¿POR QUÉ LOS REYES MAGOS MANTIENEN SU ACTUALIDAD AÑO TRAS AÑO?

Cada pueblo aporta a aquellos que habitan en su seno una serie de tradiciones, mitos y  leyendas, contenidos en sistemas religiosos e ideologías que hacen referencia y dan respuesta a problemas humanos inevitables que nos preocupan a todos. Estos mitos y tradiciones pretenden transmitir un modo de estar en el mundo con la intención de que nos vaya bien en la vida y que estemos a salvo en la comunidad que conformamos el conjunto de seres humanos que habitamos nuestro planeta.

Los sistemas religiosos monoteístas,  en nuestro caso el sistema judeocristiano, da sustento a la gran mayoría de las tradiciones de las que participamos los españoles. Se nos habla de que en el período del Imperio Romano, Jesucristo nació en Belén como el esperado Mesías y que allí aparecieron unos seres maravillosos denominados Reyes Magos que trajeron valiosos regalos. En nuestra cultura actual son tres, de tres razas diferentes, pero inicialmente eran más y había una representación más amplia de las diversas razas y procedencias de la comunidad humana; este es el núcleo de verdad histórica que da asidero al producto de ficción que constituye hoy el mito de “Los Reyes Magos”. Los mitos son construcciones humanas, ficciones organizadas sobre la base de una verdad histórica sucedida allá lejos y hace tiempo, que expresa deseos, temores y sufrimientos de los seres humanos intentando mitigarlos, y en otros casos explican hechos enigmáticos que pueden impactar a cualquier individuo en su vivir cotidiano generando desazón. Todo mito responde siempre a un anhelo universal. Las tradiciones se transmiten de generación en generación y cumplen diversas funciones, y entre ellas podemos encontrar funciones morales, educativas… durante el desarrollo en la infancia estructuran  la mente y proveen también de andamiaje para la configuración de lo simbólico, incrementando la imaginación, la curiosidad y la capacidad de juego.

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Pero, ¿a qué anhelo responde el mito de “Los Reyes Magos de Oriente”? Seguramente al de desear tener o desear volver a creer en esos padres que alguna vez pensamos que teníamos, esos padres maravillosos, omnipotentes,  y omniscientes que creímos nos ampararían de por vida de cualquiera de los peligros que se nos presentasen y en esto incluyo todos los posibles peligros. ¿Quién no desearía que no existiesen las guerras, que fuésemos inmunes ante las crisis económicas mundiales, que pase lo que pase tuviésemos trabajo garantizado para siempre o que casi sin trabajar, sólo haciendo lo que nos gusta, pudiésemos vivir de unos padres que provean? ¿No  es eso lo que pretendemos plantear cuando exclamamos “Dios proveerá”? ¿O cuando acaloradamente exigimos a nuestros gobernantes nos amparen de nuestros males?

Una de nuestras más complejas tareas como padres en el crecimiento de nuestros hijos es la de colaborar en ayudarles a encontrar un sentido a la vida, para ello  intentamos cuidarlos y arroparlos desde su nacimiento estimulando su imaginación, desarrollando su intelecto, resolviendo los problemas a los que tengan que enfrentarse, constituyéndonos en modelo de identificación para sus futuros posicionamientos en la vida y a la vez aportando una educación moral. La vida psíquica de un niño es influida de modo sustancial por la transmisión de las enseñanzas de los padres y en esto no sólo cuenta “lo que los padres dicen, sino lo que los padres son” como decía el pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicott. Los padres muestran quiénes y cómo son en su hacer cotidiano y ese hacer va más allá de las palabras dichas. Los padres transmitimos el modelo normativo de una época, un modo de apropiarnos de las tradiciones, un modo de hacer valer un precepto moral. La tradición de los Reyes Magos transmite un modo de estar en el mundo, una enseñanza moral en la que si nos portamos bien obtendremos una recompensa en forma de regalo y ese regalo será algo deseado por el niño, algo que con antelación él o ella han expresado desear tener.

Acabo de comentar que los padres transmiten el modelo normativo de una época, pero también transmiten el modo en que ellos se apropian de ese sistema normativo y aquí podemos incluir la amplia gama de apropiaciones personales que en cada sistema familiar se realiza del mito: se puede premiar aún sin haber mostrado el esfuerzo solicitado; se puede dar el regalo que el niño no pidió y que a los padres les pareció oportuno; se puede no premiar aunque se haya esforzado el niño porque no creen los padres que el esfuerzo haya sido suficiente aunque el niño ha hecho todo lo posible…y todas las versiones que deseen poder incluir en esta lista. Cada uno de estos posicionamientos y modos de hacer genera sus inevitables consecuencias en la estructuración de la mente del niño. Cada uno de estos posicionamientos son sistemas de pensamiento dotados de una lógica y una lógica que intenta regular el comportamiento del niño y tiene una función explicativa compartida por unos individuos inmersos en una cultura familiar y una cultura más amplia transubjetiva aportada por las lógicas e ideologías de la época que toca vivir.

¿Por qué estamos todos dispuestos a participar de estas tradiciones, padres, niños, jóvenes y abuelos? Llegan estas fechas y parece que nos sintonizamos en ese dial en donde fantasía y realidad parecen entrar en una especie de escenario lúdico. Las películas nos lo recuerdan, la escenografía callejera, las cabalgatas de Los Reyes Magos en cada ciudad llenan de algarabía sus calles con carrozas y espectáculos que recuerdan cuentos tradicionales llenos de magia y belleza, esos que nos recuerda la empresa Disney diariamente con sus impresionantes campañas publicitarias. Están también los escépticos y los que por los dolores de la vida desean que las fiestas se esfumen, cuestión que siempre tiene que ver con la pérdida de seres queridos o con alguna separación dolorosa que quebranta todo su ser y les hace desistir de ese deseo consustancial al hombre de que alguna vez hubo o habrá unos padres maravillosos. Los graves dolores que nos aporta la vida que nos toca vivir muchas veces socavan las bases más profundas de nuestros más humanos deseos y creencias. Pero como nos cuenta el Mr. Scrooge de Dickens, en algún momento se puede volver a reparar ese sentir y esa creencia mientras podamos mantener nuestro deseo de vivir. Todo ser humano, en el mejor de los casos, al venir al mundo después del trauma del nacimiento en la sala de partos será abrigado y protegido por los brazos de la cultura a través del afecto y la ternura de sus seres queridos. Le darán sostén ante su desvalimiento e indefensión y lo introducirán en un mundo simbólico. Si somos sostenidos de modo suficientemente bueno, al decir de Winnicott, en nuestros momentos iniciales de desvalimiento, tendremos asegurada nuestra entrada al mundo de la pretendida salud mental. El niño es así protegido y a la vez incluido en un sistema de valores. De esta necesidad inicial de protección nace el sentimiento religioso. El sentimiento religioso se engendra en la necesidad de soportar el desvalimiento infantil. Los sistemas religiosos ofrecen premisas destinadas a calmar la angustia del sujeto ante los peligros de la vida, dan respuestas a la humanidad acerca de lo más íntimo de su ser y colaboran en soportar los dolores más intensos que la vida nos pueda proveer. De aquí todos los mitos y tradiciones que se desprenden de sus formulaciones y entre ellas la de Los Reyes Magos. ¿Por qué estamos todos dispuestos a sostener a Los Reyes Magos en su permanencia año tras año? Porque en la vida anímica, tal como Sigmund Freud nos ayudó a comprender, nada puede sepultarse de una vez y para siempre, todos nuestro deseos y frustraciones infantiles se conservan en nuestro psiquismo, lo pasado persiste para siempre y reaparece de múltiples formas, en los sueños, en los aspectos lúdicos de las tradiciones en los que participamos en estas fechas y en nuestros deseos más profundos que hacen que deseemos permanecer vivos para que quizá en alguna medida, a través de algún hijo o alguna otra obra podamos sentir que hay posibilidad de que estos antiguos deseos del pasado se reactualicen. Podemos entonces deducir por qué nos comprometemos con tanta pasión en colaborar y construir el futuro de nuestros hijos y cómo tradiciones como la de los Reyes Magos, los que trajeron tan maravillosos regalos a un pobre niño cuidado por unos pobres padres, en un perdido portal de un minúsculo sitio llamado Belén nos convoca a mantener su vigencia.

Elisabeth Palacios

NOMBRES DEL AIRE

Mientras a tantos nos falta casi todo, el nómada sólo carece de agua. Nómada, que en nuestra fantasía está más cerca de la naturaleza que de la cultura…cuando no de la amenaza que vendrá desde el horizonte del Desierto de los Tártaros. Tinariwen canta; no te detengas, hace ya tiempo que detrás no hay nada. Este detrás que no augura ni se ofrece como amparo es una de las fuerzas que, quizás, impulsan las pocas caravanas que aún, penosa y lentamente van de Agadez a Vilma en Niger, de Tombuctu a Tiadanne en Mali y casi de un vacío a otro en el Taklamakan de la China más septentrional.

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El desierto es, en parte, la representación que tenemos de él, con este previo, y la nostalgia que nos queda como resto cuando el viaje finaliza, algo anudaremos de lo que es el desierto ya que estando tan convocado por la literatura lo tangible de la arena, las rocas y las pocas acacias no terminan de sellar su perfil… Estuvimos alli y sin embargo todo flota en brumas, porque, aún sin rastrearla, como trasfondo prima una épica que, por supuesto, nos fue del todo esquiva; el sarcófago de Alejandro en lo profundo del Oasis de Siwa, el desgraciado ejército de Cambises, sepultado en la tierra, petos yelmos, espadas, alforjas y animales,y  el ya mítico cartel que en Ouarzasate recita: “A Tombuctu 52 días en camello…¿Cómo vislumbrar algo de esto con un patético billete que te retorna a la ciudad?”

Un contudente aforismo de los tuareg del Akakus libio proclama; “mejor moverse sin un rumbo preciso que quedarse quieto a esperar morir”, así estos mimbres de un atrás no continente y de un movimiento que al menos se contiene a sí mismo tejen la agotada cesta de treinta kilometros un día, treinta kilometros un día, treinta kilometros un día, como en una nana de somnolencia y sol. La Ruta de la Seda a su paso por Uzbekistan cubre de mosaicos añiles los caravanserai que ofrecieron agua a los camellos bactrianos de los comerciantes…y de Tamerlán. Así la conquista y las ganancias son otras de las aceras trazadas en la arena; por un lado el que deambula porque si , y en otra cara de una misma y compleja moneda el oro y la sangre.

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Dice Theodor Monod que los desiertos son las únicas regiones que nos permiten atisbar aunque mas no sea por un instante cómo era la tierra antes de los hombres, una región, inmensa, donde los ojos no tienen más barreras que las que pueda construir el propio y natural sobresalto que genera lo exento, lo vacío; ese panel no escrito. Decir inmenso, rememora la inabarcable Argelia; entre la pentapolis de la ciudad de Gardhaia, la ciudad en medio del espacio. Gardhaia de los mozabitas, que constituye uno de los centros posibles del ilimitado Hoggar argelino. Casi mil kilometros hacia el sur esta el peñón de Assekrem, donde el padre Foucault encontró la muerte a golpes de takuba. Y Tamanrasset, vecina del imposible Azawad, punto del mundo que en su momento condensó en su nombre todos los viajes, todo el sol, todas las distancias. Tamanrrasset del primer amor, inicio de camino hacia el lejano Tassili N’ajjer-que no conozco- y que en sus farallones de piedra naranja exhibe cazadores, combates y cacerías de fieras que ya hace siglos dejaron de hacer sombra, huellas y espanto por esta zona de la tierra.

Estos desiertos que se unifican en un cierto artificio, ya que son diversos en su proteica unidad, en donde, como el mar son ellos mismos y al unisono otros, tienen perfiles propios; la casi estepa uzbeca, distanciada del rojo de las arenas de Jordania, y las piedras lunares del Hoggar argelino se parecen muy poco a las amarillentas hierbas del Gobi. En medio de todo esto, la cierta dulzura de las horas carentes realza lo pequeño, lo que en otras momentos pasaria por nosotros sin huella, sin presencia, sin ninguna reverberación; una golondrina en el M’hamid que roza Mauritania siguiendonos por horas, un Fenec de orejas aterciopelados y atentas que sólo se deja ver con la fugacidad de una esperanza, los asnos salvajes de Gobi, en Mongolia, a una distancia tan grande que decir que los vimos es más un deseo que en verdad algo que paso por nuestros ojos.

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Los tímidos gerbos aguardando una migaja de tagela y de forma imperial, omnipresentes, ruidosos y casi increíbles esa realidad en si mismos que son los camellos; del Sahara, del Hoggar, del Sahel, del Waddi Rum jordano, del Kizhil Kumm uzbeco, los de las estribaciones orientales del Thar, en la frontera de India con Pakistan,los coloridos camellos del Rajastán en la roja feria de Puskhar. Los camellos de pestañas extremas y parsimoniosas patas acolchadas, los camellos de protesta perenne, de protesta por todo; al detenerse, al comenzar la marcha, en el medio de ésta,en todo momento y porque sí, con ese gorgoteo que recuerda tuberías atascadas, circuitos que obstaculizan un tránsito, fuelles y silbidos. Los camellos con esa absoluta y descansada promesa de irrealidad; si estoy con un camello todo tiene la encarnadura de los sueños. En una anécdota seguramente apócrifa Lowell Thomas interroga a T. H. Lawrence sobre su amor por los desiertos…La respuesta tiene la majestuosidad de ciertos dolores; porque me permite fingir que soy otro dice esta leyenda que se repelía a sí misma. Este Lawrence que con fervor quería permanecer distante de si mismo y de los otros.

El Gobi, el Hoggar argelino, Wadi Rumm, el Khizil Kum uzbeco, el Akakus libio, Tombuctu; nombres tan rotundos que generan la ilusión de un conocimiento, aunque con fuerza extrema se hace presente el acerto freudiano que recuerda; lo esencial está condenado a permanecer incognocible.

Raúl Dalto

 

LA INQUIETANTE CRISIS DE LIDERAZGO

La lectura del mes de Julio de  los datos de la última encuesta del Centro de Estudios Sociológicos sobre las principales preocupaciones de los españoles muestra un peligroso descrédito de la clase dirigente. El paro es con mucho el principal problema detectado ( 80,5 %) seguido por la corrupción y el fraude ( 32,5 %) los problemas de índole económica ( 32,2 %), los políticos y la política ( 30,7 % )

En la percepcion de los españoles estarían unidos estos temas que a la vista de las últimas noticias parecen  construír la alarmante conclusión de que la incompetencia y falta de ética de una parte de la clase dirigente ha conducido al país a esta situación. El ciudadano se siente desamparado, frustrado, irritado y desesperanzado. Quienes tendrían que liderar un proyecto de país moderno, fuerte económicamente, seguro y honrado no han estado a la altura de las circunstancias.

Las cualidades del buen padre que se desean para el liderazgo como el cuidado y defensa de la familia y los hijos, la protección y el ejercicio justo de la  autoridad y la ley no parecen estar encarnadas en demasiadas ocasiones por una clase dirigente que no sólo no hace respetar la ley sino que en demasiadas ocasiones la manipula o transgrede, deslizándose así por el camino de la perversión. Inquietan, preocupan e irritan. No hay transparencia sino opacidad. No nos fiamos de ellos.

La admiración la despiertan líderes como Del Bosque o Nadal que, sin arrogancia, trabajando tenazmente, integrando al equipo o  conteniendo sus conflictos o  bien superando lesiones y adversidades han sido capaces de conseguir sonados éxitos en el terreno deportivo. El esfuerzo, la lucha y los resultados están a la vista de todos.

Las cosas son lo que parecen. Hay mayor transparencia. Nos fiamos de ellos.

 

Pedro Gil Corbacho

del-bosque