NOMBRES DEL AIRE

Mientras a tantos nos falta casi todo, el nómada sólo carece de agua. Nómada, que en nuestra fantasía está más cerca de la naturaleza que de la cultura…cuando no de la amenaza que vendrá desde el horizonte del Desierto de los Tártaros. Tinariwen canta; no te detengas, hace ya tiempo que detrás no hay nada. Este detrás que no augura ni se ofrece como amparo es una de las fuerzas que, quizás, impulsan las pocas caravanas que aún, penosa y lentamente van de Agadez a Vilma en Niger, de Tombuctu a Tiadanne en Mali y casi de un vacío a otro en el Taklamakan de la China más septentrional.

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El desierto es, en parte, la representación que tenemos de él, con este previo, y la nostalgia que nos queda como resto cuando el viaje finaliza, algo anudaremos de lo que es el desierto ya que estando tan convocado por la literatura lo tangible de la arena, las rocas y las pocas acacias no terminan de sellar su perfil… Estuvimos alli y sin embargo todo flota en brumas, porque, aún sin rastrearla, como trasfondo prima una épica que, por supuesto, nos fue del todo esquiva; el sarcófago de Alejandro en lo profundo del Oasis de Siwa, el desgraciado ejército de Cambises, sepultado en la tierra, petos yelmos, espadas, alforjas y animales,y  el ya mítico cartel que en Ouarzasate recita: “A Tombuctu 52 días en camello…¿Cómo vislumbrar algo de esto con un patético billete que te retorna a la ciudad?”

Un contudente aforismo de los tuareg del Akakus libio proclama; “mejor moverse sin un rumbo preciso que quedarse quieto a esperar morir”, así estos mimbres de un atrás no continente y de un movimiento que al menos se contiene a sí mismo tejen la agotada cesta de treinta kilometros un día, treinta kilometros un día, treinta kilometros un día, como en una nana de somnolencia y sol. La Ruta de la Seda a su paso por Uzbekistan cubre de mosaicos añiles los caravanserai que ofrecieron agua a los camellos bactrianos de los comerciantes…y de Tamerlán. Así la conquista y las ganancias son otras de las aceras trazadas en la arena; por un lado el que deambula porque si , y en otra cara de una misma y compleja moneda el oro y la sangre.

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Dice Theodor Monod que los desiertos son las únicas regiones que nos permiten atisbar aunque mas no sea por un instante cómo era la tierra antes de los hombres, una región, inmensa, donde los ojos no tienen más barreras que las que pueda construir el propio y natural sobresalto que genera lo exento, lo vacío; ese panel no escrito. Decir inmenso, rememora la inabarcable Argelia; entre la pentapolis de la ciudad de Gardhaia, la ciudad en medio del espacio. Gardhaia de los mozabitas, que constituye uno de los centros posibles del ilimitado Hoggar argelino. Casi mil kilometros hacia el sur esta el peñón de Assekrem, donde el padre Foucault encontró la muerte a golpes de takuba. Y Tamanrasset, vecina del imposible Azawad, punto del mundo que en su momento condensó en su nombre todos los viajes, todo el sol, todas las distancias. Tamanrrasset del primer amor, inicio de camino hacia el lejano Tassili N’ajjer-que no conozco- y que en sus farallones de piedra naranja exhibe cazadores, combates y cacerías de fieras que ya hace siglos dejaron de hacer sombra, huellas y espanto por esta zona de la tierra.

Estos desiertos que se unifican en un cierto artificio, ya que son diversos en su proteica unidad, en donde, como el mar son ellos mismos y al unisono otros, tienen perfiles propios; la casi estepa uzbeca, distanciada del rojo de las arenas de Jordania, y las piedras lunares del Hoggar argelino se parecen muy poco a las amarillentas hierbas del Gobi. En medio de todo esto, la cierta dulzura de las horas carentes realza lo pequeño, lo que en otras momentos pasaria por nosotros sin huella, sin presencia, sin ninguna reverberación; una golondrina en el M’hamid que roza Mauritania siguiendonos por horas, un Fenec de orejas aterciopelados y atentas que sólo se deja ver con la fugacidad de una esperanza, los asnos salvajes de Gobi, en Mongolia, a una distancia tan grande que decir que los vimos es más un deseo que en verdad algo que paso por nuestros ojos.

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Los tímidos gerbos aguardando una migaja de tagela y de forma imperial, omnipresentes, ruidosos y casi increíbles esa realidad en si mismos que son los camellos; del Sahara, del Hoggar, del Sahel, del Waddi Rum jordano, del Kizhil Kumm uzbeco, los de las estribaciones orientales del Thar, en la frontera de India con Pakistan,los coloridos camellos del Rajastán en la roja feria de Puskhar. Los camellos de pestañas extremas y parsimoniosas patas acolchadas, los camellos de protesta perenne, de protesta por todo; al detenerse, al comenzar la marcha, en el medio de ésta,en todo momento y porque sí, con ese gorgoteo que recuerda tuberías atascadas, circuitos que obstaculizan un tránsito, fuelles y silbidos. Los camellos con esa absoluta y descansada promesa de irrealidad; si estoy con un camello todo tiene la encarnadura de los sueños. En una anécdota seguramente apócrifa Lowell Thomas interroga a T. H. Lawrence sobre su amor por los desiertos…La respuesta tiene la majestuosidad de ciertos dolores; porque me permite fingir que soy otro dice esta leyenda que se repelía a sí misma. Este Lawrence que con fervor quería permanecer distante de si mismo y de los otros.

El Gobi, el Hoggar argelino, Wadi Rumm, el Khizil Kum uzbeco, el Akakus libio, Tombuctu; nombres tan rotundos que generan la ilusión de un conocimiento, aunque con fuerza extrema se hace presente el acerto freudiano que recuerda; lo esencial está condenado a permanecer incognocible.

Raúl Dalto

 

TIEMPO Y MEMORIA

Hemos celebrado recientemente el centenario de la publicación del primero de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, una de las cumbres de la literatura universal, resultado del encierro al que M. Proust se sometió en su casa de París para encegueciéndose al mundo externo estar en mejor disposición para recorrer los meandros de su mundo interior. Su obra nos transporta a los vericuetos del alma humana donde anidan los temores, los deseos, las ilusiones que conforman nuestra identidad.

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De los infinitos temas que este monumento de la inteligencia y sensibilidad nospropone, quiero tomar algunos de los más celebrados al par que de los más psicoanalíticos, el tiempo y la memoria.

La concepción del sentido común sostiene que el tiempo es un camino que se recorre inexorablemente en un sentido, siendo jalonado por hitos que van difuminándose en una nebulosa que los envuelve cuando se los contempla con perspectiva, hasta hacerlos irreconocibles por las deformaciones con las que la imaginación ha suplementado los agujeros de la memoria.

Proust, en cambio, propone que el tiempo discurre entre los hechos de la vida pero que en paralelo al mundo externo hay otro mundo, otra dimensión, en la que el tiempo está detenido a la espera de que algo lo resucite de modo que la flecha inexorable invierte su sentido y el pasado no necesita ser recordado porque se torna presente y vivo.

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El protagonista de “Por el camino de Swann” el primer volumen de la obra proustiana, vuelve bruscamente a su infancia, una tarde de invierno en que la sensorialidad de una taza de té caliente y una magdalena no solo reavivan recuerdos antiguos de las visitas a una tía  sino que de hecho, le teletransportan en vivo a aquellos días.

Estimado lector:

¿Acaso no ha sentido en alguna ocasión atravesar el túnel del tiempo a causa de un olor que de pronto le ha inundado o de una persona desaparecida de su vida y que ha creído ver en la calle, experiencias que le han trasladado a la velocidad de la luz a un pasado remoto que se hizo instantáneamente presente?

No mucho antes que Proust, en 1900 Sigmund Freud escribía otro de los monumentos del siglo XX, “La Interpretación de los sueños”, cuyo tema central es también la recuperación de la memoria del tiempo perdido; el sueño pretende vencer la flecha del tiempo invirtiendo su sentido al experimentar de nuevo lo que se creía irremisiblemente perdido. Los recuerdos revividos en el sueño se ofrecen como antídoto contra el dolor del duelo. El tiempo perdido es por excelencia  para Freud el territorio de la infancia, por lo que la memoria colma el deseo de retorno a nuestra verdadera patria, como Rilke decía. La tesis de la obra freudiana es no solo que los sueños tienen sentido sino que este se encuentra anudado a los acontecimientos de la infancia que es donde el sueño hunde sus raíces y encuentra la razón de su perenne atractivo.

No puede ser casualidad que las primeras páginas de Por el camino de Swann estén dedicadas al sueño que transporta a la infancia: “otras veces, al dormirme, había retrocedido sin esfuerzo a una época para siempre acabada de mi vida primitiva, me había encontrado nuevamente con uno de mis miedos de niño …” escribe Proust. El sueño como uno de los paradigmas del psicoanálisis muestra que existe otra dimensión de la realidad, la realidad psíquica, en la que se almacenan los personajes y las vicisitudes de la infancia pasados por un tamiz de deformaciones y en un estado de permanente y atemporal presencia. Este mundo interno actúa como caja de resonancia de las vicisitudes vitales, siendo el lugar donde se genera el sentido personal de nuestras experiencias. Sin su reverberación nos convertimos en víctimas propiciatorias de todos los fenómenos que se generan en la mente y cuyo vector de origen va de fuera a dentro en vez de dentro afuera.

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Freud propone que hechos de la vigilia aparentemente triviales, a causa de sus conexiones con lo inconsciente, propician la formación de un sueño. Proust, al igual, narra el poder evocador del encuentro sensorial con la magdalena que le sumerge en el mundo interno. Así como el sueño encuentra su sentido desgranando lo condensado en cada elemento del sueño, así mismo la vida nos aporta magdalenas que a través de las conexiones emocionales que arrastran, evocan un mundo en ellas encerrado.

Se podría decir que “La Interpretación de los sueños” y “En busca del tiempo perdido” están alimentados por la inquietud del tiempo y la memoria. Tanto Freud como Proust coinciden en la necesidad de recordar para reencontrar la base de uno mismo: la capacidad de reeditar en vivo el pasado  propone un método de recordar lo irrecordable, de vencer la nebulosa de la invención. El soñante es un historiador, un arqueólogo de un pasado cuyos recuerdos están anudados al tiempo perdido de la infancia. ¿Y porqué nos empeñamos en recuperar unos recuerdos de un tiempo que por otra parte consideramos perdido para siempre?. El recordar el tiempo perdido es una urgencia, una necesidad vital porque ahí reencontramos los cimientos en los que nos asentamos. La armonía psíquica tiene que ver con la continuidad de la vida mental: los acontecimientos de la vida diaria se cimentan en el pasado y si este está secuestrado, los hiatos biográficos se convierten en abismos sin sonoridad emocional por donde el día a día se precipita.

Se podría decir que “En busca del tiempo perdido” es el sueño que Proust, a lo largo de más de tres mil páginas, necesitó contar a sus lectores, como el psicoanalizado desgrana a su psicoanalista el sueño que encierra el universo de los recuerdos inrecordables de su infancia.

José María López de Maturana