una fiesta que acaba en borrachera, una mujer liga con un desconocido, y se queda embarazada.

–Un matrimonio decide de común acuerdo tener su primer hijo. Ella se queda embarazada, pero se arrepiente, y contra el deseo y la voluntad de él se practica un aborto. Él pide el divorcio.

–Se detectan precozmente graves malformaciones físicas y cerebrales en el feto, pero los futuros padres deciden continuar con el embarazo.

–Una mujer de 39 años, sin hijos, se queda embarazada del hombre con el que lleva cuatro conviviendo. Él, de 48 y sin hijos, no se encuentra preparado para la paternidad y le pide que aborte. Ella lo hace.

–Una niña de 15 años, hija de una familia culta y religiosa, se queda embarazada y comienza a hablar del “cachorrito” que lleva en el vientre. Poco después, y de acuerdo con sus padres, decide abortar.

–Tomemos todavía un ejemplo menos extremo, en el que se decide un aborto en circunstancias aparentemente menos dramáticas. Lucía, una mujer joven casada hace cuatro años y embarazada de cinco meses, me consulta por la relación con su marido, Luis. Ella le quiere mucho, pero salta por cualquier cosa, no cesa de criticarle, y se dirige a él con frialdad. No sabe por qué le pasa eso. Me habla de su vida y me cuenta que un año antes del casamiento se quedó embarazada. Le hizo mucha ilusión, pero cuando se lo contó a Luis, él le dijo que no era el momento adecuado, y que ya habría tiempo más adelante. Ella aceptó sus argumentos y abortó una semana después. “Pensé que era la mejor solución”, me dijo. Nos quedamos un momento mirándonos, y le pregunté: “Usted pensó que era la mejor solución. Eso es lo que pensó, ¿pero qué fue lo que sintió?” Lucia me miró seria unos segundos, luego bajó la cabeza y comenzó a llorar en silencio. Estuvo así un largo rato, en el que yo me mantuve en silencio respetando su llanto y su dolor. Poco a poco se fue serenando, y al despedirnos me dijo: “Perdone, nunca pensé que lloraría por aquello”. Le contesté que tal vez hasta ese momento no había tenido la oportunidad de revivir aquel sentimiento, y quedamos en vernos unos días después. Como más adelante se confirmó, la hostilidad hacia su marido estaba relacionada con aquel aborto, una  pérdida que nunca había podido reprocharle, en parte porque le quería.

Siempre he sentido que en la discusión política, social y legal sobre el aborto, se omite lo mismo que intentaba soslayar Lucía; la protagonista de la viñeta anterior. No se tiene en cuenta, o sólo se menciona como de pasada, las magnitudes de afecto y sentimiento que se ponen en juego cuando se trata del acto más trascendente de de los seres vivos: tener o no tener un hijo.

La breve galería de dramas de diversa gravedad expuesta más arriba, no refleja la inmensa variedad de situaciones personales y familiares, ni el complejo proceso emocional que desencadena un embarazo en todos los implicados en él. No en vano la reproducción humana es una función a la que nos empuja tanto nuestra genética como nuestra psicología, para la que el hijo es mucho más que un ser biológico. Ante esa doble exigencia, interrumpir un embarazo es siempre un drama, sobre todo para la mujer, que lo padece de un modo incomparablemente mayor que el hombre. Pero que el cuerpo y la mente de la mujer sean los principales implicados en el embarazo, no se sigue necesariamente de que el aborto deba ser considerado libre. A la inversa, del hecho de que haya vida desde la concepción, no se sigue que tenga que haber una ley que prohíba el aborto.

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En la extensísima serie de situaciones de la vida en que personas normales pueden verse ante el dilema de abortar o no, ¿pueden pensar en ese momento en si son dueños o no de su cuerpo, en si tienen o no derecho a hacerlo? Cuando se toma partido a favor o en contra del aborto, es fácil que unos olviden el drama que supone el aborto, en primer lugar para la mujer. Pero también es fácil que otros olviden el drama que es a veces no abortar.

Entonces, ¿cuál sería la situación ideal? Como en tantas cosas de la vida, no existen soluciones ideales. O en todo caso, lo ideal sería no tener que tomar determinadas decisiones. Pero como eso no se cumple, tal vez lo ideal sea poder tomar en cada caso la decisión menos dañina, la decisión que mejor respete la complejidad y la singularidad de cada caso, evitando convertirlo en tema de debate biológico, religioso, ideológico o político.

El aborto provocado siempre es algo traumático para la mujer, y a veces no sólo para ella. Ya alcanza con ese sufrimiento. No es necesario que encima lo discutan los legisladores. Decía Clemenceau, que fue Primer ministro de Francia, que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares. Nosotros podríamos parafrasearlo diciendo que el aborto es algo demasiado grave como para que sea tema de discusión en el Congreso. Ya sería un avance resignarnos a aceptar que es una empresa por encima de las facultades humanas legislar sobre el aborto. Pero el legislador, o la pasión legisladora, no suele soltar su presa.

Raúl Fernández Vilanova      

*Imágenes cedidas El País

INFERTILIDAD Y EMBARAZO; EL LEGADO FREUDIANO LACANIANO

El deseo de embarazarse no siempre se corresponde con el deseo de parir un hijo, de crear y criar un hijo propio, ya que la reproducción, en sí misma, es un incidente biológico, mientras que la maternidad tanto como la paternidad son hechos culturales y esencialmente simbólicos. Ser padre o madre no es algo que viene determinado exclusivamente por la biología sino que, entre los seres humanos dicho acontecimiento estructura y pone en marcha determinadas funciones importantísimas para el saludable desarrollo de la prole, funciones que siempre están mediatizadas por las vivencias pasadas depositadas e inscritas en la memoria de los progenitores, así como por variadas fantasías y deseos inconscientes.

Para los seres humanos (hombres, mujeres, e, incluso, en otra dimensión niños y niñas…), buscar una pareja, querer tener relaciones sexuales, desear concebir un hijo, desear y comprometerse a ser padre o madre, siendo cosas que están directa o indirectamente relacionadas, no suelen tener el mismo significado para las personas implicadas.

Cuando nos enfrentamos al problema de la infertilidad (que, sustancialmente, no es lo mismo que la esterilidad, relacionada más con la imposibilidad real de concebir hijos debido a trastornos y disfunciones claramente orgánicos) es frecuente pensar en una especia de imposición del cuerpo, una especia de sentencia que lo somático nos impone sin que nosotros podamos hacer nada para modificar la situación, salvo lamentarnos de los caprichos que tiene la naturaleza.

Sin embargo, las estadísticas muestran que sólo el 10 % de los casos de infertilidad (o más bien esterilidad) son debidos a alteraciones corporales o malformaciones en los órganos reproductores.

La infertilidad, en un alto porcentaje de casos está relacionada con problemas psicosomáticos vinculados a conflictos inconscientes.. En el aparato psíquico suceden en paralelo procesos de carácter consciente junto a procesos inconscientes que sólo llegan a conocerse por la marca que suelen dejar en la realidad. El deseo consciente de tener un hijo, sabemos hoy, gracias al psicoanálisis que, en general, suele ser un deseo que por su naturaleza es fundamentalmente ajeno al Yo consciente tanto de la mujer, como del hombre o de la pareja de los futuros padres en su conjunto. Se trata, sustancialmente, de un deseo que trasciende a los sujetos humanos y se les impone desde otro lugar.

La conciencia humana es un órgano de percepción y como tal ilusorio, frágil y vulnerable a los engaños y a las interpretaciones inexactas o erróneas. Percibimos que la tierra es plana y está quieta, nuestros ojos, nuestros pies y todos nuestros sentidos nos dictan y nos conducen a pensarlo así. Sin embargo, gracias a la “ciencia” auténtica (que no a la “con-ciencia”), y a sus derivados tecnológicos, sabemos que la tierra es prácticamente redonda y gira ininterrumpidamente sobre sí misma y alrededor del sol. Hay que tener cuidado con la conciencia y sus herramientas perceptivas, nuestro principal órgano de comprensión, ya que pudiera en muchos casos conducirnos a caer y a vivir en el error.

El genio de Freud nos advirtió acerca de estos riesgos abriendo caminos para el mejor conocimiento y comprensión de las dinámicas inconscientes. Sin embargo su larga vida fue corta para conseguir explorar y clasificar todos los fenómenos encerrados en el interior del inconsciente. Freud dejó muchos temas abiertos a futuras investigaciones. Uno de ellos es el tema de la feminidad (y el de la masculinidad, añadiría yo, por alusión… ya que no se puede concebir una sin el otro. En 1932, al final de su conferencia sobre la Feminidad, Freud decía: “Lo que os he dicho sobre la feminidad, es desde luego incompleto, fragmentario y no siempre grato… No debéis olvidar que me he limitado a describir a la mujer en cuanto su ser está determinado por su función sexual. Sin embargo, teniendo en cuenta que la influencia de lo sexual llega muy lejos, es preciso tener en cuenta que la mujer es también un integrante de lo generalmente humano… Si queréis saber más sobre la feminidad (y la masculinidad, añado yo, hoy, también)… podéis consultar a vuestra propia experiencia de vida o preguntar a los poetas… o esperar a que la ciencia pueda procuraros informes más profundos y coherentes”.

La interpretacion de los Suenos-3

Estimulado por estas reflexiones he consultado mi propia experiencia y mi casuística. Y, cómo no, he vuelto a releer (y  recomiendo encarecidamente que hagan lo propio) “Yerma” de Federico García Lorca, interrogando de nuevo al hombre, al escritor y al poeta español que nos dejó esa joya literaria donde se plasman los deseos, las ansiedades y la tragedia que a veces impregnan la vida de las mujeres, de los hombres y de las parejas humanas.

Yerma, atormentada por no conseguir quedarse embarazada y tener un hijo como las demás mujeres de su entorno, tomando conciencia de que a ella le falta algo fundamental para sentirse mujer, e identificando esa falta con el hijo deseado que no llega, sintiéndose vacía y marchita, busca ayuda desesperada en las viejas expertas en quien parece confiar para que le explique por qué ella está “seca”, en los rezos y en la magia. Las viejas expertas le responden: “Déjame muchacha, no me hagas hablar. Pienso muchas ideas que no quiero decir… A otra mujer serena yo le hablaría. A ti no. Soy vieja y sé lo que digo”…”Está bien que una casada quiera hijos, pero si no los tiene ¿por qué esa ansia de ellos? Lo importante de este mundo es dejarse llevar por los años…”

…dejándola finalmente confusa y desamparada.

Finalmente Yerma acaba diciendo: “Ya no estoy tan vacía porque me estoy llenando de odio… que Dios me ampare…”… Cuando mi marido me cubre cumple con su deber, pero yo le noto la cintura fría como si tuviera el cuerpo muerto, y yo, que siempre he tenido asco de las mujeres calientes, quisiera ser en aquel instante como una montaña de fuego… No soy una casada indecente; pero yo sé que los hijos nacen del hombre y de la mujer. ¡Ay, si los pudiera tener yo sola!…”Piensa que tu marido también sufre –le dice su amiga Dolores-. No sufre, responde Yerma, lo que pasa es que él no ansía hijos… Se lo conozco en la mirada y, como no los ansía, no me los da. No lo quiero, no lo quiero y, sin embargo, es mi única salvación, mi única salvación.

En los últimos cuadros de la tragedia Yerma en un arranque se abraza a su marido Juan diciéndole:

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Yerma: Te busco a ti. Te busco a ti. Es a ti a quien busco día y noche sin encontrar sombra donde respirar. Es tu sangre y tu amparo lo que deseo.

Juan: Apártate.

Yerma. No me apartes y quiere conmigo

Juan: Quita

Yerma. Mira que me quedo sola. Como si la luna se buscara a ella misma por el cielo. ¡Mírame!

Juan. Déjame ya de una vez

Yerma: (gritando. Cuando salía por mis claveles me tropecé con el muro. ¡Ay! ¡Ay! Es en ese muro donde tengo que estrellar mi cabeza.

Y cuando, finalmente, la vieja experta le insinúa que la culpa de la infertilidad la tiene Juan, su marido, y que eso es una maldición que ha avenido a caer sobre su hermosura, alentándole a marcharse de casa y traicionarlo con otro hombre, Yerma responde:

“Calla, calla. Si no es eso. Nunca lo haría. Yo no puedo ir a buscar. ¿Te figuras que puedo conocer a otro hombre? ¿Dónde pones mi honra?…¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre? ¿Qué yo vaya a pedirle lo que es mío como una esclava? Conóceme, para que nunca me hables más. Yo no busco.

Antes de que caiga el telón y se realice el trágico destino de la pareja, Juan y Yerma se enzarzan en una  terrible discusión:

JUAN También es hora de que yo hable.

YERMA ¡Habla!

JUAN. Y que me queje.

YERMA. ¿Con qué motivo?

JUAN. Que tengo el amargor en la garganta.

YERMA Y yo en los huesos.

JUAN. Ha llegado el último minuto de resistir este continuo lamento por cosas oscuras, fuera de la vida, por cosas que están en el aire.

YERMA. (Con asombro dramático.) ¿Fuera de la vida dices? ¿En el aire dices?

JUAN. Por cosas que no han pasado y ni tú ni yo dirigimos.

YERMA. (Violenta.) ¡Sigue! ¡Sigue!

JUAN. Por cosas que a mí no me importan. ¿Lo oyes? Que a mi no me importan. Ya es necesario que te lo diga. A mí me importa lo que tengo entre las manos. Lo que veo por mis ojos.

YERMA. (Incorporándose de rodillas, desesperada.) Así, así. Eso es lo que yo quería oír de tus labios. No se siente la verdad cuando está dentro de una misma, pero ¡qué grande y cómo grita cuando se pone fuera y levanta los brazos! ¡No le importa! ¡Ya lo he oído!

JUAN. (Acercándose.) Piensa que tenía que pasar así. Óyeme. (La abraza para incorporarla.) Muchas mujeres serían felices de llevar tu vida. Sin hijos es la vida más dulce. Yo soy feliz no teniéndolos. No tenemos culpa ninguna.

YERMA. ¿Y qué buscabas en mí?

JUAN. A ti misma.

YERMA. (Excitada.) ¡Eso! Buscabas la casa, la tranquilidad y una mujer. Pero nada más. ¿Es verdad lo que digo?

JUAN. Es verdad. Como todos.

YERMA. ¿Y lo demás? ¿Y tú hijo?

JUAN. (Fuerte) ¡No oyes que no me importa! ¡No me preguntes más! ¡Que te lo tengo que gritar al oído para que lo sepas, a ver si de una vez vives ya tranquila!

YERMA. ¿Y nunca has pensado en él cuando me has visto desearlo?

JUAN. Nunca. (Están los dos en el suelo)

YERMA. ¿Y no podré esperarlo?

JUAN No.

YERMA. ¿Ni tú?

JUAN. Ni yo tampoco. ¡Resígnate!

YERMA. ¡Marchita!

JUAN. Y a vivir en paz. Uno y otro, con suavidad, con agrado. ¡Abrázame! (La abraza.)

YERMA. ¿Qué buscas?

JUAN. A ti te busco. Con la luna estás hermosa

YERMA. Me buscas como cuando te quieres comer una paloma.

JUAN. Bésame… así.

YERMA. Eso nunca. Nunca. (Yerma da un grito y aprieta la garganta de su esposo. Éste cae hacia atrás. Yerma le aprieta la garganta hasta matarle. Empieza el Coro de la romería. Marchita, marchita, pero segura. Ahora sí que lo sé de cierto. Y sola. (Se levanta. Empieza a llegar gente.) Voy a descansar sin despertarme sobresaltada, para ver si la sangre me anuncia otra sangre nueva. Con el cuerpo seco para siempre. ¿Qué queréis saber? No os acerquéis, porque he matado a mi hijo. ¡Yo misma he matado a mi hijo!

(Acude un grupo que queda parado al fondo. Se oye el Coro de la romería.)

TELÓN.

Francisco Muñoz Martín