EL DRAMA DEL DESEO INCONSCIENTE EN HAMLET

La obra de Hamlet ha tenido multitud de interpretaciones y representaciones teatrales. Ninguna tan bien lograda como las realizadas por los propios actores ingleses, quienes tienen a gala como una cierta culminación de su éxito interpretativo el haber representado a este paradigmático personaje, o al menos a algunas de sus figuras secundarias de la obra. Lacan dice que según su propia experiencia es irrepresentable en francés. Sigue leyendo

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LA FAMILIA

Los psicoanalistas escuchamos frecuentemente relatos en relación a la familia. Las personas que acuden a nuestras consultas hablan de sus padres, hijos, hermanos…, y no es de extrañar  porque la familia constituye el lugar privilegiado donde se efectúan vínculos afectivos de tal intensidad que dejan  una huella perdurable a lo largo de toda la vida.

Freud conceptualizó el “Complejo de Edipo”, eje rector en la estructuración del psiquismo y eje fundamental del psicoanálisis. Hablar de Edipo es hablar de la complicada situación  afectiva que se da en la relación de todo niño/a con sus padres,  de los intensos sentimientos de amor, odio, celos o rivalidad que se ponen en juego en el seno de ese grupo tan íntimo como es la familia y que todo niño/a  vivirá y tendrá que resolver en su camino hacia la  socialización.

La familia se sostiene en relaciones  de parentesco que sitúan a cada uno de los miembros del grupo en un lugar.  Este parentesco no depende tanto de la dimensión biológica, aunque la mayor parte de las veces las relaciones sean de consanguinidad, sino más bien de acuerdos para que las distintas funciones paterna, materna, filial se configuren, se mantengan y se transmitan mediante el interjuego de roles diferenciados, constituyendo así el modelo básico de toda situación grupal.

En la familia no hay nada exclusivamente natural,  No basta con concebir un hijo o con traerlo al mundo. Ser madre, ser padre implica una apropiación,  implica asumir ese lugar y esa función. Por ejemplo, el lugar del padre puede estar ocupado por el padre biológico, o por el hermano de la madre, o por un segundo marido. Al psicoanálisis no le interesa el orden natural sino  el simbólico.

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Las familias no siempre se han constituido de la misma manera. Desde la primera familia mítica organizada en pequeños clanes ha habido muchas formas de organización. En épocas no muy lejanas lo normal era que en la familia convivieran  tres o cuatro generaciones juntas. En la actualidad,  la familia tradicional que hemos conocido compuesta por padre, madre e hijos está dando paso a otras formas de familia: familias monoparentales, familias con padres homosexuales, hijos producto de inseminaciones artificiales con genitores desconocidos, familias reconstituidas con hijos de distintas parejas…Todo esto seguro que afectará a la subjetivación de las personas,  pero sea cual sea la forma que tome, y dando por sentado que no existe una familia ideal, si parece importante que toda familia lleve a cabo una serie de funciones para que ese pequeño cachorro que adviene a ella se transforme en un sujeto humano.

Una función que podríamos llamar materna consistirá en procurar un espacio donde se den lazos de amor y cuidado. Es en el entorno familiar donde el niño aprende a amar y ser amado mucho antes de que pueda distinguir entre ambas cosas. La familia debe proporcionar al niño un sentimiento de seguridad. Sentirse seguro es sentirse amado y comprendido no sólo con palabras sino con cuidados, atenciones e interés. Es una escuela de sentimientos en tanto le permite ensayar sus recursos emocionales.  Además, la familia tiene que ayudar al niño a vivir a pesar de su debilidad y de su indefensión inicial amortiguando las presiones del medio externo y enseñándole a hacerse cargo y a dominar las presiones internas.

Otra función que podríamos llamar paterna consistirá en instituir prohibiciones fundamentales como son la del incesto y la de respetar la diferencia de generaciones. La autoridad del padre es tranquilizadora pues marca los contornos de lo permitido y lo prohibido, lo que se puede o no hacer, y si se transgrede genera culpa por miedo a perder el amor de los padres. Es en la familia donde se aprenden las leyes que fundan las relaciones humanas y sociales del individuo: entre grandes y pequeños, varones y mujeres, poderosos y débiles, con todos sus matices, siendo por tanto un eslabón intermedio entre el individuo y la sociedad.

No se puede pensar  la familia sin hablar de narcisismo. Los padres recrean en el hijo las propias perfecciones de un narcisismo perdido y ven a su bebé como un dechado de virtudes. Pasa a ser el rey de la casa,  “Su Majestad el Bebé”. Simétricamente el bebé inviste a los padres a quienes cree perfectos en tanto coinciden con sus necesidades primero y sus deseos después.

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Cuando llega un miembro nuevo la familia lo inviste, lo cuida, le asigna un lugar,  le señala límites,  le ofrece pertenencias, enuncia prohibiciones. Pasa a ser un eslabón más en una cadena de generaciones, heredero y servidor, se espera de él que cumpla los sueños y renuncias de las generaciones que lo anteceden. La familia  tiene una pulsión a transmitir.  En su seno se transmiten ideales, valores, mitos, referencias identificatorias… Será en este grupo que lo recibe, lo sueña y le pone un nombre donde el niño se haga sujeto y vaya conformando su identidad.

Es difícil imaginar la estructuración de un psiquismo estable más allá de la  familia. Sabemos que sin un continente familiar la personalidad se organiza muy frágilmente dejando marcas imborrables de por vida. Sin embargo, la familia tampoco es una garantía absoluta para la salud mental. Es en el ámbito íntimo y secreto de la familia donde se dan también relaciones de violencia. La violencia se produce cuando no se respetan las prohibiciones, cuando las relaciones son indiferenciadas, cuando no hay espacios individuales y todo se comparte, cuando no es posible la individualidad y los vínculos familiares son de pegoteo aunque con una total desconexión afectiva de modo que cada miembro está aislado, completamente solo y a la vez no se puede separar de los otros.

Si algo observamos desde el psicoanálisis es que todas las personas conforman su propia “novela familiar”, obra de ficción que da cuenta de las vivencias del infantil sujeto y que orienta el rumbo de su historia. Vale la pena, entonces, pensar sobre la Familia.

Almudena Santos

MATAR A UN HIJO

El asesinato de Ruth y José, hijos de José Bretón en Córdoba y la imputación por el juez del asesinato de Asunta, a sus propios padres en Santiago de Compostela, muestran una terrible dimensión del psiquismo humano al mostrarnos cómo el odio puede superar con creces al amor,  prevaleciendo sobre éste.

Nos preguntamos, ¿cómo puede suceder esto?,  ¿por qué el psiquismo llega a producir este terrible desarrollo?

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Desde el momento del nacimiento, el ser humano vive en estado de desamparo, sólo mitigado por el sostén y los cuidados de unos progenitores de los que se depende absolutamente. En función de esta dependencia el propio bebé tiene sentimientos muy ambivalentes respecto a ellos, sintiéndose feliz y seguro en su presencia o rechazándoles u odiándoles  cuando se siente abandonado por ellos. En función de la propia insuficiencia y vulnerabilidad estos sentimientos que son extremos, amando a la propia madre como un ser idealizado, fuente del bien, u odiándola extremadamente por el abandono y sufrimientos propios.

Las experiencias de abandono experimentadas durante la infancia suelen producir huellas imborrables en el psiquismo que se registran como vacío, inseguridad, baja autoestima, agresividad, repliegue o dificultades en las relaciones interpersonales.

En momentos posteriores, la rivalidad experimentada hacia el progenitor, los hermanos o cualquier otro rival por el cariño de la madre, despierta hacia ellos sentimientos de odio y deseo de aniquilación, que sólo se mitigarán por el aflujo continuado de amor que neutraliza este odio y por el reconocimiento de estos rivales como  valiosos; dignos también de ser amados, modelos en fin merecedores de ser imitados para el desarrollo de la propia identidad.

Sigmund Freud sitúa esta dinámica como centro del desarrollo del psiquismo de todo ser humano en su descripción del Complejo de Edipo.

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En ciertos casos, el proceso de neutralización del odio por el amor y las identificaciones correctas con los buenos aspectos de los progenitores  no han sido todo lo exitosas que debieran y pueden permanecer impulsos agresivos desligados que se manifiestan libremente con posterioridad cuando, una vez adulto, tenga los medios para consumarlos, en muchos casos frente a los propios hijos a los que se percibe como rivales.

La mitología griega  recoge esta situación en relatos como el de Medea que, repudiada y abandonada por Jasón, mata a los hijos de ambos como venganza.

Arnaldo Rascovsky, pediatra y psicoanalista, desarrolló  la teoría del filicidio como una práctica permanente perpetrada de manera consciente o inconsciente. “El asesinato de los hijos está en el origen de nuestras culturas”, expresaba, refiriéndose a la frecuente presencia en las urgencias hospitalarias del “síndrome del niño apaleado”, donde constataba la violencia ejercida sobre éste en forma de lesiones que culminaba a veces con la muerte.

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Rascovsky consideraba que existe una agresión más o menos velada en la presión cultural ejercida sobre la infancia y juventud. “El proceso cultural, para su fundamentación y mantenimiento, ha exigido permanentemente el holocausto de las nuevas generaciones“ y consideraba que sólo la presencia de un padre que desarrolla lazos de amor con su hijo produce la apertura de éste hacia pautas de comportamiento, relación social y capacidad de vínculos emocionales satisfactorios.

 

Pedro Gil Corbacho